BAFICI. LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ (SEGUNDA PARTE)

Se viene una nueva edición del Bafici y estaremos cubriendo lo que ocurrirá allí. Mientras tanto, es una buena oportunidad para recordar las mejores películas que vi el año pasado en este festival. Va la segunda parte.

Braguino de ClémentCogitore/

Hay una frase que se suele utilizar por estos lares: basta que se junten dos o tres personas para que haya quilombo. Bueno, si uno se va hasta la taiga siberiana parece que ocurre lo mismo. Este extraño documental de corta duración se ocupa de registrar la vida cotidiana de dos familias enemistadas, los Braguines y los Kilines, aisladas y autosuficientes a 450 millas del pueblo más cercano. Una rareza absoluta, una especie de Romeo y Julieta pero sin romance posible. No hay acercamiento alguno entre ellos y cuando acceden a zonas en común, la cámara percibe la tensión en las miradas y los gestos que sostienen, sobre todo los niños (muy parecidos a los de El pueblo de los malditos de John Carpenter) que forman una comunidad aparte en medio de un espacio natural gigante.

Todo comienza con un registro onírico y una voz en off que se apoya en palabras para dar cuenta de un recuerdo. Luego, un helicóptero baja y se mete en ese espacio alejado del mundo. Los Braguines fundamentan la elección de ese lugar y manifiestan enseguida la presencia del “enemigo”. Cogitore alterna los relatos con fundidos en negro y otros recursos que buscan una lógica poética. Sin embargo, se atreve también a mostrar con crudeza los métodos de subsistencia, ya sea cuando matan a un oso o despluman aves para comer. Es interesante esta voluntad de rehuir a lo políticamente correcto en tiempos de tanta sensibilidad reinante con ciertos temas. Finalmente, la identidad de cada comunidad siempre se construye a partir de la identidad del otro, aún en su negación.

Les fauxtatouages, de Pascal Plante

Que el amor tiene fecha de vencimiento es algo que el cine ha mostrado toda su historia. Lo que cambian son los enamorados pasajeros. Y por supuesto, el tono que cada director le imprime a su historia. En Les fauxtatouages, Pascal Plante elige una pareja de jóvenes, Theo y Mag. El encuentro es casual, luego de un recital, y el acercamiento aún más, ya que surge de la curiosidad de la chica por unos tatuajes falsos, tal como reza el título de la película. Previamente, una escena que resultará capital para comprender los aspectos sombríos de la cuestión.

Lo mejor es la manera naturalmente punk que manifiestan los personajes a través de sus diálogos, riéndose de los que se sacan selfies en los monumentos turísticos o tirando misiles a ciertas costumbres avejentadas, analizando bandas musicales y testeándose en cuanto a gustos compartidos. Son sinceros, no caretean, incluso se permiten burlar de los propios nombres. Es la parte luminosa de una cadena de hechos que paulatinamente develará un trauma en la vida de Theo, un oscuro secreto que será apaciguado aunque sea por un par de semanas con la luminosidad y la gracia de Mag. No solo de ella. sino de su desprejuiciada familia, incapaz de poner reparo alguno a que la chica se encierre con el novio en su dormitorio y pase la noche. Sin embargo, tanto el primer polvo, que dura lo que una canción, como la relación misma, sujeta en su brevedad a las circunstancias que arrastran al muchacho a mudarse a lo de su hermana, sacan a relucir el carácter efímero del amor, atado a la inmediatez y a su inexorable fin. En los tiempos que corren, después de la revolcada, no se prende un faso sino una notebook, y estos pequeños detalles son los que sintonizan creíblemente con la naturaleza de los personajes. Todo esto, mostrado sin escándalo y sin prejuicio, hecho que hubiera arruinado la película, ciertamente.

No obstante, el punto de vista elegido es el de Theo. Su mundo está rodeado por mujeres. Una madre con la que no conecta y una hermana cariñosa pero intrusiva. La respuesta del joven es un rostro inexpresivo, expectante, opuesto al ruido que despiertan sus remeras con bandas punk. Hay un saber femenino que no logra comprender y frente al cual permanece impávido. En realidad es parte del miedo que lo acecha a raíz de un episodio que determinará el sentido de la historia.

Si uno tuviera que criticar ciertos aspectos de la película, podría centrarse en esos tramos que la inscriben dentro de una larga tradición de poses indies de imágenes ralentizadas y musicalizadas con espíritu inglés y cielo nublado. Ese coqueteo con la depresión urbana, tan mentado por estos lares, a veces entra en un callejón sin salida y se conecta con planos más deudores del video clip. Sin embargo, también es justo destacar que Pascal Plante logra correrse cuando ese gesto se transforma en un vicio y es allí donde la impronta personal vuelve a tomar la posta. La tragedia personal de Theo es presentada de forma diseminada, despojada de dramatismo, pero con la marca suficiente para que todo desemboque en una decisión cuyo destino estaba prefijado. Por ello, el tiempo de la película es el “mientras tanto”, un jugueteo intenso, audaz, pero inevitablemente pasajero. Y en función de ello, la cámara observa sin ser intrusiva ni elevar la figura del realizador al cielo del “aquí estoy presente” porque lo que importan son los personajes y los espacios por donde se mueven y a los que sienten como propios. En ese lapso de tiempo, Theo se enfrenta a su mayor obstáculo: creer que no tiene derecho a ser feliz. Y el tono de la película se ajusta a esa creencia.

