Un sueño en París, de Sergio «Cucho» Costantino (2019)

Tal vez, las intenciones del documental Un sueño en París sean enunciadas por Susana Rinaldi, una de las tantas voces que se hacen oír. En uno de los tramos finales, la “tana” dice que a las palabras se las lleva el viento y que la película logrará dar cuenta del trabajo de los artistas en el exilio parisino, unidos por la pasión del tango. En pleno centro de la ciudad, Edgardo Cantón y unos cuantos socios (locos), entre los cuales estaba Julio Cortázar en calidad de padrino, sostuvieron por años un espacio de encuentro por el que pasaron diversas figuras (Horacio Salgán, Rubén Juárez, Guillermo Galvé, Osvaldo Pugliese, el Sexto Mayor, Amelita Baltar y la mismísima Susana Rinaldi). Sumados a todos ellos, debajo del escenario y envueltos en jugosas anécdotas, también estuvieron presentes Jairo, Mercedes Sosa, Uña Ramos, Atahualpa Yupanqui y el gran Pierre Richard, que aparece en fotos reiteradas veces con su estampa inolvidable.

Hay películas que parecen estar hechas para ser queridas dada la naturaleza del tema. Sergio “Cucho” Constantino despliega una serie de recursos para que esto suceda y el apego a la materia que aborda se nota, principalmente en el exceso de sentimentalismo que emana de varios pasajes de la película. Cuando encuentra el equilibrio emocional, aparecen los mejores momentos. Y en este viaje franco argentino toma una decisión arriesgada. Elige al actor Jean Pierre Noher para oficiar de Virgilio entre las dos patrias. En un ida y vuelta por París y Buenos Aires, viajamos con él, nos encontramos a charlar con gente muy copada y nos tomamos un café o una copita de licor en bares emblemáticos, es decir, nada que no podamos hallar en un documental televisivo. Y si al comienzo todo indica que se tratará de una exposición más sobre la relación de Cortázar con París, afortunadamente se abren otros caminos para que nos focalicemos en el tango y sus intérpretes. La estrategia de incluir a Noher como guía pone en evidencia lo más débil de la película (la omnipresente voz en off que recita/canta), sin embargo, es un nexo lógico y simpático que permite enlazar los relatos y las presencias en pantalla, mientras la cámara de Constantino acompaña de cerca y pareciera que canta con ellos (por allí se escucha un aplauso inclusive).

Sí hay que decir que dos de los vicios más frecuentes en esta clase de propuestas son eludidos, la nostalgia empalagosa y la exposición didáctica/enciclopédica. Y eso es porque los viejos jóvenes que hablan, despliegan vitalidad, pasión y continúan sosteniendo los mismos sueños, aquellos que compartieron lejos del país, pero unidos por el tango, la literatura y la noche. Por otro lado, hay que destacar que las mejores intervenciones son femeninas. Ellas le otorgan un plus diferencial al tema y a la perspectiva en el tiempo. Por último, no hay forma de no salir cantando de esta.

(Esta reseña fue publicada originalmente en Funcinema)

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