De deseos y mutaciones corporales

Es frecuente hallar en los Festivales de Cine algunas perlas que, más allá de la similitud temática, se distinguen de la lógica estética (que ya parece corporativa en las programaciones) y abren aristas muy estimulantes. Aquí recojo cuatro recuerdos que me impactaron en su momento.

El desconocido del lago de Alain Guiraudie (2013)

Excelente incursión del director francés en el mundo gay con trama policial incluida sin necesidad de condenar a los personajes ni potenciarlos con exaltación militante. El desconocido del lago es una película maravillosa, una exploración del deseo donde todos los hombres tienen ideas claras sobre cómo manifestarlo, más allá de las consecuencias. La historia transcurre en un mismo espacio dramático, bellamente filmado, con una luminosidad extraordinaria, en una playa nudista con un enorme lago, donde los personajes “van a ligar” o simplemente a mirar. Las escenas de sexo son lo que tienen que ser y la naturaleza se abre y se cierra cada día como un telón. Se respira libertad y se filman los cuerpos en fusión con el paisaje mismo. Nadie juzga, nadie reprime. Guirauide tiene la suficiente habilidad para no caer en la trampa innecesaria de los opuestos a fin de compensar a las mentes bien pensantes. Sexo, amistad, erotismo, deseo, sin tapujos y con la elegancia de los grandes. Creo que está destinada a ser una de las joyas del festival.

E agora? Lembra-me de Joaquim Pinto (2013)

En algún balance sobre ediciones pasadas dije algo exagerado pero que tiene cierta resonancia: el futuro del cine está en Portugal. ¿Cómo filmar la agonía sin caer en sensiblerías? ¿Cómo demostrar vitalidad en medio de una enfermedad? ¿De qué forma se puede hacer arte en medio del dolor personal? Éstas y otras preguntas se ensayan en este notable filme donde el director, en compañía de Nuno, su pareja de toda la vida, registra en una especie de diario autobiográfico que jamás se resigna a ser encuadrado genéricamente. La enfermedad del cuerpo se traslada a la enfermedad contemporánea: un mundo que se derrumba en su egoísmo, en sus políticas corrosivas, en la velocidad del capital, en la pobreza, temas tratados con profundidad a partir de una encantadora voz en off que no teme en cuestionar posturas acomodaticias y tranquilizantes. A esa estrepitosa caída, Pinto le contrarresta su entorno cotidiano, la dedicación de su pareja, el amor hacia los animales y hacia la naturaleza, la conservación de la curiosidad, del asombro por seguir descubriendo libros (sí, libros, no citas de citas, como bien dice hacia el final del metraje) con las pocas fuerzas que le van quedando debido a que padece el VIH y la hepatitis C. Sin caer en lo peor del docudrama ni en el espectáculo narcisista, este filme demuestra que se puede ser, sin concesiones, creativo, honesto, duro y bello al mismo tiempo.

Je me tue à le dire de Xavier Seron  (2016)                  

“La historia de mi vida no existe” se lee al comienzo de la famosa novela de Marguerite Duras, El amante. Las primeras imágenes, las primeras palabras Je me tue à le dire, ejercen una resonancia con aquella sentencia y plantan una marca contra-autobiográfica: “Cuando mi madre me dio la vida, también me dio la muerte”. No obstante, sus mundos interiores están a miles de kilómetros de distancia. La frase de corte existencial, escuchada en la voz en off, que le encantaría al mismísimo Emil Cioran, confirma la pesadez del tema. Sin embargo, si el mundo parece ser un lugar horrible desde la perspectiva de Seron, más vale reírse. Eso sí, con una mueca, sin derrochar carcajadas innecesarias.

Michel, el protagonista, tiene miedo de morir. Su madre está enferma y él no quiere terminar así. La cuestión es que su vida entra en un tobogán en bajada cuando descubre un bulto en el pecho, su novia lo abandona y el presente se le transforma en un hastío constante. Claro está, el argumento sería insoportable si el director no optara por el formato de una comedia negra “a la europea”. Filmada con una impecable fotografía en blanco y negro y dividida en actos, ofrece un armazón a base de viñetas donde el humor se genera a partir de algunos procedimientos bastante efectivos. Uno de ellos parte de la presencia misma del actor Jean-Jacques Rausin cuya contextura física representa un prototipo grotesco. El rostro inexpresivo, la panza al aire y la masa de pelos que cubre su cuerpo, puestos en contextos absurdos, provocan un desajuste que propicia la risa sardónica. No faltarán las típicas secuencias simpáticas de baile ni momentos en los que la ridiculez gobierne la pantalla (una clase de yoga se convertirá en una denodada coreografía musical). Es parte de la pose cool que Seron no puede ni quiere disimular en los tramos en que la desesperación de esta especie de anti-héroe hipocondríaco se hace a un lado.El letargo en el que está sumergido es acompañado con frecuentes usos del ralentí que, sumados a las particulares sincronizaciones musicales y visuales, generan un enrarecimiento que también es un límite para la empatía del espectador.

