FICIC, FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE INDEPENDIENTE DE COSQUÍN. DÍA 1

FICIC DÍA 1

El comienzo

Este jueves 2 de mayo comenzó en la Ciudad de Cosquín, Córdoba, la novena edición de  FICIC, Festival de Cine Independiente de Cosquín, una muestra que recibió este año en su convocatoria más de 780 películas que llegaron desde Argentina y otros 42 países para participar de la Competencia Oficial Internacional de Largometrajes, Cortometrajes y Competencia Nacional Cortos de Escuela, de los cuales fueron seleccionados 35 películas y la programación de más de 50 películas se completa con los focos y retrospectivas a proyectar.

La conferencia de prensa, de la que participaron Roger Koza, Director Artístico de FICIC, Carla Briasco, Productora General de FICIC, Gabriel Musso, Intendente de Cosquín, Diego Olmos, Secretario de Cultura y Marina Soler, Secretaria de Turismo, hizo foco en la necesidad de apoyar a festivales de cine en momentos en los que la cultura es relegada a un segundo plano. “Es verdaderamente un esfuerzo colectivo y este festival no podría realizarse sin el apoyo de personas que colaboran con su tiempo de trabajo”, afirmó Koza.

Durante el día, el tradicional locro de La Mary, dio la bienvenida a los visitantes que llegaron a Cosquín para participar de la muestra. Esta ceremonia, que comenzó como algo más pequeño e íntimo hace años, se convirtió en tradición y marca a fuego uno de los festivales que acerca la mejor producción cinematográfica local y mundial a sus espectadores, con una curaduría única, celebrada por los especialistas.

Luego de esta cálida recepción, empezaron las funciones. Y la primera cita fue un curioso contrapunto con el exquisito locro de Mary. Se trata de una de los títulos en competencia, Bajo centro (Baixo centro) de Ewerton Belico y Samuel Marotta, película cuya radicalidad no parece compatible con la panza llena. Si hay algo interesante dentro del panorama del cine latinoamericano actual es el foco brasileño compuesto por cineastas verdaderamente independientes, capaces de hacer posible un cine comprometido socialmente pero que no descuida las formas ni se pega a moldes acomodaticios. Y la ciudad de Belo Horizonte aparece como espacio recurrente del mismo modo que la experiencia del tránsito hacia los bajos fondos. El mismo título del filme define ese movimiento de los personajes, dos hombres y dos mujeres que recorren la ciudad, que charlan y parecen perseguidos por una amenaza siempre fuera de campo. Los dos realizadores filman las calles nocturnas y construyen una atmósfera agobiante donde lo que se ven son despojos y donde lo que se siente es soledad. Todo ello acompañado con una utilización experimental del sonido que golpea y acrecienta el malestar. Sin embargo, no es necesariamente esta sordidez un recurso gratuito o caprichoso. El mismo registro del espacio confirma el protagonismo topográfico, una selva urbana donde crece el sentimiento de paranoia, de inseguridad y de olvido. Lo curioso es que, a diferencia de otros títulos industriales, no hay una trama posible; además, no hay gente, más allá de estos cuatro seres a la deriva, encerrados en rituales de juegos, diálogos y desplazamientos. El pueblo está, claro, porque Bajo centro es un filme político, pero no en un sentido tradicional. Así parece demostrarlo el último plano con un fundido donde se sobreimprimen rostros en un mismo cuerpo mientras se escuchan una canción. Al final, como en El eclipse de Michelangelo Antonioni, quedan los espacios. La diferencia es que, lejos de ser amantes que deciden tomar caminos diferentes, aquí son las balas las que matan a los personajes.

Las cajas de Alfredo

Uruguay, 2014. Veinticinco años después de la muerte de Alfredo Zitarrosa, su familia entrega las cajas del cantante y poeta con sus pertenencias. Me hizo acordar a otro documental llamado Las cajas de Kubrick, sin embargo, la diferencia con Ausencia de mí es abismal. Uno acentúa un acercamiento científico, reafirma el carácter cerebral del legendario director, continuando la lógica de su megalomanía; el otro, trabaja con esos materiales de manera productiva, materializando la experiencia del exilio, el “no querer tampoco, morir al pedo”, tal como se escucha decir en una de las tantas intervenciones de una voz espectral cuya potencia no hace más que generar esa mezcla de amor, tristeza y melancolía que destila la película de Melina Terribili.

Es curioso el itinerario de Zitarrosa cuando sus canciones comienzan a prohibirse y su vida entra en ese callejón sin salida que provoca la dictadura. En febrero de 1976 se exilia en Argentina y sufre las heridas iniciales de la partida. Dejar todo es duro, sin embargo, hay que seguir cantando, “porque sirve”. Al poco tiempo estallaría esa otra dictadura sangrienta y entonces Zitarrosa partiría en septiembre del mismo año a España. El seguimiento de Terribili no es lineal ni mucho menos convencional. Su principal mérito es la selección precisa de materiales y una alternancia entre el acercamiento objetivo a esos valiosos materiales y un registro íntimo, poético, que surge de la combinación de archivos audiovisuales con canciones, grabaciones y otros signos mnemónicos. Hay un perfecto equilibrio que mantiene un centro y que evita caer en el sentimentalismo como en la naturaleza meramente informativo/científica que se desprende del mismo acto de clasificar los materiales incluidos en esas cajas.

