Cuentos de cine. La tentación de la cobra

I-

Dicen que la vida nos somete a pruebas. Por supuesto no todas son del mismo calibre ni tienen igual importancia. Pero el que las vive con intensidad y sufrimiento siempre considerará digno el relato que las materialice para la posteridad. En cuestiones de trascendencia no suelo prestar la oreja, pero esta vez cedí porque se trataba de un amigo. Le decíamos La Cobra. El apodo se lo había ganado durante una cena, ritual semanal entre hombres en el que surgían banquetes y discursos propios de conductas más ligadas a la caverna que a cualquier resto de civilización. Se sabe: basta que se junten tres tipos para que aflore el primitivismo, el instinto animal despojado de razón y a veces de sentimiento. En esa época ejercitábamos conductas que no le temían al exceso dionisíaco. Y el placer por la comida era uno de ellos. No obstante, para que persistiera alguna forma de considerable equilibrio, aunque sea por el afán de simulación, siempre había una mosca muerta que se hacía el que se cuidaba. Y esta vez, le tocaba a Néstor, cuyo futuro apodo quedaría inmortalizado a partir de esa noche.

La cosa era así. A Néstor le gustaba comer. Esto lo sabíamos todos desde que lo conocimos una mañana antes de ir a jugar al fútbol y José lo pescó robando un par de tallarines amasados, crudos, de la mesa de la cocina. Pero ratificábamos el goce y el sufrimiento (nunca hay que pensarlos separados) durante los partidos cuando detrás del arco de nuestro equipo, un puesto  expulsaba el tentador humo de la parrilla. Néstor había elegido jugar de defensor. La versión oficial era que lo hacía para pegar, dadas su rusticidad y poca ductilidad con el balón. Sin embargo, hay signos que develan en su eterna repetición una segunda lectura: mientras todos discutíamos al final de los partidos las cagadas de los demás, el tipo corría hasta el puesto y se clavaba un sándwich de vacío, con bastante picante. Este fue solo uno de los incontables episodios hasta esa noche en que decidimos llamarlo La Cobra, la noche en que, perezosos, pedimos  milanesas con papas y las bajamos en menos de quince minutos, acompañadas por litros de cerveza y por los bolazos bíblicos de Nicky. En un momento, en medio de los gritos de sobremesa, Eduardo advirtió que quedaba un pedazo de sándwich en una de las cajas grasientas que habían traído. Fiel a su costumbre de no dejar un solo resto en pie y aferrado a una maniobra de distracción condenada al fracaso, se lanzó sobre la porción. Todos sabemos que la felicidad es un estado evanescente. Para ciertas personas puede durar nada. El rostro de gracia de Eduardo fue cuestión de segundos (esto último lo contó Hernán, el otro que estaba atento a los restos del sándwich pero le costaba llegar por su posición en la mesa) porque apareció atrás el zarpazo de Néstor, quien no solo le robó la presa sino que la engulló en un abrir y cerrar de ojos ante la mirada desconcertada de Eduardo y los gritos de justicia proferidos por el resto. Desde entonces, y como quien queda esculpido en la leyenda, Néstor pasó a ser La Cobra, en honor a la manera en que atacan estas serpientes venenosas.

Pasó un tiempo y le perdimos el rastro. No era la primera vez que nuestro amigo se extraviaba en lapsos laborales, dolores estomacales o investigaciones geográficas cuyo único propósito consistía en dilucidar las costumbres gastronómicas del lugar. Pero esta vez, la ausencia fue prolongada. Todos preguntábamos por Néstor. Cuando  alguno lo llamaba decía que estaba bien, que solo se había tomado unas semanas para evaluar propuestas laborales, que no nos preocupáramos, que ya volvería los miércoles a las reuniones. Todo eso decía, pero sabíamos que en algo andaba. La confirmación de ello se presentó casualmente, como no podía ser de otro modo, una tarde en una de las funciones de Cine Arte que solíamos frecuentar para apaciguar la palidez de los domingos. A Néstor y a mí, además de la comida, nos gustaba el cine y solíamos hablar de ello a menudo. Yo le contaba acerca de mis incursiones a las viejas salas de barrio de pibe, del día que me quise colar para ver Halloween y me pegaron una patada en el culo, y él me destacaba el recuerdo de su padre con las películas de Bergman. De modo tal, que pese a la circunstancia fortuita, esa tarde, tal vez fue una predestinación, una broma divina para dar forma a este testimonio que intento transmitirles.

