Bafici 2019. Kabul, City in the Wind, de Aboozar Amini

Hay una primera mitad muy atractiva en esta película. En un territorio signado por la desgracia y el trauma permanente de la guerra, dos historias son contadas desde el riñón mismo de ese espacio asediado por constantes bombardeos. Una es la que atañe a un chofer de ómnibus y todos los inconvenientes que se le presentan para desarrollar su trabajo. Apenas algunas canciones y rituales con amigos lo alejan durante pequeños intervalos del horror cotidiano. «Cuando miro al pasado, tuve solo un diez por ciento de paz» declara el protagonista y es toda una declaración de principios en una tierra devastada. En medio del registro confesional, el hombre expresa el temor a convertirse en un monstruo; ante nuestros oídos no es otra cosa que el miedo común a los olvidados, a las víctimas de quienes conviven con el horror como moneda corriente.

La otra involucra a dos hermanos cuya tarea es mantener el hogar mientras el padre no está. ¿Cómo planificar una vida en ese contexto? ¿De qué modo rescatar instantes breves de felicidad en un lugar que se transforma en un incesante cementerio? Estos desafíos recorren la existencia de los personajes. Es impresionante, al respecto, el modo en que la cámara capta con planos abiertos el aspecto fantasmal, apocalíptico, de la arquitectura de la ciudad, afectada por las bombas, y con qué naturalidad el padre transita con sus hijos las ruinas y las tumbas, como si visitaran un zoológico o reemplazaran la falta de divertimento con  un paseo recreativo. Y en ese trayecto, la única forma de educar es la de prevenir según la demanda en un mundo atravesado por la guerra.

Ambas historias parten de ese mismo callejón sin salida, un horizonte de expectativas rotas. Por ende, ¿qué es lo que queda?. Solo la posibilidad de refugiarse en pequeños actos, instantes breves de felicidad o de anhelada paz. El chofer entonará unas rimas populares; los niños regarán unas plantitas. Son los atisbos de vida posible en un contexto imposible. «Esto se llama suicidio, esto se llama Afganistán» sostiene el hombre.

Desde esta perspectiva, es notable el trabajo visual. No obstante, en la segunda mitad parece agotarse el recurso y las historias se pierden, hecho que resiente el resultado en su conjunto.

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