In Memoriam. Anna Karina (1940-2019)

Se nos fue una porción gigante de la historia del cine.
Hanne Karin Blarke Bayer, inmortalizada en la pantalla como Anna Karina, nació en Solbjerg, Dinamarca. Se la ha llamado ligeramente la musa de Godard, sin embargo, es justo decir que ella hizo posible a varias películas de Godard. La Novelle Vague tuvo en los rostros de sus actrices una parte indisociable de la obra de los cineastas, quienes aprovecharon la coyuntura para erigirse en el relevo, menos estandarizado, de las estrellas que habían dominado el panorama cinematográfico en décadas anteriores. Anna Karina, por ejemplo, impuso su mirada penetrante y sus ademanes suaves en el cine de Godard principalmente, el director que mejor supo aprovechar sus cualidades convirtiéndola en una prostituta digna de Zola en Vivir su vida, protagonista cualificada para un musical reflexivo en Una mujer es una mujer o heroína de cine negro desclasado en Made in USA. E nesa relectura desaforada de los géneros, son inolvidables sus participaciones en Alphaville, Pierrot el loco, entre otras películas del realizador, quien también fuera su pareja.

No obstante, hubo mucho cine de Anna Karina, más allá de Godard. Jacques Rivette en 1966 filmaba La Religiosa, una historia truculenta narrada con sobriedad que despojaba al cine histórico de cualquier idea de museo o cartón piedra, adaptando la novela de Diderot. Allí, la actriz compone uno de sus papeles más hermosos. En la Francia del siglo XVIII, una joven se ve obligada contra su voluntad a hacer votos como monja. Tres madres superiores la tratan de maneras radicalmente diferentes, que van desde la preocupación materna, la persecución sádica y el deseo lésbico.

La Nouvelle Vague asumió la voluntad por modificar un cine por otro que dejara aparecer a las mujeres. La actriz admirada, musa o amada, se convierte en significante. El rostro femenino sería recordado como hoy se recuerda el de Karina, sobre todo sus ojos. La mirada dubitativa sobre las imágenes llevaba a los cineastas de la Nouvelle Vague  a erigir discursos dialécticos en términos de cine “hacer de un travelling el espacio de un presente y un pasado (Resnais)”; situar el campo y el fuera de campo  en el mismo espacio de la espera (Rohmer); hacer del cuadro el espacio de una resistencia (Godard); romper los muros de la escena para situar  el teatro en la misma realidad” (Rivette); o convertir al actor en receptáculo de la mediación entre la realidad y la imaginación (Truffaut). Anna Karina podía ser madre, prostituta, monja, bailarina, gángster, lo que fuera en ese cine sin moldes que dignificó una parte importante de la historia, desde que debutara en 1961 en Esta noche o nunca de Michel Deville. La atracción por una nuca, por unas piernas, unos zapatos de tacón o la actitud del cuerpo femenino en el mismo andar, no son imágenes de fetiche solamente, sino construidas desde el encantamiento mismo que produce su presencia fotogénica en pantalla. En el año 2003 actuaría por última vez en una comedia, Moi César, 10 ans 1/2, 1m39 de Richard Berry, y en 2008, dirigió Victoria, de la cual no se tuvieron noticias por estos lares.

Podría referir muchas imágenes de Anna Karina, podría recordar su mirada fuera de campo o a cámara, sus bailes, su forma de fumar, sin embargo, mi último recuerdo de ella nace de su propia ausencia hace unos años en el Festival Lumiere de Lyon donde fue figura invitada para presentar varias reposiciones de sus películas, entre ellas, Alphaville de Godard. Fui a la función con la expectativa de encontrarme con una de mis ídolas. A medida que pasaban los minutos, pensaba cómo habría tratado el paso del tiempo a esa mujer hermosa y deseada por varios sueños juveniles. Pensaba en la Gloria Swanson de Sunset Boulevard, pensaba en la Glenda del cuento de Cortázar, hasta que alguien subió al escenario a presentar la película y excusó a Anna Karina por no poder asisitir debido a un estado gripal (el día estaba furiosamente húmedo y lluvioso). Cuando su rostro y su cuerpo aparecieron en Alphaville supe que, muchas veces, las jugarretas del destino arrojan buenas cartas. Esa tarde salí de la sala con la imagen que siempre quise de Karina. El cine es un arte implacable, una fuente de eterna y cruel juventud.

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