Las ranas, de Edgardo Castro (2020)

Como una rana, la mujer tiene que abrir las piernas hacia los lados,

 para que su marido pueda mirar dentro de ella lo más posible,

hasta la Audiencia Provincial para Causas Penales, y examinarla.”

(Elfriede Jelinek, Deseo)

Un día a pleno sol en algún barrio del conurbano bonaerense: humo, comida, cigarrillos y un grupo de hombres en una especie de previa de algún partido de fútbol. En esa zona indefinida (que no será la única) inaugura la mirada Edgardo Castro (La noche, Familia). La dilatación del ritual masculino permite establecer dos reglas de oro. La primera: no se filma desde un punto de vista superior, el cineasta es uno más sin ser visto. Esto implica desterrar cualquier tipo de dilema moral de forma explícita. Castro confía en el espectador para establecer esa situación como contrapunto de lo que veremos progresivamente. La segunda: un documental (una película) no se define por su tema ni por la demostración de una tesis social que quede bien, un documental se juega en la respiración palpable de los cuerpos, en la sangre. No faltará mucho para que se nos muestre la cicatriz de un joven, la herida posible de tantas batallas que no conocemos. Como Castro, no pertenecemos a ese mundo, pero el desafío de los grandes directores es que nos involucremos. Sin embargo, la cosa no pasa por un registro expositivo o testimonial, sino por el fluir mismo de las imágenes que, más allá de los referentes, se valen por sí mismas. La fuerza que transmiten es la tercera regla de oro.

La posibilidad de establecer un pacto de intimidad sin cruzar la barrera que conduce a la intrusión debe ser uno de los mayores desafíos de un cineasta consagrado a explorar un territorio particular. Castro se mueve entre las personas, alcanzamos a ver cómo el joven guarda un chumbo entre la ropa y sigue con su rutina. A un costado aparece una chica con su pequeña. La cámara ahora se consagrará a ella y no la soltará más. Mientras los otros conversan y escuchan música, ella le da la teta a la nena. Hay un tiempo suficiente (de esos que llaman muertos, pero que están llenos de vida) para que la lógica del plano/contraplano nos regale sus miradas, sobre todo la de la inocencia. Pronto sabremos que los “huevos” no están en los machos que van a ver fútbol a la cancha, sino en Bárbara y sus continuos viajes para vender medias (que nadie compra en la ciudad donde camina como si fuera extranjera) y en los trayectos que realiza para ir a visitar a su novio a la cárcel. No lo hace sola. En otro segmento maravilloso de indefinición la vemos en medio de la noche esperar el micro junto a dos mujeres. No sabemos bien quiénes son, pero comprobaremos que están en la misma inmediatamente. La escena siguiente, el viaje en el micro, es una prueba fehaciente de la capacidad de Castro para exceder el mero registro y colocarnos en el terreno del cine, penetrando la intimidad de esas mujeres con sus miradas perdidas hacia el exterior de una ruta que no dice nada. Es un hallazgo, es un momento único en el cual nos sentamos con ellas.

Si hay algo que, sospecho, deriva de las búsquedas del director en sus tres películas hasta el momento es la firme convicción de que no hace falta una dramaturgia. El drama se arma con lo que vemos y con los espacios en blanco, con el discurso fuera de campo cuyos signos son la vulnerabilidad de los cuerpos y de las instituciones. Creo que es un rasgo decisivo en una corriente de cineastas (Martín Farina, Agustina Comedi, Jorge Leandro Colás, entre otr@s) que indagan sobre esos vínculos tanto en el presente como en el pasado. Y para eso hay que querer aquello que se filma. En Las ranas se percibe el amor en el incansable seguimiento de estas mujeres, no se las suelta nunca, ni siquiera en un vagón repleto de tren. Tensar el juego del acercamiento y la distancia es la cuarta regla de oro. Buscar el perfecto equilibrio, la quinta.

Si los rostros, como dicen, son el espejo del alma, basta ver los contrastes. El afuera es el mundo de los ruidos, de ese monstruo gigante que es la ciudad, del movimiento perpetuo de indiferencia. El adentro es un espacio formado por vínculos que resisten como pueden: madre/hija, mujeres/compañeras  y mujeres/hombres. Ellas, las ranas, son las que van a visitar a los novios, las que no pertenecen a la esfera oficial de la familia. No solo abren sus piernas para satisfacer una demanda sexual, sino para llevar cosas en sus vaginas. Y se la bancan. La diferencia entre el documental de Castro y tantos otros respetables es un plano detalle. Allí donde otr@s escamotean, hay un cineasta que muestra. Allí donde podría aparecer la música de la moralina, acá el aire se corta con el silencio.

Y el espacio de la cárcel es otra zona de indefinición donde las parejas se encuentran, comparten comida y esperan el turno para coger. Las músicas se confunden, los ojos dicen mucho. Y también se replica el orden patriarcal: los hombres conservan los rituales y las mujeres contienen.  La historia de amor no elude que el machismo se filtra por todos los intersticios. Y en esas acciones que se reiteran (con sus leves diferencias), al entrar y salir del penal, tal vez ese abrazo que se dan los protagonistas también tenga mucho para decir sin gritarlo.  Las ranas tiene una fotografía y una puesta en escena en consonancia con todo lo anterior y es una de las agradables sorpresas de este pandémico y lamentable año.

(La película está disponible como parte de la programación liberada por un tiempo en la plataforma del Festival Visions du Réel)

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