VillageRockstars, de Kamrupi Assam

Los sueños, sueños son, sin embargo, en la adversidad se hacen gigantes, sobre todo en una remota región del noreste de India donde una niña de diez años quiere tener una guitarra para formar una banda luego de quedar fascinada al ver a unos chicos tocando instrumentos de pluma de poliestireno. El primer plano ya manifiesta la voluntad por recortar su silueta y por focalizar la atención de su presencia en medio del paisaje. Posteriormente, en forma progresiva, conoceremos las dificultades del entorno familiar y comunitario. En este sentido, la película avanza sin evidenciar una planificación exhaustiva, sino más bien a partir de descripciones que nunca contienen ni la música ni los rasgos estilísticos de la pornomiseria. Hay un saludable despojamiento dramático en el tono y en el registro que imprime Rima Das y se fundamenta en el hecho de que no hace falta exacerbar nada cuando los problemas están a la vista. Además, los personajes nunca son manipulados. Por el contrario, conviven frente a la cámara sin que ningún tipo de oratoria interfiera en sus acciones: caminan y resisten las inclemencias de la naturaleza, juegan con lo que tienen, tocan instrumentos inventados y forman una pequeña comunidad. No es para que nos pongamos contentos, pero tampoco se nos ofrece un tratado de sociología que se imponga sobre las imágenes, lo cual se constituye en un acierto de la directora.

El seguimiento se da a través de una continuidad de planos fijos que arman el mundo de estos chicos en la realidad que les toca, con una iluminación natural que recuerda por momentos a las películas de Apichatpong Weerasethakul. El conflicto, apenas perceptible, es la posibilidad de obtener una guitarra, un objeto que adquiere tanta importancia como la bicicleta en De Sica. Al igual que en las películas neorrealistas, son las pequeñas cosas las que surgen como indispensables y están arraigadas al presente de los personajes. El sueño de Dhunu, la niña protagonista, es ese. Sin embargo, a diferencia del sentimentalismo imperante en esa etapa del cine italiano, acá las emociones están escondidas y la cámara, con buen tino, jamás sobrepasa la importancia de lo que está mostrando ni transforma la historia en un ascenso al mundo del espectáculo acorde a las convenciones de la industria y de ciertas formas exhibicionistas de vedetismo imperante. Este rasgo, si se quiere, de autenticidad, va acompañado por un acercamiento que tensiona permanentemente el documental con la ficción.

Por otro lado, la elección del punto de vista es un factor más de respeto hacia los chicos. En una escena en la que se trasladan en un bote, la cámara está puesta con ellos, nunca por encima (me hizo acordar a una entrañable película argentina de 2011, Yatasto, dirigida por Hermes Paralluelo, donde se sigue la rutina de tres niños carreros y la cámara se coloca desde la mirada de estos en la carreta). Estos signos, a primera vista desapercibidos, dan cuenta de una mirada solidaria y de una ética de posicionamiento con respecto a quiénes se retrata y de qué modo.

Pero hay una batalla importante que también debe sostener Dhunu y que es la discriminación, la segregación social por juntarse con los varones. En un tramo de la película, varias vecinas le reprochan su conducta y es ahí donde la madre, que hasta ese momento aparecía como una leona durmiente, saca a relucir el coraje suficiente para dejar que su hija sea ella misma. No es el único indicio que hace prevalecer una defensa festiva en torno a la mujer. La niña siempre está más predispuesta a tomar la iniciativa frente a su perezoso hermano y sus amigos. No obstante, cuando tiene su primer período y ante la voluntad separatista de una comunidad arraigada a creencias patriarcales, una vez más la cámara se detiene en lo verdaderamente importante: su rostro desafiante. Este paso de la infancia a la adolescencia/adultez está contenido en un gesto. La energía que irradia VillageRockstars pasa por estos carriles y parece suficiente como para que, al igual que su protagonista, crezca con el tiempo.

La lúcida locura de Marco Ferreri de Anselma Dell Olio

Marco Ferreri  es uno de los más grandes directores italianos de la historia, alguien que irrumpió en el sistema para contrarrestar a una generación de maestros con una visión tan personal como explosiva. El primer mérito del documental de Anselma Dell Olio es internarse de lleno en el mundo de las imágenes del cineasta, de manera tal que nada interfiera a priori más allá de lo que vemos.  Además de una muy buena selección de escenas, hay valiosos aportes de personalidades de la talla de Isabelle Huppert, Hanna Schygulla, Serge Toubiana, y la inclusión de extractos de entrevistas que terminaron en escándalo (durante la presentación de La gran comilona) como de otras perlas cuyo contenido son frases geniales. Tres o cuatro ideas son claves para destacar la importancia de este gigante gordo con ojos azules y una barba inspirada en el Che. Primero, que forma parte de un panteón junto a Pasolini, Buñuel, Fassbinder, todos ellos ángeles de la destrucción capaces de plantear al mismo tiempo la resurrección de las estructuras. Luego, en un reportaje, un Ferreri cansado de las gansadas que le preguntan se queja de que nadie habla de su cine sino de lo que él dice. Mientras se analizan las películas de otros realizadores de su generación, sobre él siempre surgen comentarios de sociología, política, etcétera. Lúcido, desfachatado e intenso, se nos fue temprano, pero los que viven con pasión, se despiden así, como los grandes. Ver La lúcida locura de Marco Ferreri, en medio de tanto discurso cinematográfico monocorde, supone un retorno a la vitalidad del cine que  se  lleva en las venas contra la permanente caretaeada de las poses que se hacen llamar independientes.

elcursodelcine

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