A los dos nos gustaba Scorsese, por eso fuimos a ver Kundun, la traslación a la pantalla de la vida del decimocuarto Dalai Lama. Como buen amante de los mártires, el director encuentra aquí una vez más la oportunidad para enfrentarse a un hombre superado por el contexto. La película arranca la acción en 1937 cuando el protagonista tiene dos años. Unos monjes ven en él a la reencarnación del Dalai Lama. En 1939 es trasladado a un monasterio en el que es educado. Pero la mayoría de edad y  la auténtica práctica del liderazgo coinciden con la invasión a China. Iniciada en 1950, el joven Dalai Lama no encuentra apoyo e inicia una resistencia pacífica que desembocará entre su exilio en la India, en 1959. Pero, más allá de la cuestión histórica, lo que más me impactaron fueron dos secuencias. Una de ellas es un sueño. La cámara asciende desde el detalle del Lama recostado hasta mostrarlo en medio de una masa de cuerpos ensangrentados; la otra es la secuencia final: el último plano es el corolario de esta condición subjetivista que propone Scorsese y lo vemos al Dalai Lama, exiliado en la India, que observa a través de un telescopio las montañas de su querido Tibet con nostalgia e impotencia. Esto le contaba en una mesa de café frente al cine a Néstor cuando noté que su mirada se perdía en el vacío (no me refiero al corte de carne vacuna precisamente). El tipo estaba perdido. Por un momento los tibetanos habían pasado a ser una raza de alienígenas enmarañados en un monólogo al que le daba forma sin percatarme de que mi interlocutor estaba ausente. Le pregunté qué le pasaba, si había tenido un problema, y me dijo, a vos puedo contártelo, pero por ahora, no digas nada. Le presté oído y Néstor soltó el siguiente relato que pongo a consideración. No pretendo ser como el amigo de Kafka que traicionó su voluntad, pero me asumo como una especie de Judas mundano y pacato a fin de que esta historia sea conocida. Los muchachos del grupo somos así, como Los inútiles de Fellini, vivimos una eterna y frustrada adolescencia pueblerina, y parecemos jactarnos de eso. Basta que existan los códigos para romperlos. A veces, las consecuencias son importantes. Esta no fue la excepción. Pero primero, el relato.

II-

A vos puedo contártelo, me repitió mientras mantenía fijos los ojos en un plato con los restos de un tostado. En realidad, lo que quedaba era el pan, ultrajado ahora con los dedos de mi amigo que no paraba de pellizcarlo. La cobra tenía un método. Si pedía algo con harina, pongamos una empanada, atacaba el relleno primero, y después destrozaba lenta y parsimoniosamente la masa. Nosotros ya habíamos perdido la capacidad de asombro, pero para el que no lo conocía era algo similar a un documental sobre termitas. Y entonces arrancó con el relato, justo en el momento en que me clavó los dos ojos verdes acuosos. Hace tiempo, me dijo, venía madurando una idea en la cabeza, viste, qué sé yo, largar un poco todo esto de la abogacía que me tiene podrido, limpiar el bocho, dejarme de joder con tanto quilombo y pensé en un retiro. ¿Te jubilás?, le pregunté como un boludo, sabiendo que a los cuarenta y cinco era imposible. No, nabo, me devolvió Néstor. Una especie de retiro espiritual. Me habían hablado de un monasterio tibetano en Mercedes, un amigo me lo recomendó, y viste cómo soy, me embalo y lo hago. Bueno, fui un fin de semana. ¿Y qué tal?, ¿funcionó?, volví a preguntar, pero Néstor pareció irritado por mi carácter mundano y curioso. ¿Qué te pensás, que esun calefactor?, me dijo. Ahí supe que no convenía interrumpir, al menos por un largo rato. La cuestión es que enterarme de eso, prosiguió, me generó mucha expectativa. Viste que uno busca, busca, y donde parece caer una ficha, la agarrás como si fuera la oportunidad de tu vida. Así que me animé y me preparé para ir. Mi amigo me explicó de qué iba la cosa, de la importancia y lo bien que le hizo estar en silencio, pensar en uno mismo, dedicarse a lo espiritual, viste, qué sé yo. Encima en este país de mierda hay una energía muy oscura y es bueno armarse un escudo de luz. Estuve a punto de preguntarle algo sobre el escudo de luz, pero me arrepentí. Mientras tanto, la cobra se despachaba las últimas migas del plato, a esta altura, víctimas fatales de sus dedos, siempre a inusitada velocidad. Bueno, te puedo decir que es una experiencia única, confesó, maravillosa, me cambió la vida. Luego, insistió en jugosos detalles, en prácticas oratorias compartidas, rituales en silencio, y algunas anécdotas más que hacían quedar muy bien a los tibetanos. Sin embargo, hay cosas que no se pueden disimular. Todo ese fervor del rostro a medida que avanzaba el relato, por momentos, se apagaba y mi amigo volvía a bajar la mirada hacia el plato vacío. Pero che, le dije, qué pasa. Hay algo que no me contás, ¿puede ser? Se mantuvo unos segundos callado. Empecé a preocuparme, no fuera que Néstor se hubiera mandado una cagada muy grande. Uno nunca sabe con qué puede salir un abogado. Una viejita muy coqueta sentada al lado hacía caritas como para venir a consolarlo. La miré, le sonreí y con eso alcanzó para que se quedara tranquila. Dale Néstor, no seas boludo, te puedo ayudar si te pasa algo, contame. Y ahí fue cómo me enteré de la verdad de la milanesa.

III.

Hay formas de sentir las cosas. Están las razones del corazón, como decía Santo Tomás. Y están las razones del estómago, como decía La Cobra. Por eso me echaron, me dijo, vos podés creer. Y sí, le dije yo, conociéndote. La cuestión es que mi acongojado amigo continuó su relato y se dignó a tapar las lagunas que había dejado. Yo solo le presté la oreja y, en todo caso, le regalé una dosis de consideración y cinefilia que poco le importó. Esa mañana cargué la mochila con unas pocas cosas, prosiguió, un par de calzones y una viandita. Yo sabía que ahí no se podía comer más que unos cultivos que te ofrecían, pero viste cómo es mi viejita. Además de meterle con un desayuno suculento, me preparó la viandita. No la quise abrir para no tentarme en el camino, pero tampoco me animé a tirarla. Cómo iba a quedar con mi conciencia. Vos sabés, me dijo y nuevamente me clavó los ojos verdes acuosos, con la comida no se juega. En realidad, yo podía adivinar su pensamiento, proyectado al momento en que sufriera el hambre en el monasterio y se tuviera que jugar entre tentarse o no. Eso era, estaba seguro, pero la Cobra no me lo iba a decir así nomás. Sin embargo, el curso del relato me lo confirmó. La noche del sábado, después de una práctica oratoria entre velas que duró tres horas mientras todos nos mirábamos, me refirió, y permanecíamos en silencio, ocurrió la desgracia. Durante el encuentro no se escuchó nada, bah, el único ruido lo hizo mi estómago. Fue ahí cuando la cagué y me desconcentré. Me acordé de por qué ustedes me pusieron el apodo de Cobra y emití una leve carcajada que levantó sospecha entre los chinos, perdón, entre los tibetanos. Pedí disculpas con un gesto y sin emitir palabra terminé como pude el ritual. Pero eso no fue lo peor. Pasaban las horas y yo no podía pegar un ojo, entonces, me la mandé, viste, y ahí la cagué del todo. Pero qué hiciste, le pregunté yo mientras espantaba otra vez a la vieja curiosa que nos espiaba con la oreja, qué cagada te mandaste Néstor, ¿mataste a algún tibetano? Pero no boludo, mirá que sos gil. Aunque hubiera preferido por unos minutos ir a la cárcel que tragarme el sapo con el papelón que pasé. Sería la madrugada. Empecé a transpirar, a dar vueltas en la modesta cama que nos asignaron. Me paraba, me acostaba, caminaba en círculos. Parecía un condenado a muerte esperando a que amanezca. Me arrodillaba, le rezaba a Dios, le pedía perdón por mis malos pensamientos, pero nada hizo que me olvidara de ella…En ese momento, Néstor se quedó pensativo como si estuviera reviviendo la situación y levantó recién la cabeza cuando una nueva inútil pregunta mía lo revivió. ¿Qué, tenías una mina y no sabíamos?, le tiré. Me respondió con su acostumbrada habilidad para elevarme al altar de la intelectualidad, no pelotudo, ojalá hubiera sido una mina. ¿Y entonces?, le mandé. Entonces, entonces…se trataba de la vianda de mi viejita, de eso se trataba, me susurró no sin cierta vergüenza para que no escucharan las viejas de la otra mesa. No entendés la gravedad del asunto, la tortura que pasé encerrado con hambre. Pese a encomendarme a los santos del cielo, me mandé para el lugar donde la había guardado, una heladerita escondida en un recoveco, vacía, porque estos tibetanos comen lo que cultivan y toman agua que extraen de un pozo. Vos te preguntarás qué mierda hace una heladerita en ese lugar. Lo mismo pensé yo, pero