La lección de anatomía, de Agustín Kazah, Pablo Arévalo (2019)

¿Cómo volver sobre una obra maestra, revulsiva, hija de un tiempo en el que el pedido de libertad se hacía presente, representada de manera ininterrumpida con diferentes elencos, tan exitosa como polémica? Hay varias preguntas implícitas en la película de Agustín Kazah y Pablo Arévalo, pero esta cobra especial relevancia y se encuentra localizada desde el inicio. Los tiempos han cambiado, los modos de ensayo y de estudio también; ni que hablar de los cuerpos y los ímpetus de sus hacedores originales, productor y director. En la primera parte, el registro de la cámara explora los recovecos cotidianos del Teatro Empire y asistimos a las dificultades que surgen cuando ya la energía no es la misma y las dudas invaden al proyecto. Mathus asiste desganado al casting y Leiva (su pareja) lo sostiene, lo aguanta y lo acompaña para darle forma a un mito viviente, nada menos que La lección de anatomía. En esta instancia se alternan momentos de humor y de tensión, dos sensaciones que nunca escapan a la preparación de una obra de teatro, pero también a los problemas que surgen a partir de un cuerpo cansado, que parece haber dicho ya lo que debía. Una voz en off del propio director con reflexiones filosóficas y políticas son un equilibrado contrapunto con la gracia de Antonio Leiva cuando se pone al hombro la parte física de los ensayos con los jóvenes protagonistas. El golpe fatal lo constituye el repentino fallecimiento del director y entonces empieza otra película.

Algunas elipsis advierten que el proyecto se mantiene vigente a pesar de los contratiempos y por ende el documental también. Quienes se hacen cargo ahora son los actores originales y Leiva estará ausente un tiempo mientras elabore el duelo. Por supuesto que el sacrificio trae sus frutos y los realizadores siguen de cerca el sinuoso camino, no desde una mirada épica o triunfalista, sino desde un lugar de sentido homenaje. El conservadurismo contra el que hay que luchar ya no es el mismo y las adversidades mutan su rostro. Ahora las pésimas condiciones económicas alteran cualquier agenda vinculada con eventos culturales: a días del estreno, el teatro se queda sin luz. No obstante, la energía del propio Leiva sacará adelante con el grupo la obra y el final es un regalo a la memoria de Mathus. Por una vez, ganan los buenos.

Hay otro desafío (además de la muerte del protagonista) con el que los directores parecen haber lidiado y se vincula con la naturaleza misma de este tipo de documentales, a saber, cómo no confundir el registro cinematográfico con su objeto (el teatro). Si algo logra la dupla realizadora es mantener la distancia necesaria de manera tal que nunca perdamos de vista que de cine se trata. Hay ciertas elecciones musicales y de puesta en escena que pueden resultar cuestionables para algunos, pero en términos generales se participa del cariño y de la admiración hacia un grupo de artistas que hacen del empleo del tiempo algo valioso y quijotesco. Cuerpos presentes, cuerpos ausentes. Pasado y presente. Dolor y felicidad. El escenario y la vida. Y el cine siempre para inmortalizar ese presente.

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