Segundo subsuelo, de Oriana Castro, Nicolás Martínez Zemborain/2018

LUCES TENEBROSAS

Dos personajes y dos trayectos inauguran el documental Segundo subsuelo, de Oriana Castro y Nicolás Martínez Zemborain. Uno es el de Arturo Santana Das Dores («el portugués»), camino a su departamento, un monoambiente donde aparecen colgadas las imágenes de Fidel y el Che cerca de un cuadro con Marilyn Monroe, y en otro sector, la de Montoneros. Serán los únicos datos de Arturo en torno a su historia. Si hay algo que está claro en el abordaje de los realizadores es que no se trata de una historia más sobre la militancia, sino de sacar a la luz el tenebroso caso de cómo el actual centro comercial de Galerías Pacífico fue utilizado como espacio clandestino de detenciones y torturas y de qué modo se comenzó a investigar ello a partir de la experiencia de una de las víctimas. En efecto, fue Arturo Santana Das Dores quien, en un parate del rodaje del video de Ciudad de pobres corazones de Fito Páez, reconoció el piso del lugar donde había sido secuestrado. La historia es fascinante y se completa con el otro protagonista, Pablo López Coda, arquitecto investigador de arqueología urbana. Él es el otro personaje clave al que también seguimos sus pasos al comienzo de la película. La información sobre ambos aparecerá dosificada y sus testimonios aportarán progresivamente las piezas de un rompecabezas que se completa con otros relatos, incluidos los de Pablo Llonto, conocido periodista vinculado a los derechos humanos.

La historia personal y la Historia propiamente dicha se conjugan en un trabajo de edición que tiene sus puntos a favor y otros más cuestionables desde el punto de vista formal. En relación a lo primero, lo más interesante lo constituyen los momentos donde la cámara encapsula a los protagonistas. Uno como si fuera turista en su propia tierra; el otro, inmerso en su propio saber. ¿Cómo recorrer esos espacios cotidianos ligados al consumo, a la neutralidad, sabiendo que fueron núcleos del peor horror de la dictadura? ¿Cómo no sentirse un alienígena caminando por las calles, esperando que alguna señal, un rostro, un olor, puedan activar el pasado más sombrío? Esa sensación creada a partir de elementos visuales y sonoros representan la zona más interesante del documental, cuando cede a las imágenes un valor significativo que se potencia en espacios vacíos, reciclados, de pasadizos secretos, de tortura y de muerte. En este contexto expresivo, da la impresión de que lo explicativo resta. Los testimonios de los dos personajes centrales bastan para otorgarle materia suficiente a la película, aún en los titubeos.

“No sé cómo explicarlo», se excusa Arturo, preso esta vez en la otra cárcel, la del lenguaje. Tal vez sobren algunas partes expositivas o resientan el resultado ciertos cortes arbitrarios en lo mejor de los relatos, dispersiones que parecen intrusivas. La necesidad de explicar aquello que se puede encontrar más allá del cine relega la fuerza de la historia de Arturo y de Pablo, dos identidades que ya bastaban para darle forma a este interesante documental.

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