Suspiria (1977) LA ETERNA Y BELLA PESADILLA

Hay dos comienzos notables de películas, ambos precursores de Suspiria, de Dario Argento. Tienen en común el cruce de la iconografía de los relatos góticos con el cine expresionista a base de intrigas y de crímenes. El primero de ellos es de 1946, se llama La escalera de caracol (The spiral staircase, 1946) y fue dirigido por Robert Siodmak. Al comienzo, una joven se dirige a una mansión en medio de una artificiosa lluvia torrencial bajo la mirada atenta del asesino. Dentro de la casa, se cocina el resto de la historia signada por las marcas del gótico: una joven muda que parece Cenicienta, una madre bruja, un par de galanes vampíricos y un escenario recorrido por movimientos de cámara que nunca olvidan de qué materia está hecho el cine. En una de las críticas que se leyeron en su momento, alguien dijo: “Hitchcock no la hubiera hecho mejor”. La relación con el maestro inglés se da a partir de Rebecca (1940), fundamentalmente en la representación de un imaginario propio de los cuentos tradicionales y tenebrosos, pero también en una idea que es pilar en la psicología criminalística de Hitchcock, a saber, que el asesino (el mal) puede ser cualquier persona, una entidad confundida dentro del orden de lo cotidiano. También este melodrama gótico del maestro se inicia con una mujer llegando a una mansión bajo otra lluvia torrencial.

Y entonces llegó el giallo. Y entonces llegó Argento para poner todo patas arriba, tirar una bomba y exacerbar los procedimientos de una tradición ligada al terror/policial. Y Suspiria (1977) empieza con una apertura demencial, enferma, también con una joven que se dirige a una mansión (una academia de Ballet) bajo un diluvio. Sin embargo, a diferencia de las luces y sombras expresionistas, aquí la protagonista aparece envuelta en un festival de destellos, colores y ruidos donde el horror es belleza y donde el cine alcanza su punto máximo de materialidad. Película sensitiva al palo, Suspiria se planta en el comienzo en el artificio, en la alucinación y en la muerte orgásmica de puñales clavados y crímenes perturbadores. Y el rojo es el color dominante. Todo está teñido de rojo: los rostros, el vino, las fachadas de la Academia, sus interiores, los cabellos, los cuerpos, los labios y definitivamente, la sangre. Y una vez que se entra, no se sale. Ni las chicas en la Academia gobernada por un aquelarre ni nosotros de la película. Se trata de un laberinto. Una de las jóvenes afirma “es como seguir el hilo de Ariadna”. Pero acá no hay Teseo que valga. El universo de Suspiria es femenino y la armonía del ballet y el sueño triunfal son derribados por golpes visuales y sonoros donde la fatalidad se respira a cada instante.

La brutalidad de los crímenes es proporcional a la belleza coreográfica con que aparecen filmados. Argento retoma ese imaginario de cuento de hadas (Rebecca, La escalera de caracol) y lo lleva al límite de la caricatura con mansiones, objetos y brujas que atraviesan la vida de una inocente chica que va desde EE.UU. a Alemania para cumplir un deseo. No obstante, no hay príncipes azules ni momentos de relajación porque cada escena de la película es una especie de pesadilla psicodélica inspirada en Thomas de Quincey y acompañada por los infectados acordes de la banda industrial Goblin. La puesta en escena de Argento (la sublime puesta en escena) es el atentado manierista que nos regala el director para que cuarenta años después aún sigamos trastornados. Y la razón es el miedo potenciado por la explotación de un espacio laberíntico donde cada recoveco es una mezcla del mundo de Alicia en el país de las maravillas con la peor pesadilla de tu vida. Pero hay otra razón. Este año apareció la remake de Luca Guadagnino. La diferencia entre Argento y Guadagnino es que el primero ama al cine y el segundo ama que le digan cineasta.

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