De amor y desesperación. Sobre La angustia corroe el alma, de Rainer Werner Fassbinder (1974)

Fassbinder fue un vitalista desesperado que, entre tantas cosas, leía también desesperadamente. Así escribió sobre las películas de Douglas Sirk a quien admiraba incondicionalmente. Por ejemplo, sobre Lo que el cielo nos da (All that Heaven Allows, 1955) dice lo siguiente: «He aquí unas condiciones jodidas para un gran amor (…) Jane vuelve a casa Rock porque tiene dolor de cabeza, cosa que tienen todos los que cojen demasiado poco (…) Quien pone tantos problemas al amor, después no puede ser feliz». En 1973, Fassbinder filmó La angustia corroe el alma, una remake de la película de Sirk (hubo otro título más combativo que circuló en algunos países, Todos nos llamamos Alí). Este melodrama, uno de los mejores de todos los tiempos, está hecho con la misma energía con que el director alemán lee a su maestro.

Una noche lluviosa, Emmi entra a un bar y pide una Coca Cola. Al rato termina bailando con un joven musulmán. Y en ese ejercicio de reescritura se llenan los hiatos que el otro dejaba obligatoriamente, se retuercen escenas y se goza con la libertad de reciclar el género con energía compulsiva. Si en el original la protagonista era una mujer mayor perteneciente a un círculo pudiente, aquí es una viuda trabajadora de la limpieza y Rock Hudson, el jardinero, deviene en esta versión en un joven marroquí  inmigrante. Lo que Fassbinder potencia es la mecánica social del rechazo ante una relación impensable en esa Alemania de posguerra y de resabios nazis diseminados en todos los rincones de una sociedad degradada. Y también, la familiar. Si en Lo que el cielo nos da los hijos le regalaban a la madre un televisor para anestesiar la falta y anular al jardinero, en La angustia corroe el alma uno de ellos lo romperá a patadas cuando se entere de que su madre ha decidido casarse con Alí.

Fassbinder no usaba caretas. El melodrama como género le sirvió para reventar brutalmente los modelos de conducta hipócrita, para empalidecer rostros, despojar de todo sentimentalismo barato a una modalidad que comenzaba a ser manipulada por las telenovelas. En este sentido, fue capaz de poner en escena las tensiones sexuales y sociales descaradamente, sin resignar uno de los hermosos principios del melodrama: el carácter patológico del amor, su misma imposibilidad, a menos que uno deje la vida en ello. Se es diferente en un doble sentido, por ser extranjero y por amar. El sólido núcleo que forma la pareja se verá amenazado constantemente por la mirada inquisitoria de los otros. En una de las escenas más bellas que haya filmado Fassbinder, Emmi y Alí están sentados en una mesa al aire libre, en medio de un mar de hojas otoñales. Los planos cortos encapsulan su momento. Luego, la apertura involucra a un grupo de personas que, cual zombies, los escrutan con la mirada. Unos minutos después, un travelling aleja la cámara dejándolos en soledad perpetua. Todo está contenido en ese momento: el amor, una sociedad en debacle, la incomprensión, el sufrimiento y la incertidumbre. Si la angustia corroe el alma, tal como reza el título, es también es una condición sine qua non para el amor. La desesperación recorre todas las películas de Fassbinder como una puerta que se debe atravesar. O se elige vivir así o quedarse de este lado, lo cual implica repetir modelos de conducta acomodaticios o siendo cómplices de los verdugos. En varios momentos, tanto Emmi como Alí se ven tentados a ello. Nada puede ser fácil en este mundo. Sin embargo, como tantos personajes del director, solo quieren que los amen.

(Este texto fue escrito para la sección LOS 70’SSIGLO XX de Funcinema. Crítica de cine)

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