Otro recurso consiste en tomar el tema de la muerte con ojos irónicos puestos en justas dosis. Si el punto de llegada es inevitable (“Todos nos vamos a morir” dice el amigo) el tema pasa por ver quién será el primero, como si esto fuera un terreno apropiado para apostar, soportar o llegar más rápido. Madre e hijo forman parte de una simbiótica y extraña relación, y serán los principales competidores.

Además, la alteración de la lógica con respecto al significado de ciertos signos pone situaciones patas para arriba. De este modo, asistiremos a un complejo de Edipo invertido, a una consulta médica determinante con un esqueleto detrás del paciente y a una secuencia final de antología donde la iconografía religiosa se gesta desde lo cotidiano. Allí comprendemos que los santos están en el mundo y son bien bizarros.

Zoology, de Ivan I. Tverdovsky (2016)

Fascinación, extrañamiento, chantaje, son algunas de las palabras que se transforman en significantes rotativos mientras se suceden los minutos de este particular filme ruso, tan cautivante como irritante. Estamos ante esa clase de películas en las que la mirada del director fluctúa en el tratamiento de sus personajes, de manera tal que ciertos momentos en los que acompaña la historia (por más bizarra que sea) al lado de ellos, la cosa funciona. El problema es cuando se coloca por encima y a través de la lente transpira un aire de superioridad más cercano al que goza con el sufrimiento ajeno que al que intenta comprenderlo. En ese límite difuso y riesgoso se mueve Tverdosky con resultados desparejos.

El comienzo ya traza la sintonía típica del personaje miserable cuya vida será recreada con la prolijidad estética de quienes prefieren modelar una pose antes que recrear un drama humano. Natasha tiene 55 años y su vida no sale de una rutina asfixiante, de esas que vemos desfilar unas cuantas veces por los festivales. Su trabajo en el zoológico es un martirio porque las compañeras la hostigan con una frecuencia poco soportable y cuando regresa a su casa la espera su anciana madre, perseguida por delirios místicos y paranoias religiosas. Dentro de ese esquema tortuoso, el director nos regala de vez en cuando alguna dosis de oxígeno. Son aquellos momentos en los que la protagonista descansa, fuera del infierno laboral, frente al mar. Es el único lugar en el que puede reencontrarse consigo misma. Sin embargo, un malestar en la zona inferior de la espalda, la conduce al médico. Mientras espera acostada boca bajo en la camilla vemos que asoma un apéndice en forma de cola, una escena que haría reír al mismísimo Cronenberg. El tema es que la aparición no supone un escándalo para la vista del doctor, quien se mostrará interesado y atraído por Natasha. Al mismo tiempo, esta adoptará una actitud más vital frente a la posibilidad de un amor inminente. Por supuesto que todo este renacimiento en la protagonista es momentáneo ya que en el panteón de Tverdosky no hay lugar para la felicidad. El momento clave será un intento de relación sexual (dilatado) en el zoológico, filmado de modo que caigamos en ese terreno intermedio entre la risa y la bronca, situación que provocará una profunda decepción en Natasha. Dentro del marco narrativo disperso-que ya se afianza como un rasgo propio en la actualidad-hay lugar para otra historia: en la ciudad se habla de un espíritu maligno que posee a las personas, hecho que activa en la madre la necesidad de generar un exagerado santuario en la casa para ahuyentarlo.

Los pocos instantes de ternura que manifiesta la película son engañosos y confirman una vez más las verdaderas intenciones. Se dan cuando ella interactúa con los animales, una maniobra para mostrar que es una más de ellos. El problema es cuando el director se posiciona más cercano al tipo piola que al que denuncia el carácter monstruoso de un cuerpo social que discrimina y se corre espantado del que se ve diferente o escapa a la lógica de lo mismo. Y este es el riesgo constante al que se expone el director.

Fría, manierista, con una paleta de colores variados que seducirá a varios estetas, por momentos un drama, por otros una comedia negra, Zoology gana cuando está más cerca de un Tod Browning que de Todd Solondz.

elcursodelcine

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *