7ª Semana De Cine Portugués De Buenos Aires

Una oportunidad imperdible que permitirá conectarse con una de las cinematografías contemporáneas más estimulantes tendrá lugar desde el 11 al 15 de diciembre en Buenos Aires, en el Malba. Aquí, cuatro de las películas que he visto y reseñado oportunamente en diversos festivales.

Vitalina Varela , de Pedro Costa

La palabra documental le queda chica a Costa, por lo menos en un sentido convencional. La otra es denuncia. En todo caso, está la posibilidad de resistir. Resisten sus personajes en Cabo Verde, en una Lisboa oscura, pero también resisten porque hay un cineasta que los inmortaliza en pantalla, que les confiere un universo estético y simbólico como si se tratara de un imperativo ético que todo realizador comprometido debería tener en cuenta, a menos que se resignara al juego de la porno miseria.  Vitalina Varela continúa un itinerario que comenzó en Cavalo Dinheiro (2014)  y es una película sobre un regreso y un duelo, representado una vez más con interiores espectrales, susurros y una utilización única de la luz para dar forma a un mundo en penumbras. Si la noche parece eterna es porque la existencia misma de los personajes es un pantano de marginalidad. La escena que muestra la llegada de Vitalina a Lisboa es determinante por su ambivalencia. Mientras la abrazan le advierten que en Portugal no tiene nada, que se vuelva a donde estaba. El gesto de contención anticipa la fraternidad de una comunidad unida por la pobreza; al mismo tiempo, las palabras marcan la ausencia de un sistema capaz de hacerse cargo de la situación. No hay épica más allá de sobrevivir, la épica en la película de Costa está en su forma pictórica, que no es gratuita sino metafísica, y exige paciencia para quienes estén dispuestos a entregarse. El uso magistral de los primeros planos sobre el rostro de la protagonista, no solo confirma a Costa como un maestro del cine contemporáneo, sino a un pintor cuya paleta ha dado en la clave para representar la negritud en su estado más puro. Por supuesto que hay cálculo, sin embargo, nunca es gratuito. Es un gesto político y estético. Vitalina Varela propone un deleite, busca ese placer propio de las películas de terror, con sus pasadizos secretos, con expectativas y temores. La diferencia la ausencia de estallidos. La secuencia con la llegada de Vitalina construye una atmósfera de irrupción que se asemeja a un momento álgido de ciencia ficción o terror futurista. Hasta que adivinamos la silueta de la mujer, Costa ha dilatado notablemente la acción y creado una atmósfera vampírica. Por último, en varios aspectos, Vitalina Varela es una historia de espacios: el desmoronado domicilio de Joaquim en un barrio pobre de Lisboa; y una casa idílica que la pareja construyó a mano durante su visita final, presumiblemente en días más inocentes. El luminoso final abre una puerta quién sabe a dónde.

A PORTUGUESA de Rita Azevedo Gomes

La portuguesa del título es una joven pelirroja, fascinante como arrogante, igual que la película. Rita Azevedo Gomes regresa con sus imágenes hipnóticas, cuadros vivientes y una densidad artística que tiene sus momentos cautivantes pero que en la suma de minutos termina por agobiar. Basada en una novela de Robert Musil, es imposible no admirar la belleza de ese mundo donde las mujeres esperan (y desean) y los hombres van a la guerra, su única obsesión. Gomes coloca a los personajes dentro del cuadro con un sentido coreográfico cuando no de pose, y una cámara que elude los primeros planos en la búsqueda de correspondencias pictóricas.  Al igual en sus trabajos anteriores, pese al contexto histórico, se permite incluir anacronismos y la presencia de Ingrid Caven con sus canciones al estilo de un coro atemporal que complementa las situaciones narradas. El oportunismo político, la hipocresía episcopal y las convulsiones provocadas por las incesantes contiendas contrastan con el mundo paralizado de la espera donde se construye el saber femenino y se tejen misterios en medio de acciones cotidianas. Silencios, tenues desplazamientos y pocos signos de vitalidad humana se instalan como marcas expresivas porque lo que cuenta principalmente es un trabajo formal, y que de esa labor estética salga la sustancia de la película.

