7ª Semana De Cine Portugués de Buenos Aires

Alva, de  Ico Costa (2019)

Un hombre, un día lluvioso y un perro. Una casa precaria donde el trabajo y la comida parecen ser los dos únicos signos de vida observados meticulosamente mediante un registro que no esconde nunca su impronta documental. El protagonista se llama Henrique y vive apartado de la civilización (un Portugal fuera de campo) donde reinan el estatismo y el estancamiento. Nada parece ligar al personaje con un pasado reconocible ni con un futuro prometedor. De vez en cuando llegan vecinos y le dicen qué debería hacer, pero él se muestra imperturbable. A medida que pasan los minutos, nos enteramos de que tiene dos hijas a las cuales no ve. Mientras tanto, entra y sale de su hogar, una especie de cueva platónica iluminada de tal modo que el único fuego sagrado está colgado en la pared, un póster de Benfica bicampeón. El resto, sombras. La incomodidad existencial de Henrique nunca se entorpece con golpes de efecto ni con un uso intrusivo de la cámara, más preocupada por captar el entorno y encuadrar armónicamente una realidad agraria suspendida en el tiempo. Todo este tramo se puede encontrar en gran parte de un cine contemporáneo fundado en el escamoteo de emociones y alejado de cualquier atisbo de intensidad dramática. El despojamiento continúa siendo el patrón rey del presente, aun cuando la violencia se materializa a través de su fachada más visible. Henrique limpiando un fusil es el primer indicio de que otra historia asoma. Al rato, se confirma. La persecución a una mujer en la ciudad y un asesinato son narrados dentro del mismo cuadro parsimonioso. No lo vemos, pero lo sentimos en su crudeza. Un nerviosismo momentáneo es el preludio para la mejor secuencia de la película: Henrique no puede volver a su casa y permanece un tiempo aislado, fundiéndose con la naturaleza, llevando su misantropía a las últimas consecuencias. Más allá del lucimiento del director de fotografía para captar la belleza bucólica, la soledad y la desesperación anestesiada son transmitidas legítimamente, sin condena moral. En este mundo de paradojas, una vez más el paraíso se funde con el pecado y no hay lugar para el goce del protagonista, obligado a robar para comer y a esperar para el regreso. La vuelta es sigilosa. Ahora sabremos a quién mató. Pero solo será un dato, la punta del iceberg. El ascetismo del personaje se conecta con varias otras películas que han indagado en su momento esta condición que trasciende la dicotomía del bien y del mal, inherente a todo ser humano, esa especie de primitivismo agazapado y dispuesto a volver en determinadas circunstancias.

El equilibrio es un acierto de Costa y la soledad de su protagonista una dimensión monstruosa cuya puesta en escena nunca pretende sobrepasar, aún con el riesgo de pecar de frialdad. El respeto sagrado por el ritmo de su existencia se traduce en planos largos donde el personaje se inscribe en un espacio que conoce como nadie. El final confirma la tensión predominante entre ficción y documental, una barrera permeable que conjuga la voluntad por crear una historia inspirada en noticias reales y la presencia de un actor no profesional. Paralelamente da cuenta de la principal ruptura que se produce en el horizonte del cine contemporáneo, su desfasaje con el presente (velocidad del capital y del avance tecnológico) y un dispositivo narrativo alejado de esos signos. Es decir, un tipo de cine posmoderno (mal que nos pese la palabrita), que cuestiona, explora y radicaliza las maneras de hurgar en la complejidad humana, capaz de disecar hasta el límite para entronizar la mirada más allá de todo. Hoy parece ser la norma.

Ramiro, de Manuel Mozos (2017)

Hay historias trágicas que no necesariamente  conducen a la fatalidad. Dicen que la procesión va por dentro y esto es lo que le ocurre a Ramiro, grandiosamente interpretado por Antonio Mortágua. El protagonista es un poeta que tiene su librería en Lisboa. Los libros ya no se venden prácticamente y sus ideas tampoco aparecen. Es un tipo desaliñado que apenas esboza una sonrisa de vez en cuando y se mueve en un entorno oscuro, perfectamente iluminado para connotar su soledad. Mozos no hace de esto un drama, en todo caso repite la fórmula de gran parte del cine contemporáneo que retrata personajes envueltos en universos urbanos con problemas existenciales, es decir, mueve parsimoniosamente la cámara, toma distancia, capta silencios e inserta pequeñas pinceladas de humor. La música que abre y cierra la película instala un horizonte de expectativas más cercano al gag que a exacerbar un tono solemne. Por ello, se percibe un carril paralelo por donde los gestos y los silencios dilatados habilitan el campo para la comedia.

Lo cotidiano se estira como chicle y los detalles hacen avanzar una trama sin sobresaltos. Cuando Ramiro se involucra en la vida de una joven embarazada cuyo padre está preso y de su abuela, su rutina se altera levemente. Al mismo tiempo, parecen ser las musas que necesita para reactivar la escritura. La ciudad apenas se filtra y los espacios son aquellos que la tarjeta postal evade: pequeñas ferias, calles de barrio y bares simpáticos. La vivacidad de los mismos contrasta con la opresiva ambientación en interiores, momentos en que todo discurre melancólicamente, ya sea a través de la soledad del protagonista, como los intentos de los otros por recuperar afectos dañados.

Ramiro no se relaja, no disfruta. Su refugio es la librería y por allí transitan los personajes, a veces espantados por su malhumor. Pese a todo, la curiosidad que siente por el padre de la joven lo devuelve a la vida. Este ha matado a su esposa. Acierta Mozos en no desarrollar ningún aspecto moralizante en torno al caso y solo circunscribirse a dejar que cada uno verbalice su estado existencial. Su forma de enfrentar la desgracia es ayudando a la vida aunque sea torpemente (acompaña a la joven en su proceso de parto y le regala una curiosa cuna de madera, más cercana a un ataúd).

La película se sostiene en su rigurosa puesta en escena, sin embargo, la excesiva duración atenta contra aquellos momentos en los cuales los personajes ganan terreno con ajustada calidez. La mirada contemplativa es concordante con los tiempos del protagonista, con el letargo crítico del estancamiento en el que está inmerso, no obstante, también hay lugar para cierto regodeo formal en la pose que trasuntan algunos encuadres, más forzados que vitales. Pese al pesimismo reinante, el otro costado de la balanza se encuentra en la gracia del protagonista, a quien se consagra el título.

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