Los poderes de la observación

Lumiere! Comienza la aventura, de Thierry Frémaux nos recuerda que todo comenzó en las calles y con la gente, y que el gran acierto de los franceses no fue solo patentar un invento, sino apostar por la dimensión social del cine, como un hecho a compartir, para verse reflejado en pantalla. Es notable el trabajo de selección y montaje que hace el director a partir del valioso material disponible de los hermanos Lumiere. La película se organiza temáticamente y tiene un tono didáctico que le confiere la voz en off de Frémaux, quien se detiene en aspectos tales como la posición de la cámara y la puesta en escena, elementos innovadores a medida que vamos descubriendo la creatividad, la intuición y la destreza de los operadores. Esta visión se contrapone a la idea de que el cinematógrafo para los Lumiere era únicamente un invento sin futuro o un juguete técnico.

La pedagogía que acompaña el transcurrir de las imágenes está bien justificada y obedece a la necesidad de valorar las innovaciones en términos visuales que se dieron en los comienzos, una forma de desterrar el mito de que los cortos surgían netamente con la intención de documentar. Por otro lado, la posibilidad de demostrar que si hay algo en lo que acertaron los Lumiere es en otorgarle al cine una dimensión social. El principal argumento para sostener su legado en este sentido es la fascinación de un público que disfrutó de este viaje a la semilla sin pestañear.

Más de un siglo después, cineastas como Ferrara, Waseman y Depardon mantienen la fascinación por un dispositivo que se mete entre la gente para transformar la realidad. Los tres recorren ámbitos, instituciones, que sirven de trampolín para dar cuenta del presente. Piazza Vittorio lo hace desde un marco festivo porque Ferrara descubre a quienes filma, no los sobra ni se pone en pose. Todo lo contrario, dialoga, negocia, juega al básquet con un chico, visita amigos y escucha, sobre todo eso, escucha. La plaza en cuestión es un universo no apto para tarjetas postales y el tipo la camina, la recorre, la observa, se mete en todos sus recovecos sin perder de vista que lo que filma son personas. No hay afán de estudio académico sobre multiculturalismo ni mucho menos, el dejar hablar a los entrevistados es una forma de respetar sus puntos de vista. Unos se descargan, otros aprovechan la situación de ser filmados para protestar y alguno hasta se hace unos mangos. Si hay algo que se respeta a rajatabla es preservar la oralidad como fuente inagotable de relatos y experiencias. Por la boca el pez muere, dicen, pero en este documental hay vida.

También Waseman en Ex Libris: New York Public Library se ocupa de la gente. Su método observacional (sí, ese, el de la mosca en la pared) es inagotable y cada uno de sus (generalmente) extensos documentales parece no dejar resquicio alguno por mostrar. Hay siempre una voluntad por alcanzar la totalidad en la suma de las partes, de dejar una impresión de que todo ha sido visto. En este caso, el recorrido por el interior de la biblioteca abarca conferencias, situaciones laborales varias, discusiones financieras, talleres, conciertos, etc. Como suele ocurrir con el director, esa exhibición de las diversas capas que conforman este universo habilita una serie de ideas en medio de la fascinación. Primero: una nación goza de buena salud en la medida en que se conserven los espacios de socialización, de resistencia cultural y de acceso al conocimiento. Segundo: más allá de que se congreguen personas de distintas procedencias, la tensión de clase continúa aún en estos espacios de democratización. Tercero: frente al desenfrenado avance tecnológico y las nuevas demandas, solo es posible conservar la funcionalidad de una biblioteca si se piensan y discuten alternativas todo el tiempo. Estos son algunos de los niveles discursivos sostenidos a través de las imágenes que nos regala el veterano director.

