Ituzaingó V3rit4, de Raúl Perrone

Un festival de cine es un acontecimiento con diversas celebraciones. La principal es la que se da dentro de una sala. No obstante, hay otros rituales
de disímil naturaleza que bordean a esta clase de eventos. Todos ellos también hablan de lo que es un festival. Por ejemplo, uno está en la cola para entrar y escucha voces detrás, conversaciones. Algunas parecen las que padece el personaje de Woody Allen en Annie Hall. También están los ágapes, los cócteles, las ceremonias y las fiestas privadas. Este es el punto de partida de Ituzaingó V3rit4 cuyo comienzo es una especie de Dolce Vita vernácula.

En la última película de Perrone asistimos a una galería de personajes excéntricos perdidos entre selfies, miradas y seducciones, atravesados por una compulsión salvaje. Esta voracidad es tal que se pierde el sentido de la realidad misma y todo queda igualado en la posibilidad de transformar cualquier hecho en objeto de registro, sea un tipo al que le da un ataque al corazón o un espectáculo callejero.

El perro se mete en los festivales para desenmascarar la pedantería, el esnobismo, de un modo feroz, sin concesiones. Sentimos la asfixia glamorosa de un grupo de personajes por Ituzaingó que avanza en círculo, como si estuvieran encerrados en un espacio atemporal al estilo de El ángel exterminador de Buñuel. Varios son los niveles expresivos que se conjugan para dar origen a una película tan divertida como extraña, acompañada por una banda sonora en sordina espectacular. Por un lado, existen diálogos desopilantes (uno, sobre el proyecto de una joven acerca de filmar una película desde la perspectiva de un gato muerto en un placard, es extraordinario) que introducen el aura de la comedia. Estos vampiros del celular y del automatismo acentúan su carácter patético en medio de desencuentros generacionales y banalidades de un presente empaquetado por poses y fanfarronería. La gente se degrada por muchos motivos y los cuerpos son signos que permiten leer la decadencia. Buñuel lo supo en Los olvidados; la literatura de Arlt y de Castelnuovo, también, con los malditos en vida, despojados de dignidad. En el presente de Ituzaingó V3rit4 los personajes mutan los rostros afectados por la fiebre tecnológica en medio de jóvenes que quieren pasear y boludear, y un director que la quiere poner (se sabe: en los festivales los artistas reclaman fiesta no necesariamente para hablar de cine). En este contraste entre una generación de selfies, pelis, y un realizador al que lo tiene desvelado encamarse con alguna piba, se genera la parte más jugosa y divertida. A no confundir: no es un alegato contra los jóvenes, sino contra la estupidez reinante en un mundo de artificio exacerbado donde se ha perdido cualquier atisbo de poesía,de sensibilidad. Yo me registro, tú me registras, y todos nos registramos. No importa lo que pasa alrededor. La sensación es parecida a la de esas familias que se sacan fotos posando en los campos de concentración. Ya lo decía Lennon en I’m the Walrus: «I am he as you are he as you are me /And we are all together». Los sueños de una sociedad unida e igualitaria se cumplieron solo en la faz informática.

Paralelamente, se genera un enrarecimiento visual que evoca los fantasmas del cine italiano, ya sea por los aires fellinescos y esos chorros de luz en blanco y negro de La dolce vita, o la parodia a Antonioni con esa pareja en la que el tipo tiene angustia existencial mientras la mujer no para con el celular. También por una nueva evocación de Pasolini. Por otros carriles asistimos a elementos biográficos, lo vemos deambular por las calles, mezclado entre la gente, al igual que a un misterioso joven que podría ser su asesino. No es casual que su fantasma aparezca. Es la misma sensación que causa la inclusión de las máscaras de Perón y Evita. En determinados segmentos, esta estrategia propia del teatro del absurdo, permite una distancia que en la primera parte de la película no es tal, como invitando a la reflexión o a la perplejidad. ¿Cómo hablar de Pasolini, de Perón, de Evita en estos tiempos? ¿Qué representan sus obras en la actualidad? ¿Son solo íconos en un mundo de caretas, una imposibilidad en la inmediatez frívola? Las preguntas están ahí para quien quiera tomarlas.

Por último, el carácter experimental presente en ciertos tramos confirma la onda expansiva de un Perrone cada vez más personal y ajeno al común de los realizadores argentinos.

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