no dudé de que ese era el lugar para guardar la vianda, sobre todo porque espié lo que me había preparado la viejita. La cuestión es que salí de mi habitáculo, merodee en la oscuridad de los pasillos como un lobo y distinguí la heladerita. Cuando abrí la puerta ya ni pensé en mi misión en ese monasterio ni para qué había ido. Me contaba esto y los ojos se le inyectaban en sangre. Siguió. Al abrir la puerta, una luz potente me encegueció. Me hizo acordar a Travolta cuando abre el maletín en Tiempos violentos, ¿te acordás vos?, me dijo, y yo le chanté mi dosis cinéfila, sí, claro, cómo olvidar ese maletín inspirado en Robert Aldrich… Esperá…Esperá. Puta. Cómo se llamaba esa película. Pasaron unos segundos en los que la mirada de la Cobra se clavó en mí. Había dos opciones: o me pegaba un trompazo o aceptaba con su silencio la información. Por fortuna para mí, eligió la segunda opción y continuó con el relato. Y entonces la vi, en el centro, como lo había dejado, en medio de ese haz lumínico que chorreaba en medio de las penumbras. Allí estaba esperándome. A esa hora y en ese estado ya no importaban siglos de creencias, filosofía, ciencia o lo que fuera. La sensibilidad se me fue para el estómago y ese sándwich de milanesa estaba esperándome. Lo ataqué y empecé a devorarlo hasta que ocurrió lo peor. ¿Qué más pasó?, le dije un tanto sorprendido por la situación. Me contó el hecho que aún hoy lo avergüenza y que lo hizo apartarse un tiempo de los afectos. Mientras tragaba bestialmente los pedazos del sándwich, atorado, escuché unos pasos. Cerré la puerta de la heladerita para que no me vieran, pero ya era tarde. Un monje se acercó, me miró unos segundos paralizado y yo le clavé la vista con la jeta inflada por la milanesa que no terminaba de tragar. Continuamos unos minutos así hasta que sucedió lo inesperado. Bajó los ojos hasta el sándwich que yo mantenía sujeto entre las manos y ahí entendí que al igual que los animales que cuidan el alimento, el resto de la milanesa debía ser defendido. El pobre tibetano, escuálido, se abalanzó sobre mi cuerpo, pero una maniobra rápida y efectiva de mi parte logró que lo que quedaba de la comida terminara en su destino final. La cara del pobre tipo lo decía todo, pero la rabia que sintió le hizo olvidar los milenios de sabiduría oriental. Me tiró dos piñas que logré esquivar entre las penumbras (empezaba a amanecer), le acerté una en los riñones, nos revolcamos un par de vueltas y seguramente el ruido despertó a los otros. Ambos confesamos nuestros crímenes. Yo, por haberme dejado tentar por las fuerzas malignas del estómago; él, por haber transgredido una ley sagrada del convento: querer salirse de la dieta arrebatándome un pedazo de milanesa. Me echaron a la mañana siguiente. Fue un checkout apresurado. Todavía siento vergüenza al contarlo, pero sos el único que lo sabe. Por favor, ni se te ocurra decirles a los del grupo. Le prometí que no lo haría sin darme cuenta de que nuestra naturaleza se alimenta de la perfidia. Me despedí de la Cobra y me fui. Se quedó solo, pensativo y le hizo un gesto al mozo. Tal vez para pagar o para tomarse otro café con leche y unos panes con manteca. No lo sé. Lo que sí sé es que de regreso a casa me acordé de la película. Bésame mortalmente se llamaba y pensé qué viandita me armaría para el laburo del día siguiente.

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