Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar (2019)

Cada época determina, en muchos casos, los giros cinematográficos de los directores. Hay algunos que nacen viejos, hay otros que son viejos y parecen nacer de nuevo. Están también aquellos para quienes el avance de los años es proporcional a una saludable ferocidad. Por último (sin ánimo de clausurar el asunto en taxonomías poco comprobables), hay una raza de cineastas a los que los invade progresivamente el clasicismo, o que acompañan la etapa más madura de su carrera con formas más reposadas, posiblemente mayor depuradas. Esto no representa un gesto conservador ni mucho menos, solo un cambio aparente de rumbo que, por otra parte, no tiene porqué ser definitivo. Dolor y gloria da la impresión de que es esa película que Pedro Almodóvar quiso contar toda su vida pero nunca se atrevió a hacerla, fundamentalmente porque varios de sus filmes nacieron probablemente de una compulsión cuyo destino final fue amontonar excesos y referencias cinéfilas. No quiere decir que sea la mejor (como tampoco los son El pianista de Roman Polanski o Pandillas de Nueva York de Martin Scorsese, las máscaras más cercanas a las vidas de sus directores). Pero sí la más conmovedora o donde mejor encajan todas las huellas autobiográficas de su carrera.

La imagen con las mujeres lavando la ropa en el río enamora. Como si estuviéramos leyendo un poema de García Lorca, la colorida secuencia nos conduce al dominio fantasmagórico del sueño y del recuerdo de este cineasta magistralmente interpretado por Antonio Banderas. Su existencia se encuentra en un estado de suspensión. La gloria nunca viene sin dolor y el cuerpo es un campo de batalla donde los síntomas se multiplican. Lo único que parece sacarlo de ese encierro, lo que apenas enciende un montón de proyectos apilados virtualmente es la reposición de una de sus películas, bloqueada en su memoria por la difícil relación con el actor principal. Ésta será la excusa para que lo vuelva a contactar después de treinta años. La tímida aparición de acontecimientos nuevos en el presente activa la memoria del pasado, de la infancia, de su madre y de los primeros deseos y pasiones. El notable montaje de la película provoca que todo transcurra en voz baja. Como pocas veces, esos planos inconfundibles del director, con los diseños y los colores reconocibles ya como marcas, se perciben con la lentitud que el mismo ritmo propone a través del tiempo del recuerdo sostenido en los efectos de la heroína, el antídoto capaz de apaciguar el dolor y de enfrentarlo con los mismos fantasmas de una
tormentosa relación de amor. En medio del viaje, hay dos paradas particularmente hermosas y significativas. Una de ellas se vincula al despertar del deseo de ese niño frente al joven albañil, una de las tantas historias ensambladas cuyo corolario forma parte del clímax emocional de la película. La otra involucra una serie de diálogos con su madre (vuelvo a leer tantos versos españoles en ese cuerpo anciano y tierno). Sin caer en sentimentalismo vacuo, las justas dosis verbales no disimulan la crudeza y el cariño como dos caras de la misma moneda en una vida donde lo privado poco tiene que ver con la imagen pública. En todo caso (con ese plano final que resignifica todo lo visto), el cine seguirá siendo siempre ese lugar donde se exorcizan los demonios personales.

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