Mirar a través de las ventanas o cómo toda mi vida busqué al cine

Mirar a través de las ventanas se convirtió en la oscura y recurrente escena que me ha acompañado implacablemente durante mi vida. Mañanas donde aguardé a alguien, instantes en los que la felicidad administraba pequeñas dosis, o donde estanques de tristeza amansaron charcos de ausencia. También tardes nerviosas, noches de insomnio, ojos furiosos y un cuerpo absorbido por una brutal maquinaria de manipulaciones.

Mirar a través de las ventanas cómo un hombre ruega, da lástima por amor o vanidad, y repite la historia una vez más para fecundar otros descendientes lastimosos. Mirar es también escuchar las súplicas cuando se quedan mudas, asistir a las sombras de una noche en la que el mundo se quiebra para masacrar la infancia. ¿Qué queda de ello sino un profundo bosque interminable, un depósito de miedos acumulados?

Mirar a través de las ventanas ha sido la escena que regresa con increíbles tretas para reiterar un estado de violencia emocional, la amenaza que una capa envuelve mi ser para convertirme en un muñeco civilizado.

Mirar a través de las ventanas. Esperar agazapado al lunático, al tipo expectante que busca ver siempre la misma película hasta que lo consigue, aquel que transformó un don en una fijación, una anticipación en obsesión.

¿Qué hay detrás de esas ventanas? Ruidos, llantos, peleas, rostros horribles, gente odiosa, gente que clava la mirada, abusos. Entonces, agacho la cabeza y vuelvo a mi caparazón, para asomarme cuando todo se calme porque como dice Leonard Cohen en Anthem“Thereis a crack, a crack in everything /That’s how the light gets in”

Por eso, también hay ventanas y ventanas. De todas ellas, hay una en colores. Es una ventana deseada, buscada, siempre presente. Nació con el asombro y se mantuvo con la curiosidad de un chico que aguardaba a que el colectivo diera vuelta a una esquina y pasara justo por la puerta del cine Gran Mar para poder acomodarse a como diera lugar y espiar apenas unos segundos cuál era la película que habían estrenado. Las fotos pegadas en el vidrio abrían la expectativa como se abre una herida, y esa herida del cine nunca se cerró. Las imágenes anticipaban todo y uno adivinaba la película antes de verla, hecho que activaba el deseo de entrar a la sala oscura y perderse para reír, llorar, tocarse, soñar, para salir y enfrentar nuevamente la realidad.

El ritual cobraba especial relevancia los jueves, el día en que cambiaban la cartelera. Minutos antes de que el bondi me devolviera de las clases de inglés. El resto de la semana intentaba completar el sentido de lo que había visto, descubrir los detalles y buscar recortes para pegarlos en un cuaderno. Pero lo más impactante era cómo una escena se clavaba como estaca en el cerebro. Así fue como grabé a Stallone torturado en Rambo, a Luppi cagado a trompadas por Arturo Mali en No habrá más penas ni olvido, al pibe de The Wall mirando los trenes llenos de muñecos, entre otros Hablé de fijaciones. Una noche soñé que podía comprar afiches de películas y juntaba la plata para hacerlo, de manera tal que mi habitación estaba plagada de imágenes. Años más adelante, lo hice con grupos de música, pero esa es otra historia. El cine se instaló como veneno en mi vida y muchas veces me confundí. Una vez me enamoré perdida y enfermizamente de una piba rubia que era una bestia para la edad que tenía. Había una banda atrás, pero por esas cosas del destino nos encontramos en una fiesta (a la que no iba a ir; en realidad, salí del cine después de ver La hora del espanto con unos amigos y me crucé a los del colegio quienes me convencieron de que fuera con ellos). La mina hizo todo por acercarse, nos dimos unos besos y me obsesioné de tal manera que ya no distinguí si el mundo era mundo o qué. Quedamos en salir con una pareja amiga y yo iba acelerado, escuchando la canción de Survivor de Rocky IV, porque me sentía Rocky. La cagada fue que la chica me puso una excusa y al final el plan se frustró. De Rocky pasé a ser la cucaracha de La metamorfosis y estuve una semana encerrado mientras sonaban Atom Heart Mothery The Final Cut de Pink Floyd. Tendría quince años. Veinte años después no saldría de la posición fetal y lo que sonaba podía ser Ok Computer de Radiohead, Automatic For The Peoplede R.E.M o This Is Hardcore de Pulp. Eran años donde la melancolía se amasaba como plastilina.

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