In Memoriam. Stuart Gordon (1947-2020)

Es un lugar común asociar la figura de realizadores como Stuart Gordon a esa expresión baúl que suele emplearse ligeramente, director de culto. Yo prefiero hacer justicia, mandar a unos cuantos a ese encierro y destapar a los verdaderos poetas. Obviamente las referencias más cercanas a Gordon son sus creaciones durante la década del ochenta con películas como Re-Animator (1985), época en que un aire fresco de terror, fantasías futuristas y mucho humor ponían en jaque el anquilosado esquema industrial consagrado a la calidad y a los premios. Sin embargo, me gustaría evocar dos grandes amores del autor. Uno sirve para justificar gran parte de sus proyectos y nace de la literatura. Su nombre es Howard Phillips Lovecraft. El otro se vincula con la dramaturgia y se trata de David Mamet. Gordon no solo fundó una compañía teatral a principios de los setenta en la que pusieron en escena obras de Mamet, además filmó una joya en 2005 con uno de sus guiones. Se llama Edmond y es una genialidad.

William Macy interpreta a un empresario aburrido, esa figura hastiada propia del neoliberalismo, una especie de héroe absurdo e inmóvil que parece a la espera de una señal que le permita alterar el curso de los acontecimientos. Lejos de dar forma a una de las tantas parábolas contemporáneas sobre la alienación, Gordon escoge un camino diferente e inyecta un desvío como motor para ingresar en una ficción paranoica. La vida del protagonista cambia drásticamente cuando una adivina le dice que “no está donde debería estar”. Entonces, abandona a su mujer, larga todo y transita la noche de Nueva York en busca de algo emocionante, de otras señales que rijan su destino. Ese desvío es crucial, es la piedra angular de gran parte del cine contemporáneo. La diferencia es que a Gordon le importa el espectador y lo incluye en un viaje alucinante. El correrse de la civilización (un gesto que ya puede encontrarse en el fabuloso cuento de 1837 de Nathaniel Hawthorne, Wakefield) es un pasaje brusco al acto, una pulsión que rompe en el contexto de la historia con una forma de vida, pero que también desarma la lógica causal del relato para abrirlo al abismo de lo impredecible. El itinerario del nuevo hombre se abre a aristas impensadas, como si se ejecutara una composición de jazz. Edmond se transforma en un personaje más allá de la moral y su nueva personalidad corrobora una de las pocas certezas de este mundo, que las patologías se hallan en la masa arrastrada y no necesariamente en los individuos. La desestructuración es la única forma de revolución posible y empieza en uno. Antes de que se pusiera de moda el imperativo deconstruite, Stuart Gordon trazaba este viaje urbano nocturno de un hombre que empieza con traje de oficina y termina haciendo cucharita con un negro.

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