Hombres de piel dura, de José Celestino Campusano (2019)

Como suele ocurrir con las películas de José Celestino Campusano, los temas son fuertes y no parece haber demasiadas concesiones en aquello que se quiere contar. Allí donde otros no se atreverían a poner la cámara, el realizador de Quilmes lo hace con la misma falta de pudor que encara situaciones pesadas, socialmente encubiertas o ignoradas. Si hay algo destacable en toda su filmografía es que su método se muestra como es. Esto lo diferencia de una gran parte del cine argentino refugiado en la pose o en el virtuosismo estético. En varias oportunidades se le ha criticado (con y sin argumentos) el trabajo con los actores y cuestiones vinculadas con el guión, incluidos los diálogos y el registro verbal de los personajes. No obstante, sigue depurando un sistema de filmación y continúa con la firme voluntad de abordar tópicos y espacios desde diversos ámbitos que pueden ir desde el conurbano, la cárcel, una ferretería, hasta el altiplano en Bolivia o determinada zona rural de la provincia de Buenos Aires. Los escenarios varían pero el imperativo moral que guía su mirada, no.

Sin embargo, como toda poética y carrera prolífica, las cosas a veces funcionan y otras no. Hombres de piel dura es parte de ese sector del cine de Campusano donde las ideas que se subrayan devienen en arquetipos, son escasos los matices y la fuerza de las imágenes ceden ante la necesidad discursiva. De este modo, la historia se extravía en varias tramas que no parecen quedar bien resueltas y los mejores momentos están relegados por esa obligación de marcar los temas con una pintura similar al grito mediático. El punto de partida es la relación secreta entre un joven y un cura. Dos personajes y dos instituciones retrógradas y represivas cuyo principal fundamento es la prohibición del deseo, lo que conduce al desastre. La pedofilia atraviesa a la película, por supuesto, pero la dirección que toma una de las tramas es el camino del goce sexual masculino en un ámbito impensable para ello, el del campo en su versión más retrógrada. De allí, que el tema de la Iglesia parece forzado porque aparenta ser una excusa argumental (bastante grave como para soltarla o descuidarla) como disparador del itinerario de Ariel y su vía crucis en un medio hostil, de doble moral, de represión y de mandatos. Solo dos mujeres podrán comprender su elección sexual. Su hermana, la única que no lo cuestiona y que se atreve a enfrentar al padre en sus intentos de forjar un machito, y la adolescente cuya madre la presta al capataz para que se acueste con Ariel. Lejos de acceder, el chico le ofrece comida y dinero a cambio de la complicidad y ella no solo accede sino que será quien le encuentre una nueva pareja.

En esta dirección, la película se conecta con los melodramas: la búsqueda desesperada del amor, el deseo que gobierna el cuerpo por sobre la razón y situaciones que bordean el disparate (la casa donde viven paisanos que aceptan las decisiones sexuales de los otros es tan inverosímil como genial). El problema es que las elecciones formales de Campusano eluden el candor del melo y apuntan al discurso, al recitado y a variables arbitrarias en cuanto a los movimientos de cámara que nunca terminan de convencer. Pese a esto, no faltan las señas particulares del realizador: los insertos de humor dentro de la tragedia social, los grandiosos planos generales y el trazo de ciertos ambientes como solo el mismo puede lograr. Sumado a lo anterior, una fija: siempre el último plano es una puerta abierta al abismo.

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