In Memoriam. Larry Cohen (1941-2019)

Hay etapas en la vida donde el cine se cuela descaradamente y genera hermosos hábitos. Durante la década de los ochenta en Mar del Plata, tenía dos formas de devorar películas de terror y las dos partían de una búsqueda, ya sea en un videoclub de barrio o en una vieja sala llamada Olimpia, lugar en el que uno se metía y se dejaba sorprender. Allí me encontré por primera vez con los filmes de la Hammer, con las de Bruce Lee y con El monstruo está vivo (It’s Alive, 1975) de Larry Cohen, cineasta que nos acaba de dejar. En ese momento, antes de que los libros y las academias me hablaran de esta historia que derrumbaba mitos sobre la familia y la paternidad, me produjo un impacto y un malestar terribles. Fue una de esas películas que me mantuvo insomne durante un tiempo y que me aniquiló uno cuantos años la idea de ser padre. Tal vez sea ese el motivo por el cual no haya visto otros títulos de él, salvo esa locura divina llamada The Stuff (1985) o El regreso de las brujas de Salem (A Return to Salem’s Lot, 1987) por una cuestión lógica, ya que era la continuación de la obra maestra de Tobe Hooper, o Celular (2003), un interesante ejercicio cuya tensión y atmósfera asfixiante son las principales virtudes.

Larry Cohen, que falleció a los 77 años, comenzó su carrera como guionista de televisión y fue durante los años setenta y ochenta que alcanzó el mote de culto, ese atributo que parece redimir a todos los grandes artistas solapados o relegados a los márgenes por el canon. Su concepción del terror aparecía despojada del mero efectismo y era una forma de materializar las angustias de una sociedad reprimida. Una pena que haya abandonado el mundo joven. Ahí están sus películas para una revisión urgente.

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