FESTIVAL DE CINE DE LIMA (2020) COMPETENCIA FICCIÓN. TERCERA PARTE

Mi nombre es Bagdá / Meu Nome é Bagdá (Brasil – 2020) de
Caru Alves de Souza

El mundo que propone Caru Alves De Souza en Mi nombre es Bagdá es un ideal. No una utopía necesariamente, pero sí la materialización de un deseo que es posible a partir de la continua lucha por erradicar el machismo de la sociedad, y para ello hay que armar un círculo fuerte que no tiene por qué excluir a los hombres. La protagonista es una skater de 17 años que vive en un barrio de clase media en San Pablo con su mamá y sus hermanas. Ella une dos mundos, el de su casa, con sus rituales, y el de la calle, con su grupo de amigos. Al mismo tiempo que la directora se inclina por una impronta documental en el modo en que se acerca a esos encuentros, Bagdá graffitea, filma y se divierte. “La felicidad está en el aire” dice uno de los chicos y en pos de esa libertad trabaja la película, en esos pequeños actos donde se exprime lo cotidiano.

Hay una mirada festiva aunque dispersa, donde ser diferente (en relación a los parámetros que regulan ideas como familia o género) está positivado y no martirizado necesariamente. En este sentido, De Souza se aleja de otros exponentes recurrentes en la actualidad. Y cuando se consagra a la gracia fotogénica y a la simpatía de las mujeres, se resigna cualquier pretensión de narrativa férrea. Incluso (también de modo disímil a otras historias), el tránsito por los dos mundos (la calle y el hogar), por las dos familias, no es un motivo de conflicto.

Lo anterior no supone endulzar la realidad ni mucho menos. La violencia existe. Asoma cuando una banda de cobardes agrede a la pareja dueña de una peluquería por sus elecciones sexuales, cuando la policía maltrata a los chicos y se burla de la apariencia de Bagdá (son ellos los que ventilan su verdadero nombre, con malos tratos) o cuando un chico del grupo la acosa en una fiesta. Los episodios no pasan a mayores, pero son suficientes para dar cuenta de una dinámica social que hay que revertir. Por ello, si las instituciones no responden, no queda otra que el círculo protector. En esa misma fiesta una hermana salva a la otra. Parte del deseo por un mundo mejor se plasma en números musicales y ya sabemos que el musical siempre nos salvará.

Tal vez, el último tramo abandone una forma de registro para ceder al terreno de la alegoría, con todos los peligros que ello conlleva. Un juicio grupal callejero pide a gritos una imagen del mundo futuro en el que sean las víctimas acompañadas (incluyendo hombres) quienes puedan enfrentar a los agresores. La idea es justa y seductora. Sobre el subrayado me quedan dudas.

Hecha la salvedad, Mi nombre es Bagdá logra entusiasmar y descubre fundamentalmente a un personaje que se agiganta con su gracia y naturalidad en la pantalla.

Blanco en blanco (Chile – 2019) de Théo Court

Lo primero es el paisaje patagónico en toda su inmensidad. Los sonidos de una tormenta de nieve anticipan un cierto halo de misterio y una amenaza en una desolada geografía donde el viento es el rey. El otro rey es un tal Sr. Porter, un latifundista, amo y señor, invisible, que delega el poder siniestro a sus subordinados, tan perversos como él. Estamos a principios del siglo XX, en Tierra del Fuego. La pantalla ancha permite explorar un dispositivo visual sin fallas, donde los planos aparecen rigurosamente controlados.

Hasta allí llega Pedro, un fotógrafo contratado para perpetuar el poder y la opresión. Las primeras señas particulares evidencian su profesionalismo y su conducta meticulosa. No solo hace fotos, sino que parece desvestir a quienes posan. Así se lo hace saber a la mujer que lo atiende mientras espera a la prometida de Porter para una sesión. Cuando ella llegue, el fotógrafo se convertirá en un pederasta estético porque la novia es una adolescente y él se moverá en un terreno moralmente oscilante. En ese marco nace una obsesión peligrosa que, si bien no termina de definirse, ha dejado una huella interior. Porque Pedro necesita oscuridad para revelar, pero la oscuridad la lleva adentro. En ese sentido, es uno más dentro de un universo en el que el color blanco todo lo iguala y es el color que transforma la memoria histórica en algo velado.

