FICIC, FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE INDEPENDIENTE DE COSQUÍN. COMPETENCIA INTERNACIONAL CORTOMETRAJES

La verdad tiene patas cortas

Una apuesta fuerte de esta novena edición del Festival Internacional de Cine de Cosquín es la que concierne a la muestra de cortometrajes. Tal como explicó su director artístico, Roger Koza, en la conferencia de prensa de la apertura, la selección de los mismos obedeció a un riguroso criterio de selección y su importancia en la competencia es del mismo tenor que los largometrajes. Esto fue fácil de comprobar, y a la vez gratificante. Más allá de los gustos, el nivel fue muy parejo y se vieron todo tipos de propuestas temáticas y formales que se constituyeron en un sólido bloque dentro de la programación. Va aquí la primera parte con algunos de ellos reseñados.

Hace tiempo que estoy convencido de que si hubiera que homologar el cine a la poesía, habría que considerar seriamente al lenguaje experimental. Hay en este registro una cadencia, una libertad y una búsqueda que acaso acerque los conceptos del plano y de verso. Así  parecen demostrarlo Ada Kaleh de Helena Wittman y Hojas berlinesas de Alejo Franzetti. El primero es  un ejercicio formal y está bien porque dura lo justo de acuerdo a su naturaleza exploratoria. No hay diálogos y nos encontramos en un lugar indeterminado durante el verano con residentes jóvenes. El tiempo transcurre a medida que los travellings circulares recorren los ambientes con tenues sonidos de fondo que provienen del exterior. Es el marco que prepara una especie de narcolepsia grupal. Mientras ellos duermen, la realidad se mantiene tal cual con sus objetos cotidianos, como si la percepción precediera a la verdad del acontecimiento. También existe la voluntad de concebir la experiencia cinematográfica como materia sensorial, aún con el riesgo de que como espectadores quedemos “cómodamente adormecidos”. En cuanto a Hojas berlinesas, inspirado claramente en la estética y en el género de diario de Jonas Mekas, se destaca una perfecta sincronización entre imágenes y escritura. Cada fragmento irrumpe de modo tal que la organización que les da el director a los materiales con los que trabaja genere una mezcla de extrañamiento y efecto poético. La curiosidad y la indagación sobre el estatuto de las imágenes guían este proceso.

Las dos ejecuciones del mariscal, del rumano Radu Jude, es una obra maestra. Se suele usar con frecuencia y, a veces, livianamente la palabra diálogo cuando conviven dos o más modalidades expresivas, archivos, registros, etc. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones se trata de retazos o una suma inconsistente de partes. Es un rasgo visible en gran parte de las películas que circulan por festivales. Lo que hace Radu Jude es lo contrario y el resultado es alucinante. El punto de partida es el fusilamiento del mariscal Ion Antonescu, dictador del país entre 1940 y 1944, llevado a cabo en 1946. El hecho fue filmado en su momento y el director contrapone ese archivo documental sin sonido, en blanco y negro, con una ficción en color de 1990 donde se intenta “limpiar” la memoria del mariscal. Sin intervenciones enunciativas de ningún tipo, el contraste ideológico lo marcan las decisiones de la cámara en uno y otro caso, como el uso de ciertos recursos (la cuestión de la música será crucial). El ensamble es perfecto. La confrontación también es una puesta en escena de cómo interactúan el documental y la ficción como modos de representación institucional. Esta fue sin dudas la pequeña gran joya de esta edición.

En La extraña historia de Prince Dethmer de Hadrien La Vapeur y Corto Vaclav y Blue Boy de Manuel Abramovich se establece un modo significativo de representar las jerarquías enunciativas que se suscitan entre quienes filman/observan y la realidad propiamente escenificada, a tal punto que se convierten en el objeto mismo de reflexión de los cortos. La parte inicial del primero arrastra los fantasmas de Jean Rouch a la manera de un acercamiento antropológico a un funeral en la capital del Congo. Una voz en off se postula como testigo de los rituales y paulatinamente se irá confundiendo con ese colectivo, entrando y saliendo de sus poseídas danzas, retratando ese teatro del dolor con una especie de frenesí acorde a las circunstancias. Sin embargo, en ese gesto oscilante de entrada y salida, hay dosis de humor, curiosidad, empatía, lo que hace más complejo el punto de vista, hecho que enriquece el acercamiento documental, ya no como un mero registro sino como una peculiar construcción.

Algo parecido podría decirse del corto de Abramovich en la medida en que pone en escena un pacto entre el documentalista y los personajes retratados, jóvenes trabajadores sexuales procedentes de Italia y Rumania, en Alemania. Sus rostros aparecen en primer plano, en silencio, mientras sus historias se escuchan en off. Los gestos y las reacciones de ellos mientras la cámara permanece suspendida observándolos ya son un espectáculo en sí mismo, no obstante, lo que prevalece es una lúdica relación de poder que el mismo realizador incluye más allá de cualquier pretensión de verosimilitud. Lejos de pretenderse testimonial, la puesta en escena busca un camino alternativo capaz de desarmar las relaciones entre voz e imagen.

Las relaciones entre sonido e imagen también son el centro expresivo de Yo maté a Antoine Donel de Nicolás Prividera, un corto tampoco exento de humor y de juego. Hay un argumento (el mismo Prividera encarna a un asesino cinéfilo dispuesto a liquidar al emblemático actor/personaje francés) enmarcado en una apuesta formal que contrapone dialécticamente ideas y estéticas. De este modo, los intertítulos,  los impactos visuales y una voz en off que guía el fragmentado relato a base de un notable montaje, más la banda sonora de Week-end dan la idea de un corto filmado a lo Godard para matar a Truffaut. En este terreno se plantea una discusión con la cinefilia y su canon que excede a la figura misma de Antoine Donel y Truffaut, donde es posible hallar momentos antológicos. Uno de ellos es aquel donde el narrador declara haber estado en Francia buscando la tumba del director de Los 400 golpes y que en su frustrado intento dio con la de Max Ophuls, lo que lo lleva a preguntarse ¿Quién se acuerda hoy de Max Ophuls? Más allá de la invitación a polarizar una elección entre ambos, es interesante extrapolar este pasaje al debate crítico a la hora de consagrar y de desplazar como operatorias ideológicas. Sin embargo, si bien Prividera instala y propone el juego dialéctico, el final abre una arista curiosa y emocionante, una escena que es preferible no contar pero que finaliza con ese inolvidable plano en la playa del pequeño Antoine, lo cual deja la discusión abierta y le otorga una riqueza adicional al planteo.

En ese maravilloso relato llamado Wakefield Nathaniel Hawthorne (amado por Borges) un hombre decide tomar distancia de su familia por un largo tiempo y de ese modo objetivar un modo de vida rutinario. Se recluye como si hubiera desaparecido del mundo y apenas se asoma para ver qué hacen los otros y qué dicen de su ausencia. Me acordé de este cuento mientras veía Sobre cosas que me han pasado de José Luis Torres Leiva, una poética manera de indagar visualmente sobre el tiempo y la relación con lo cotidiano. Al igual que el personaje de Wakefield, aquí el protagonista se transforma en un ser perceptivo y sensitivo durante un día. Cada elemento que lo circunda, desde la naturaleza hasta los objetos más pequeños, son observados con la distancia necesaria que permita acercarse a su carácter ontológico. De ese modo, como dijera Charly, las cosas ya no son como las ves.

En este primer recorrido por los cortometrajes de la novena edición del Ficic queda claro el criterio de selección y un saludable eclecticismo en las propuestas. Esto sigue.

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