Y si los espacios son vías para entender el funcionamiento de un país, Depardon, en 12 días, se instala en un psiquiátrico en Lyon como lugar de confrontación dialéctica (se ocupa principalmente del registro de situaciones judiciales con pacientes) y tensión social. Hay un nivel en la película que funciona para bajar la tensión y está conformado por pequeños viajes de la cámara por los resquicios de la institución bajo la atenta mirada de un ojo que contempla con extraña fascinación y al mismo tiempo traslada esa sensación a los espectadores. Por el otro carril, transitan los diálogos entre los pacientes con sus abogados y los jueces que determinan si deben continuar o no con los tratamientos de hospitalización involuntaria luego de doce días. Muchas veces no se repara en la habilidad de los realizadores de esta clase de documentales por el trabajo de montaje sobre miles de horas rodadas, lo cual es una injusticia. En la selección de los casos que elige Depardon está su ideología y la puesta en funcionamiento de un dispositivo que permita entender cómo es el juego emocional y burocrático de la situación. Y también de qué lado está el director. No sólo porque le consagra visibilidad a los pacientes sino porque genera sutiles mecanismos de empatía. La locura es una tragedia pero peor es el encierro y la neutralización. Dos momentos gloriosos expresados en boca de los pacientes. El primero: “en el país de la libertad y los derechos humanos, usted hace abuso de poder” (le dice un joven a la jueza). El segundo: “voy a formar un partido político y voy a terminar con los psiquiatras”. Notable.

Una coda: Lanzmann y Bing

Dos directores gigantes, dos relatos. Uno verbalizado, con el cuerpo en pantalla; el otro, mostrado, con el cineasta fuera de campo pero marcando su presencia con la cámara como si fuera una caricia. Dos grandes momentos que también dignificaron al género.

Napalm es la última cruzada de Lanzmann, un tipo que ama tanto el cine como a sí mismo. Solo la pasión desmedida y la necesidad de confiar en el habla para exprimir el recuerdo hasta sacarle todo el jugo narrativo, hacen posible que permanezca frente a cámara más de cuarenta minutos evocando una historia de amor en Corea del Norte con una enfermera cuyo cuerpo padece los efectos siniestros de la guerra. De manera más bien ensayística, dispersa, Lanzmann nos muestra el país en el presente eludiendo la mirada mediática, tratando de entender los delirios de poder de su gobernante a partir de las condiciones históricas. También padece la marca personal de los guías que lo acompañan y no faltará oportunidad para que se rebele ante el acoso. Sin embargo, todo ese tramo previo parece la excusa perfecta para dar paso a la otra historia, una historia de amor, extraña como fascinante durante su primera visita a la tierra de Kim II-Sung. El mismo hombre que ha interpelado (incomodado) a los entrevistados para que exorcicen los fantasmas del horror del Holocausto, se pone como objeto de representación y construye un relato extenso, personal, emotivo, carraspeado por una voz frágil y una mirada desafiante. Hace unos cuantos años, el protagonista  decía en Hiroshima Mon Amour “Tú no has visto nada” y con ello problematizaba el recuerdo de las secuelas de la guerra y la imposibilidad del amor. Contrariamente, un Lanzmann en estado puro parece haberlo visto todo y lo cuenta.

Filmar la agonía de una persona es una empresa a priori peligrosa, no solo para quien lo hace sino para quien lo ve en pantalla. Sin embargo, cuando la cámara, en lugar de ser intrusa se transforma en una caricia, el resultado puede sorprender para bien. Esto es lo que ocurre con Mrs. Fang. Wang Bing se mezcla entre una familia china, en la intimidad cotidiana de un modesto y precario ambiente, para aguardar con ellos la muerte de una granjera que padece hace un tiempo Alzheimer. La espera no es trágica (pese a la situación) en la medida en que el afecto la rodea. Y si bien las intervenciones físicas como verbales de quienes la acompañan pueden dar lugar por momentos al esperpento, el director no se tienta y guarda respeto. Con planos desafiantes, cercanos, filma el rostro de la anciana, particularmente sus ojos, los únicos capaces de transmitir los últimos signos vitales. Siempre, la distancia es justa. También, la observación del cineasta se extiende a la labor de los parientes en escenas cotidianas cuando intentan pescar, o en ciertos rituales alrededor de la casa. Esta alternancia habilita la lectura crítica que da cuenta del procedimiento que generalmente desarrolla en sus documentales: denunciar las políticas asfixiantes de un sistema político que oprime y obliga a vivir en situaciones precarias a sus ciudadanos.

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