El lunático en mi cabeza. Él, de Luis Buñuel (1953)

La canción Brian Damage (Daño cerebral) de Pink Floyd está incluida en su disco más conocido, The Dark Side of The Moon (El lado oscuro de la luna, 1973), el primer muestrario descarnado de Roger Waters que llevaría con el correr de los tiempos al encierro en su propia torre de la canción. El precio sería la desintegración de una de las bandas más importantes de la historia del rock. Hay mucho material para desvelarse allí antes de que se pusieran de moda los estudios culturales sobre la alienación y otras yerbas. Mi debilidad siempre fue el anteúltimo tema. Se dice que la letra se inspira en Syd Barrett quien, para la época, ya estaba navegando en los mares psicodélicos para siempre. Sin embargo, la cuestión son los celos:

“El loco está en mi cabeza

El loco está en mi cabeza

Levantas la espada, haces el cambio

Me reorganizas hasta que estoy cuerdo

Cierras la puerta y tiras la llave

Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo”

Posteriormente en The Wall (1979) y The Final Cut (1982) los desdoblamientos, las obsesiones y los reproches silenciosos se transformarán en moneda corriente y en gritos desgarradores. Esta imagen de los celos me ha perseguido bastante.

Pasaron unos cuantos años de la infancia a la adolescencia hasta que volví a experimentarla en una novela cuyo comienzo preferiría no acordarme pero quedó sellado para siempre. Pertenece a otro maniático lúcido, Ernesto Sábato, y es el inicio de El túnel (1948):

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.”

Sábato nos sacude desde la primera frase, planteándonos de entrada la premisa a partir de la cual se desarrollará toda la historia. Una historia que es la radiografía alucinada de uno de los estados más terribles en que puede encontrarse un ser humano: los celos. El narrador es el personaje que comete el asesinato y lo da a conocer de la manera más concreta y directa.

El túnel es esa exploración por una mente enfermiza, el viaje al fin de la noche, plagado y monólogos escalofriantes:

“Todo era milagroso, alucinante, y ahora todo era sombrío y helado, en un mundo desprovisto de sentido, indiferente. Por un segundo, el espanto de destruir el resto que quedaba de nuestro amor y de quedarme definitivamente solo, me hizo vacilar.”

Se trata de una novela corta, contundente, difícil de olvidar, donde Sábato hierve ese malestar que lo perseguiría toda su vida de pirómano angustiado, afligido por el paso del tiempo y por sus propias disyuntivas.

Ahora, cómo materializar esas obsesiones en el cine, cómo se filman los celos.

Los celos pueden pensarse posiblemente en un doble sentido. Desde una perspectiva cinematográfica, son móviles para asociar el malestar individual con el social. Desde una perspectiva psicoanalítica, hay una perversión, sin duda.

Una de las obras maestras que mejor trabajó esa doble implicancia fue Él (1953), la insomne y extraordinaria historia de un genio insidioso, Luis Buñuel, con Arturo de Córdoba y Delia Garcés, película sobre la paranoia y el fetichismo como pocas las hubo en el tiempo. Francisco, un hombre celoso hasta el delirio, se enamora de Gloria, la prometida de su amigo a la que ve por primera vez en la iglesia. Se casa con ella, pero los celos lo llevan a atentar contra su vida. Finalmente, se recluye en un monasterio. La exploración del fetichismo masculino abre todo un ámbito de deseos perversos, que incluye confusiones provocadas por la paranoia. Para Freud, el fetiche es un sustituto del pene de la madre en el que el niño creyera antaño y al que ahora no quiere renunciar. También, el triunfo sobre la castración y una forma de prevenir la homosexualidad dotando a la mujer de la característica que la hace tolerable como objeto sexual.

Buñuel, al que le gustaba reventar en pantalla las teorías de Sigmund, se permite jugar con toda la teoría y bajarla a la tierra. Nótese en el comienzo, de qué modo Francisco se excita con los pies y los zapatos. Su fetichismo es una afirmación del deseo de poder sobre las mujeres, una pantalla para la proyección de fantasías y deseos trastornados. Que toda la primera secuencia transcurra en el interior de una iglesia no es un dato menor. La religión refuerza la noción de poder. El lenguaje de Francisco se basa en referencias sagradas o devotas. Incluso plantea una identificación cuasi blasfema con Dios (elige para la cita un campanario y dice “el egoísmo es la esencia de un alma noble. Yo desprecio a los hombres, ¿entiendes? Si fuera dios, no les perdonaría nunca”) Pocos tipos como Buñuel supieron trabajar esa zona de confluencia entre la adoración y el sadismo, ese doble rostro en un ser humano que se consagra a la dependencia femenina como un bebé para luego intentar coserle la vagina. Gloria es la víctima no solo de un hombre sino de un orden tirano, tan ridículo como violento.

Por supuesto, hay en esto una implicancia colectiva y cultural, que dice mucho sobre la sociedad machista mexicana. Como buen zorro (como Lang, Wilder, Hirchcock) Buñuel utiliza el melodrama como cáscara para desnudar sutilmente los resortes podridos de ese país que lo cobija y le proporciona todo el material posible para explotar argumentos fuera de serie. No obstante, la puesta en escena trasciende el simple muestrario temático de los celos y acompaña su resolución formal. Por ejemplo, el egocentrismo de Francisco entra en consonancia con su residencia, opresivo ambiente de invernadero, naturaleza amenazante. En muchas escenas, Francisco aparece encuadrado contra el fondo de maleza y plantas que se ven a través de las ventanas. Las tierras que quiere son de Guajanato, ciudad colonial. Las sombras expresionistas absorben ese espacio. De este modo, el lunático que crece dentro posee la rigidez y el peso de una tradición patriarcal. Pero también está la implicancia individual. Los celos paranoides pueden leerse como una neurosis derivada del deseo homosexual reprimido.

En la película no hay comentarios homofóbicos pero sí esa secuencia inicial magistral que muestra cómo Francisco llega a gloria después de mirar al cura, besar el pie del monaguillo (es decir, su ruta hacia la mujer solo es accesible a través del hombre). De todos modos, nada supera a la elegante insidia de Luis Buñuel. El final, con Él subiendo en zig-zag, es un buen resumen del film, un mundo sometido a incesantes cambios de situación, un punto sin retorno en su descenso a la locura, la desintegración del protagonista (pocas veces sentí tanta vulnerabilidad en el cine como con este final o el de Psicosis) Ellos no se curarán más: “la pulsión es inmortal y sólo conoce un lema: ¡adelante con nuevas aventuras!”. Los verdugos están entre nosotros. ¿O me he vuelto paranoico?

elcursodelcine

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