En buenas manos (Pupille), de Jeanne Herry, 2018

MADRE NO HAY UNA SOLA

En buenas manos es el título que han elegido los distribuidores para esta película francesa de Jeanne Herry llamada Pupille. La traducción es la acostumbrada estafa emocional a la que nos someten las reglas del mercado, un signo que puede atraer a multitudes como espantar a unos cuantos. En todo caso, se trata de una historia bien contada, con temas serios y un tratamiento ligero que elude la sordidez y la manipulación descarada, sostenida fundamentalmente por personajes sólidos y buenas actuaciones. Es lo que habitualmente se denomina un buen producto industrial, con ideas que podrían haber desembocado en el espantoso pantano de los mensajes sagrados, pero que narra un proceso que va desde una maternidad no deseada hasta la necesidad de ser madre adoptiva. En el medio, una compleja red de decisiones e intermediarios como puede darse en países del primer mundo como Francia, donde la racionalidad, la prolijidad de las formas y la presencia institucional parecen hacer todo más fácil.

Al comienzo hay un disparador, una joven (Clara) tiene a su bebé pero no quiere hacerse cargo. Ni siquiera acepta tenerlo en brazos, ponerle un nombre o darle la teta. La decisión es lógica, la criatura no le pertenece. Nunca sabremos la previa: por qué decidió tenerlo o cuáles fueron las causas de su decisión. Lo bueno es que el punto de vista de la realizadora no condena ni demoniza. La intención es otra: describir el comportamiento de todas las personas involucradas en este proceso que intenta buscar una familia para niños o niñas cedidos en adopción, las dudas y las dificultades, la difícil tarea de resolver entre las candidatas y los agentes temporales, las familias sustitutas. Uno de los protagonistas (Jean) es un tipo al que le pagan por cuidar momentáneamente a chicos separados de sus padres. La tarea parece desbordarlo y, como otros, forma parte de un engranaje estatal omnipresente que maneja y controla los movimientos de una maquinaria perfecta. La idea misma de «consejo familiar» asusta y tal vez, tanto cuidado apabulle. O será que no estamos acostumbrados a ello por estos lares. No obstante, dentro del plan pedagógico y emocional que muestra Herry está claro que lo verdaderamente importante son los niños. No podría afirmarse que hay enunciados subrayados en torno a un mensaje de «pro-vida», pero sí una cantidad considerable de primeros planos de un bebé (Theo al principio, luego Mathieu) al que se busca que abracemos al menos con la mirada. En realidad, hay un cúmulo de situaciones que abogan por destacar la importancia de la intimidad, del contacto corporal, como un lazo que excede la cuestión biológica. El acercamiento permanente de la cámara  hacia los personajes acompaña formalmente la idea y es uno de los pocos indicios cinematográficos porque lo que impera es la necesidad de contar, de materializar un drama contenido que apenas se distingue de tantas series televisivas.

Lo más destacable es el respeto por la decisión de las mujeres, por mantener en secreto su identidad y nunca una condena. También el enfoque completo dentro de un espectro que incluye padres caprichosos o sufrientes que pretenden apaciguar su agobio con un hijo, como otros incapaces de asumir tal responsabilidad. Finalmente, habrá un vínculo entre el bebé y una madre (Alice) y una capacidad diferente que parecerá unirlos de por vida. El destino es así. Solo hay que dejar jugar a los protagonistas de cada historia.

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