Pero también existe, más allá de la melancolía que surge de esos papelitos, casettes, filmaciones caseras, una forma original de ensamblar las convulsiones políticas de toda una  época a partir de esos archivos personales. De modo tal que lo público y lo privado se conjugan perfectamente. Tampoco estamos exentos de una distancia necesaria, de un sentimiento de perplejidad que todo fantasma provoca. Las cajas de Zitarrosa son en algún punto la lámpara de Aladino; también, una invocación a la memoria. En ese ejercicio de mirar/recuperar su cuerpo y escuchar sus testimonios, hay algo así como un efecto parecido al de una sesión espiritista. En definitiva, es otro ejemplo más del carácter alucinatorio del cine, capaz de convocar a los espectros en la pantalla para no dejarlos morir jamás.

Los melancólicos

El viaje por las salas continuó con dos películas argentinas. La primera de ellas es Los miembros de la familia de Mateo Bendesky, una particular mirada (una vez más en el cine argentino) sobre la idea de familia. Dos hermanos acuden a la vieja casa de su madre en la Costa Atlántica para terminar un proceso de duelo. Si hay una nota distintiva en el trabajo de Bendesky no pasa por el trillado camino del despojamiento ni por la conformación de los vínculos a base de encuentros y distanciamientos, sino el modo en que articula una operatoria infrecuente en el cine afín a estas temáticas. La misma consiste en ensamblar la idea del duelo familiar con un registro humorístico solapado, a cuenta gotas, que se sostiene bien. Esta dosificación le da oxígeno a la historia de estos dos jóvenes, mejor dicho a sus conflictos de identidad (él en la búsqueda; ella en su rearmado, tal vez buscando un padre, el gran ausente en esta historia). Asimismo, el otro quiebre con respecto a las película de tono similar lo constituyen dos secuencias visualmente poderosas que instalan la posibilidad del sueño como motor de lo impredecible. En esos dos puntos se juega lo más interesante de este modesto film que sabe lo que quiere.

      Uno de las películas anteriores de Santiago Loza se llama Si estoy perdido no es grave (2014). Es un buen punto de partida para caracterizar a su poética. Se trata de una experiencia lúdica donde los personajes parecen perdidos en Toulouse. Podemos perdernos en el cine y no es grave. En tiempos de selfies, prótesis audiovisuales y condicionamientos tecnológicos, se debería reivindicar a toda película que se interrogue sobre los primeros planos, que se corra sanguíneamente de marcos industriales y proponga crear desde un lugar diferente, honesto y hasta fallido. Fue Jean Louis Comolli quien escribió en Mirar para ver(1995) acerca de un tipo de cine en el cual se alteran el juego de representación y las expectativas del espectador. Allí defendía esa energía que se aparta de las convenciones y entrecruza los registros. Esta búsqueda poética y narrativa es la que rige el destino de Breve historia del planeta verde, el filme que abrió la novena edición del FICIC, pero desde un lugar más amable y no menos singular, con tres personajes que también aparentan estar perdidos a través de rutas y lugares abandonados. Puesta en otras manos, la historia (una extraña mezcla con referencias a El mago de Oz y E.T) hasta podría parecer aniñada, sin embargo, si hay algo que reivindica Loza una vez más en su cine y con su propia voz es que no existe un Relato ni necesariamente abundan grandes momentos preconcebidos. Lo que tampoco prevalece es una marca genérica definida porque en la naturaleza híbrida de la película se homologa la propia búsqueda de los protagonistas, donde cada acto cotidiano puede ser transformado por la lente del director.

Otro aspecto de la poética Loza que vuelve es esa especie de melancolía productiva y la posibilidad de que la cámara cobije a los personajes, los abrace en este viaje existencial y abierto al azar que los une y los posiciona en torno a sus identidades. El pasado es para ellos un tiempo de prejuicios y de persecuciones, sin embargo, conforman en el presente un bloque sólido. El imaginario evocado podría ser el de los superhéroes, pero nada de eso deja ver su tratamiento cinematográfico. Tania (la chica trans), Daniela y Pedro son amigos desde la infancia y comparten un sentimiento de unión ante la discriminación pueblerina. Tienen una misión: dirigirse a la casa de la recientemente fallecida abuela de Tania y descubrir un secreto. El hermoso disparate es que encuentran una criatura alienígena que se transformará en un espejo de sus propias experiencias. Con todos estos elementos, Loza teje una trama sin sobresaltos, pausada, signada por la sensación de estar confortablemente adormecidos a medida que nos internamos en el itinerario de los tres amigos. Puede que prevalezca un estiramiento innecesario o que cierto distanciamiento en algunos tramos resienta el resultado, pero no hay manera de permanecer indiferentes ante aquellos momentos donde la belleza de las imágenes o la aparición de los versos de Almafuerte en un pasaje clave, golpean con fuerza la sensibilidad. Loza es un melancólico que continúa divirtiéndose.

Una coda incompleta

Hay una sección en el festival, un nicho cinéfilo saludable, un reducto de hermosos trasnochados que asisten para ver una película sorpresa. En esta oportunidad el tema en común que atraviesa la elección de cada título son las motos. De modo tal que fue grata la inclusión de Knightriders (1981) del maestro George Romero, tal vez el contrapunto perfecto (esta vez) para finalizar la jornada, una extraordinaria mezcla de la leyenda medieval con una comunidad de hippies. Es tan grande Romero que mete violencia, homosexualidad, amor libre, represión policial y  la saga del Rey Arturo en un combo imbatible que habla más del mundo a comienzos de los años ochenta que cien películas testimoniales. Lamentablemente la proyección se vio interrumpida por problemas técnicos, pero fue un buen aliciente para irse a dormir soñando con los torneos caballerescos en clave motoquera.  

                  

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