In Memoriam. Peter Fonda (1940-2019)

Los viajes de Peter

Recuerdo tres veces en la vida haber prestado especial atención al nombre de Peter Fonda, antes de conocer y explorar sistemáticamente su filmografía. La primera fue cuando tenía unos 12 años y estaba fascinado con Revolver, de The Beatles. Leyendo una de las tantas biografías sobre la banda, me enteré de que la canción She said, she said invocaba en uno de sus versos a una fiesta a la que concurrieron Lennon y Fonda. En medio de un viaje psicodélico, Peter habría dicho la frase “She said, I know it’s like to be dead” (“Ella dijo, yo sé lo que es estar muerta”) y John la utilizó para la canción. Sin saber demasiado, me cayó bien. Un tiempo después, cuando el cine comenzó a ser más importante que la vida, escuché hablar de Busco mi destino (Easy Rider, Dennis Hopper, 1969) y otra vez la música volvió a ser el puente. Imbuido en la atmósfera de Woodstock, atravesado por bandas que comenzaban a sumarse a mis oídos, un amigo me recomendó la película porque ahí sonaban los Byrds, Steppenwolf, The Jimmy Hendrix Experience y una hermosa balada de Roger McGuinn cuya melancolía parecía ser la pátina perfecta para una realidad seca e inexorable: el fin de los ideales de paz y amor. Los motoqueros tirados a un costado de la ruta, ignorados como si fueran dos trapos, se transformarían en una de las imágenes más impactantes que el cine pudiera dar sobre el estado de una sociedad al borde del colapso. Las otras vendrían de la mansión de Sharon Tate el día que Manson y sus secuaces pusieron todo patas arriba. Y Hopper pondría patas arriba el sueño americano. Ya no se trata de las peleas entre rockers y mods, sino de tipos conservadores dispuestos a llevarse puestos a quienes consideraban una amenaza. Ese viaje hacia Nueva Orleans culmina con la pesadilla inevitable. Justamente, uno de los dos jóvenes motoqueros era Peter Fonda, con su gloriosa campera de cuero, pañuelo al cuello y unos anteojos de colores. Al lado de Hopper, emprenden un itinerario que deriva progresivamente en la profundidad de una América de rancheros, salvajes y locos. Finalmente, la tercera vez que estuve cerca del actor fue en una de las ediciones del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. En esta oportunidad fue dentro de la sala, cuando proyectaron la muy buena película de Víctor Núñez, El oro de Ulises(Ulee’s Gold, 1997). Aquí Peter interpreta a un apicultor que vive en el campo. Además de sus abejas, su otra ocupación es con sus nietos, hijos de un matrimonio que acabó por el alcohol y las drogas. Ulises Jackson (así se llama en la ficción) enfrenta los fantasmas del pasado, pero también a una banda de criminales que vienen por la guita. Peter se ha sacado los lentes de colores y la campera de cuero, dos signos característicos en Easy Rider, que ya había utilizado en Ángeles salvajes (The Wild Angels, 1966), como el pulóver rojo en El viaje (The Trip, 1967) ambas de Roger Corman (ese viaje psicodélico que funcionó como faro para tantos otros films alucinados), para componer el mejor personaje de su carrera por la vía intimista. Sus intentos por proteger a una familia fusionados con su pasión laboral anticipan algunos roles consagrados de otro viejo amado, Clint Eastwood.

Peter Fonda empezó su carrera en la pantalla grande en una comedia romántica menor de 1963 llamada Tammy and the doctor, con el estigma del “hijo de”. Deshacerse de la marca paterna de Henry Fonda no iba a ser fácil. Sin embargo, se transformó en uno de los emblemas de la contracultura norteamericana, pese a haber aceptado papeles medianos y otros que podían contribuir al prestigio autoral (por ejemplo, el haber participado de uno de los episodios de Historias extraordinarias, en Metzengerstein, de Federico Fellini en 1968). Ya en 1971 participó de la delirante La última película (The Last Movie) a las órdenes nuevamente del amigo Hopper (“a las órdenes” es un eufemismo dado el estado en el que el director rodó la película y que hoy es un objeto de culto lindísimo) que parecía ponerle la tapa a un modelo de hacer cine provocando su estallido desde la locura: todo sale mal en la ficción como en la realidad. Durante los años setenta protagonizaría varias historias de acción con el coletazo icónico de su impronta contracultural, recorrería diversos géneros y se perdería por unos cuantos años en proyectos menores. Lo reencontré en un extraño film independiente de Michael Almereyda de 1994 llamado Nadja, una relectura de Drácula ambientada en la Nueva York contemporánea. Y luego, en Vengar la sangre (The limey, 1999), la buena película de Steven Soderbergh protagonizada por otro viejo zorro, Terence Stamp. De la primera, no hay mucho para recordar más allá de un estilizado blanco y negro, la aparición de David Lynch y la composición de Fonda en el papel de un Val Helsing bizarro; de la segunda, en cambio, sobresale el clásico argumento de la redención, pero con estos tipos que levantan vuelo enseguida cada vez que aparecen. En 2007 me despedí de él en El tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, James Mangold). Me restan ver las tres películas que dirigió en la década del setenta, más allá de las pobres referencias que cosechó. Nos dejó una parte fundamental del cine norteamericano, sobre todo aquella que sirvió como un enlace desquiciado para gestar el nacimiento de una nueva camada de directores memorables en los setenta.

elcursodelcine

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *