In Memoriam. Max von Sydow (1929-2020)

Se ha ido un tremendo actor y una porción enorme de la historia del cine. Pero fundamentalmente alguien que tantas veces nos acompañó con su inigualable rostro en películas que no olvidaremos jamás. Max von Sydow interpretó numerosos papeles, pero será esculpido por una tarea nada sencilla: enfrentar a la muerte y a todos sus soldados. Fue el caballero medieval de El séptimo sello (1957) que jugaba al ajedrez con la parca en el inolvidable clásico de Bergman. Con el director sueco también enfrentó los miedos ante la posibilidad de la desaparición, poniendo su expresivo rostro en Los comulgantes (1962) para dar vida a un personaje atormentado por las noticias del mundo, algo que para la actualidad es visto y comentado con la ligereza posmoderna de los tiempos que corren y que entonces Bergman le otorgaba un peso existencial legítimo. Ni hablar de La hora del lobo (1968) donde compone a un artista cuya mente desvaría ante la amenaza de algo que acecha en otra parte de la isla, o La fuente de la doncella (1960) en la que Sydow es aquel padre que debe afrontar la peor versión de la muerte, la de una hija violada. Su monólogo final ante Dios está entre las mejores escenas de la historia. Con Bergman hizo otras películas dignas de recordar, pero cómo olvidar al padre Merrin y su enfrentamiento con el diablo en El exorcista (1973) de William Friedkin. Cuando el cura aparece frente a la ventana a través de la cual lo espera el Mal ya nada fue igual para un pibe que vio eso como la disputa más intensa y terrorífica de su vida. Merrin parecía esos técnicos que acuden a salvar a un equipo del descenso. Tremendo.

Con más de 130 títulos en pantalla como actor (descomunal), además dirigió una película en 1988 llamada Ved Vejen, de la cual tengo un leve recuerdo. Ha sido tan importante su labor como intérprete que tal vez haya descuidado su faceta como realizador y no le presté demasiada atención en su momento. Sí tengo presente que abordaba cuestiones muy cercanas a Bergman. Había un capataz que llegaba a una aldea danesa, una mujer frágil de salud, conflictos de amor y un marido que no se da cuenta. Esta ha sido otra faceta que el mismo actor explotó, la del esposo bonachón pasivo.  En Hannah y sus hermanas (1986) de Woody Allen, se pone en la piel de Frederick, un señor mayor intelectual que no se percata de la relación de su joven mujer con su cuñado. Antes, en A través del espejo (1961) de Bergman, hace lo que puede frente a la descomposición mental de su mujer y en El rostro (1958) soporta las humillaciones de un mago y de su propia mujer. La tranquilidad y la timidez como rasgos inherentes a varias de sus composiciones fueron signos herederos probablemente de su educación aristocrática en la Suecia de entonces. El carácter templado y su estampa seria le posibilitaron obtener el Premio Real Fundación Cultural de Suecia de 1954, el título de Commandeur des Arts et des Lettres en 2005 y ser nombrado Caballero de la Legión de Honor el 17 de octubre de 2012. No obstante, el premio mayor se lo otorgará la memoria cinéfila, ese panteón donde conviven los más grandes cuerpos y rostros de celuloide para siempre.

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