Un inglés que lo hospeda y anda borracho la mayor parte del tiempo es un eslabón más del estado demencial de violencia, la violencia de la conquista, de la apropiación y de la violación sistemática. “Queremos un registro de que aquí estamos haciendo historia, Patria” dice un capataz. Entonces Pedro saca fotos, privado de su libertad en ese espacio y obligado a ser parte en esa escritura impostada de los hechos. Y como el delirio no es privativo solo de quienes ejercen el poder, él también se contagia y pretende ejercerlo desde su condición de artista. Cada vez más obsesionado con la puesta en escena, perderá el sentido de la realidad en pos de un perfecto artificio independientemente de las consecuencias morales que se desprendan de la trama macabra de esos hombres.

Lentitud y distancia son dos patrones que gobiernan el tiempo de la película y el punto de vista que elige la cámara. Filmar desde lejos y con extremado cuidado parece ser una manera de eludir cualquier registro sensacionalista. Y si la Historia, tal como suele contarse, es una puesta en escena construida desde el poder, la película se impone como imperativo descongelar las fotos y abrir otras aristas en la conciencia. Para ello, la posibilidad de la reflexión antes que una voluntad catártica. Incluso, se permite también alternar las miradas (la nuestra y la de Pedro) cambiando el formato de pantalla. El riesgo: la gelidez de una propuesta donde todo está planificado en demasía y no hay un soplo de humanidad. Si el protagonista maquilla la realidad en su condición de fotógrafo, aquí hay un cineasta que también maquilla en nombre de una belleza segura, de un hedonismo casi narcisista, seductor, pero hijo del cálculo excesivo.

Sin señas particulares (México/España, 2020) de Fernanda Valadez

Las señas particulares de la película conducen desde el comienzo a un infierno dantesco. Dos chicos que se van de México a EE.UU y dos madres que no saben más de ellos. La muerte se multiplica y se materializa en diversos recipientes, fotos, bolsas en la calle, mientras la burocracia estatal, normalizada hasta el hartazgo, obstruye la búsqueda. Las madres preguntan y los funcionarios responden como si se tratara de trámites bancarios. Es más, las incitan a firmar papeles para que acepten su fallecimiento y las investigaciones se interrumpan en un sistema saturado de violencia e indiferencia.

Lo anterior es un prólogo funesto para el viaje al fin de la noche de una madre que, al igual que en las tragedias griegas, va camino a una revelación fatal. Y en ese itinerario descubre también las caras de un país/monstruo donde la marginalidad convive con las procesiones religiosas, donde subterráneamente se monta un negocio en torno a la muerte. Preguntar es siempre peligroso. Sombras de una estructura macabra, gente que aparece a escondidas aportando información o vendiéndola. Pero también hay otro viaje, uno inverso al de la madre que va a EE.UU, y es el de un joven deportado. El destino los cruzará en un mismo presente inquietante.

La película conduce a un embudo donde se hace difícil respirar. El estiramiento de algunos tramos resiente el ritmo y corre el riesgo de igualar a todos los personajes en un mismo halo de oscuridad. Miguel, el chico, dice «todos nos parecemos de espaldas» y gran parte del cine contemporáneo se encarga de enfatizar eso porque la cámara en mano hoy es la reina para perseguir a los protagonistas.

Y en esta tierra de nadie habrá oráculos (chamanes), diablos y círculos que no hacen más que dibujar el infierno que se ha venido trazando. Sin concesiones, seca, dura y muy oscura, Sin señas particulares traza su rumbo con imágenes desenfocadas y referencias ligadas al terror inclusive.

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