La pista de George H.

1.

Su segundo nombre era Henry y por eso solían decirle  “George H” por los pasillos del estudio y en la sala de grabación. Se trataba de una forma socarrona de contrarrestar su aspecto aristocrático, ese tipo de bromas que uno le hace a un jefe y por qué no, a su padre. A veces, Lennon iba más lejos que lo habitual con su sarcasmo para responderle con un “Mein herr” ante las directivas impartidas por este hombre alto de aspecto teutón y tranquila locución. Mucho se ha hablado en estos días sobre el rol de George Martin en la vida Beatle. Como se sabe, las semblanzas se disparan como dardos a una velocidad desenfrenada y con la ansiedad lógica de participar de los obituarios, a tal punto que los excesos de sentimientos omiten algunos datos importantes. El más notorio es que el legendario productor ya era conocido antes de cruzarse con los de Liverpool. Dirigía el sello Parlophone, subsidiario de EMI, especializado en discos de variados géneros musicales y además tenía una formación clásica (era oboísta), hecho que fuera determinante para que dejara su impronta en la banda, fundamentalmente entre los años 1963-1967. De este modo, George Martin fue “la cuarta pista” antes que “el quinto Beatle” (un lugar común destinado a relegar a las personas vinculadas con bandas famosas). En ese entonces, había que arreglarse con cuatro pistas para controlar el balance en los instrumentos y la cuarta estaba destinada a los arreglos de George H.

2.

Estamos hablando de los sesenta, una época donde todo estaba por explorarse en materia musical con el auge de grupos de rock que harían historia. Elvis Costello manifiesta en el Prólogo a El sonido de los Beatles de Geoff Emerick y Howard Massey: “Muchos de los sonidos de los estudios de grabación actuales salen de cajitas que no hacen más que imitar las innovaciones sonoras del pasado. La variedad de posibilidades es enorme, pero, en manos poco imaginativas, las sorpresas son cada vez más improbables.” Y más adelante, reivindica la contribución de los productores e ingenieros de sonido como un valioso aporte (no tenido en cuenta frecuentemente) quienes “provocaron un cambio en la naturaleza misma del estudio de grabación”. Imaginación y paciencia, mucha paciencia, tuvieron tipos como Martin para manejar la energía y la ansiedad de cuatro jóvenes procedentes de una ciudad portuaria del norte, con modales que estaban lejos de los hombres de corbata de una Londres cada vez más cosmopolita que miraban con cierto recelo la incipiente movida contracultural. Los llamaba “los chicos” haciendo gala de su mayor edad y el cuidado y la intuición resultaron dos de sus principales virtudes para comprender que había algo grande ahí aunque viniera de un palo distinto. El dar forma a una canción y el conseguir éxitos, sus metas primordiales. En relación al primer objetivo, sus arreglos son recordados y conforman un conocido catálogo de aportes que van desde la pianola utilizada en Misery hasta las cuerdas de Eleanor Rigby. En cuanto al segundo, leyó bien el momento a partir del cual supo provocar un cambio en la naturaleza del trabajo en estudio y actuar con pragmatismo para moldear las canciones que les traían. En este sentido, pese a sentarse en un taburete más alto frente a los cuatro para hacer visible su autoridad, mantuvo siempre una especie de “mirada con” para obtener el sonido que buscaban. Si Lennon pretendía para Tomorrow Never Knows que su voz se escuchara como la del Dalai Lama cantando desde la cumbre de una montaña, Martin utilizaba toda la diplomacia para calmar la ansiedad y la inteligencia para captar qué había de capricho y qué de genialidad en cada pedido, acompañado por un par de ingenieros de sonido que, entre las sombras, resolvían situaciones imposibles a priori con un invalorable agregado artesanal  y  ayudaban a comprender el lenguaje inminente del pop (Norman Smith y Geoff Emerick).

Es justo decir que George Martin formaba parte de un mundo de modales conservadores (que mantendría hasta su muerte), pero que eso no le impidió reconocer, intuir, que estos jóvenes desaliñados, con chaquetas de cuero e insolentes, podían hacer armonías increíbles siguiendo la tradición de los Everly Brothers. Y si el primer álbum de Los Beatles se mezcló solo en un día se debió a su pericia y su método de trabajo. Sin esta seguridad y sin la persistencia, tal vez el destino pudo ser diferente. Hay algo muy valioso en la personalidad de Martin y es que nunca quiso salir primero en la foto que congela la fama. Nada de poses y sí mucha sobriedad. La misma sobriedad que lo alejaría de “sus muchachos” cuando entraran en su etapa psicodélica y se fueran desgastando las relaciones personales hasta volverse insostenibles. Era el que podía, por momentos, quebrar las paredes que los mismos Beatles construían para preservar su identidad musical como social. También ofició como enlace generacional para incorporar en el rock parte de la tradición de la música clásica. Basta escuchar sus aportes en temas como In My Life o Penny Lane para corroborarlo. A la genialidad compositiva de Lennon/McCartney, le adosaba el toque particular que provenía de sus años de colaboración con artistas de otros estilos. Al mismo tiempo, podía ser el intermediario adecuado para conciliar los conceptos de John con las ideas musicales de Paul.

3.

Hay imágenes significativas en la vida de George Martin. Una de ellas la encontramos en uno de los Anthology , esa colección de joyas rescatadas en los noventa, tesoro de archivos visuales y sonoros en tiempos donde comenzaban a abrirse registros perdidos de numerosos músicos. El momento en cuestión muestra a un George Martin al borde de la emoción cuando escucha una de las tomas de A Day In The Life. Y si bien siempre estuvo más cerca de Paul, un obsesivo del trabajo en estudio, es esta canción particularmente de John la que despierta un recuerdo imborrable. En esta versión hace un particular conteo con palabras sin sentido en lugar de números, por eso se oye un “sugarplum fairy, sugarplum fairy” (“hada de azúcar”, uno de los personajes del ballet navideño El cascanueces) y a continuación de los primeros rasgueos acústicos aparece la cruda voz de un Lennon inspiradísimo. El sonido de la grabación conserva el aura de la distancia y el recuerdo de aquellos momentos donde la magia alcanzaba sus puntos álgidos, capaz de ponerle los pelos de punta  a cualquiera. De allí la genuina impresión de un Martin que vuelve siempre a ese momento inolvidable.

Las otras se pueden seguir en el reciente documental Produced By George Martin (2011), una especie de homenaje guiado por su hijo. Se puede advertir aquí el método Martin y transitar su carrera más allá del episodio Beatle (que obviamente fue determinante). Además, la película hace justicia a su pasión y su sentido de la solidaridad, alternando escenas de la vida cotidiana junto a su mujer, Judy. Si bien el episodio con los Fab Four de Liverpool ocupa un espacio importante, hay algunas perlas imperdibles tales como la referida a las grabaciones con el actor Peter Sellers. El espíritu de revisión que propone la película nunca se deja caer en la remembranza llorona, por el contrario, resalta la vitalidad, los proyectos y la constancia de este hombre, capaz de mantener su lucidez a pesar de la edad pero con una experiencia digna de contarse. Por lo pronto, quedan sus ideas y la famosa “cuarta pista”, un arsenal de arreglos imponderables.


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