Cavalo Dinheiro, de Pedro Costa

Película de interiores fantasmales y con un uso maestro de la tecnología digital. Pedro Costa en Cavalo dinheiro vuelve sobre su personaje Ventura, ya presentado anteriormente y construye un film misterioso, fuera de tiempo, espectral, con el protagonista encerrado en alguna institución, anclado en el pasado por momentos y de regreso al presente en otros. Por allí transitarán también seres que se cruzan y narran con susurros sus historias. Y si hay algo maravilloso es cómo las voces y las canciones constituyen la banda sonora.

La radicalidad y el carácter arduo de la propuesta pueden generar algún escozor en almas inquietas, pero vale la pena ofrecer la mirada a la experiencia que propone Costa, a la escasa iluminación que apenas permite entrever los rostros y mucho los ojos de estas almas en pena encerradas en ese lugar enigmático. El exterior será un fuera de campo o tal vez una ilusión.

El inicio con planos fijos de fotografías de experiencias migratorias deviene en una escena que instala el tono de lo que veremos: el pesado andar del protagonista seguido por la lentitud de los movimientos de la cámara, siempre observadora, nunca intrusiva. A partir de ahí, nos sumergimos en esa atmósfera lúgubre donde a su debido tiempo todos tienen algo que decir. En este peregrinaje, siempre hay una búsqueda de ese rostro que mejor exprese el peso de la existencia y soporte la densidad de la memoria. El pasaje final, el diálogo con un soldado en un ascensor, abre, con su extendida duración, más aristas a la complejidad que ya tenía la película.

Fordlandia Malaise, de Susana de Sousa Dias

Uno de los puntos fuertes de la directora portuguesa es la manera en que utiliza los archivos fílmicos para trazar relatos de la memoria, combinados con un registro verbal que suele poner distancia para no interferir en el juicio de los espectadores. En este caso su mirada se adentra en el universo de un monstruo gigante incrustado en medio de la selva amazónica, una compañía fundada por Henry Ford en 1928, el sueño de un tipo ambicioso que convirtió una utopía megalómana en un territorio de espectros. Estos son los fantasmas que evoca Sousa Dias con su cámara a través de imágenes del pasado y del presente, mientras escuchamos los susurros de testigos atemporales. El travelling es un asunto moral para la realizadora. Sus delicados movimientos por encima de un paisaje desolado es similar a los de Noche y niebla, la mítica película de Resnais, sin embargo, los nuevos campos de concentración son estas construcciones y delirios arquitectónicos construidos en medio de la naturaleza, paraísos artificiales que no tardan en pagar las consecuencias de sus excesos y de su impostada audacia.

Capitalismo y neocolonialismo, dos de las formas por excelencia en Latinoamérica, focalizadas en este caso en el Brasil contemporáneo, cuna actual del resurgimiento neoliberal feroz. De modo similar a sus anteriores películas (Naturaleza muerta, 48 y Luz obscura) la interpelación a la memoria es un recurso que se sostiene formalmente para correlacionar los signos del pasado colonial con los obscenos sistemas de dominación presente. Entender esta continuidad de modelos es parte de un proceso de autoconciencia que coloca a su cine más allá de los conceptos, en el territorio de la ética, pero bien entendida, ni como pose ni como adorno. La particularidad de Fordlandia Malaise radica fundamentalmente en que el entramado narrativo y visual se sostiene sobre un marco genérico correspondiente a la ciencia ficción, con una mirada distópica, con imágenes y archivos reinventados que establece un nuevo modo de mirar. En este punto podría vincularse con ciertas zonas de Werner Herzog. En esa especie de cruzada que la directora lleva a cabo de un modo comprometido y sensible, también cabe para este mediometraje la exploración de nuevos modos de registro, sobre todo a partir de las posibilidades que ofrece la tecnología. ¿Entramos en la era donde los drones empiezan a borrar las huellas de un autor? ¿Cómo evaluar las tomas aéreas, los movimientos circulares predominantes en la película? ¿Se trata de un impacto estético/renovador? Refundar la relación hombre/naturaleza es un mecanismo paralelo, en todo caso, a repensar las direcciones y los métodos del cine político.

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