Amanda, de Mikhaël Hers, 2018

Amanda es un drama con ribetes industriales, es decir, una película destinada a la prolijidad y a la conservación de las formas. Su carencia de desmesura la hace conservadora, pero al mismo tiempo la distingue y la pone a salvo de varias estafas emocionales o productos bañados de una seriedad impostada. No es novedosa su incursión en vínculos que hay que recomponer ni en situaciones que demandan toma de decisiones luego de un hecho traumático. El título hace referencia a una niña que vive con su madre, una joven profesora de inglés. A ellas se les suma el tío David, un veinteañero que, al igual que su hermana, corre para todos lados envuelto en una rutina laboral vertiginosa. La primera mitad está consagrada a una descripción de las relaciones afectivas, incluida una incipiente relación entre David y una chica que alquila un departamento al lado de su casa. Además de trabajar para el municipio, el muchacho oficia como intermediario para rentar alojamientos y ayuda a la hermana con Amanda. Ciertas escenas ofrecen una particular gracia, una naturalidad fotogénica que enaltece a los personajes en esa París que surge luminosa y vital pese a las dificultades. Hasta que se produce un atentado que modifica drásticamente todo y las imágenes azuladas comienzan a gobernar el tinte de un universo donde hay que reformular la vida. En varias películas contemporáneas suelen verse protagonistas que se corren del camino para objetivar la experiencia, para rever el horizonte de sus pasos. Aquí, al joven David la persiana de la existencia le cae tan rápido como el atentado terrorista sobre un parque en el cual muere su hermana y su novia queda herida. A partir de ese momento, la historia deriva en cómo afrontar una especie de paternidad como se puede.

Un acierto indiscutible del director es no personalizar al atentado. Se lo muestra como parte de una posibilidad latente sin indicar sus causas ni subrayando una condena. En todo caso, París se transforma en una ciudad sitiada, irrespirable. Está claro que habrá que convivir con esto por largo tiempo y eso no se cuestiona. Se acepta incluso como parte de una coyuntura política, resultado de siglos de dominación indiscriminada. Ahora el paisaje urbano se ha transformado del mismo modo que el paisaje interior ante la pérdida. Amanda y David lo expresarán en diversos desahogos, momentos que, en lugar de provocar la huida o la lágrima fácil, generan sana empatía, sobre todo por la fuerza y la intensidad que transmiten. En este sentido, no hay que temerle a los dramas ni dejarse tentar por la distancia crítica si la búsqueda es legítima. Una canción bien puesta, un llanto creíble y un rostro que trasunta emoción, si no dan vida, matan. Hers lo tiene en claro y construye su propuesta dignamente dentro de los carriles genéricos. Además, descubre a esos personajes y los hace crecer en la pantalla. Su película es más confiable que varios bodrios de chantas celebrados con pretensiones de seriedad.

Y el tema es la pérdida y el modo en que se reconfiguran las experiencias. Por un lado, en la ciudad; por otro, entre los personajes. Despojado el exterior de certezas, la intimidad es una fortaleza que las relaciones trazarán paulatinamente. Para ello, no hay que traspasar los cuerpos con la cámara. A veces, la prudencia que marca la distancia sin poses ni estridencias permite un mayor acercamiento del espectador.

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