Pájaros de verano (Colombia / Francia / México / Dinamarca / Alemania / Suiza – 2018) Dirección: Ciro Guerra, Cristina Gallego

En el año 2004 Ciro Guerra daba a conocer su primer largometraje, La sombra del caminante, una película imperfecta pero potente, desbocada y hecha con bronca, la misma bronca que transmiten sus dos protagonistas. Sus vidas son tan oscuras como esa Bogotá fotografiada en blanco y negro. Al comienzo, vemos a uno de ellos construyendo una silla con madera de ataúd. A los pocos minutos sabremos que emplea esa silla para trabajar como una especie de taxi humano. Un detalle no siempre es una sutileza. En este caso es un signo demoledor acerca de una realidad trazada sin concesiones. Y era también entonces el modo en que Guerra se oponía a cierta tendencia del cine latinoamericano propenso a ser mirado con los ojos del primer mundo, actitud crítica heredada acaso de su compatriota Luis Ospina, el gran realizador recientemente fallecido que se opuso siempre a la miseria exportada como mercancía en los festivales de cine. Guerra hizo tres largos más que obtuvieron premios en distintas partes del mundo. Tanto Los viajes del viento (2009) como El abrazo de la serpiente (2015) se sostienen a partir de una riqueza estética insoslayable y parecen añadir inquietudes antropológicas. Sin embargo, los hallazgos visuales y la energía de La sombra del caminante mutaron en un camino más firme e importante. La supuesta consolidación del director es proporcional a cuánto más tranquila quede la conciencia de un público capaz de reconocer una problemática regional bajo el tamiz de moldes más “artísticos”. Donde había riesgo, ahora impera la seguridad.

Pájaros de verano (2019, codirigida con Cristina Gallego) es una película importante que, a diferencia de las dos últimas, añade a la construcción paisajística un relato inscripto en los códigos genéricos de los gángsters. La vuelta de rosca está en involucrar a las culturas ancestrales como parte del germen del negocio del narcotráfico, caballito de batalla para explotar históricamente un asunto tan caro a Colombia. Es decir, hay un modo de relato reconocible para los espectadores cuyas señales se identifican inmediatamente: ascenso y caída, clanes, negocios, muerte. La muerte es un tema que atraviesa a las historias del director. Aquí, desde el inicio, una mujer aclara que la muerte va y viene. Sin embargo, su presencia se manifiesta de diversas formas para las culturas que entran en juego. En un caso, es la continuación de la vida más allá de este mundo; en otro, el resultado trágico debido al afán por el dinero. La importancia de la película se sostiene en la solemnidad de la cita. Los fantasmas de Shakespeare y de Dante articulan una orientación de lectura que invita a asociar la trama (la ambición humana) y la estructura (dividida en cantos) con libros de prestigio. El resultado es estimulante por momentos y reiterativo por otros, con una primera mitad fluida que comienza a apagarse a medida que el subrayado sobre un espacio decorativo sobrepasa las posibilidades narrativas.

El punto de partida lo constituyen hechos que ocurrieron en La Guajira, locación ubicada al extremo norte de Colombia, entre 1960 y 1980. Corroborar si eso sucedió efectivamente o no, poco importa. Pero no deja de ser curioso el sustrato elegido como base narrativa. Principalmente porque los realizadores deciden cruzar dos modos de pensamientos a partir de la unión entre dos jóvenes, excusa para ligar el matrimonio y el narcotráfico. En efecto, la posibilidad de complacer a unos gringos hippies que demandan marihuana es el primer eslabón para marcar la degradación de una comunidad cuyos clanes terminarán matándose entre sí. En este derrotero de caída libre por diversos círculos del infierno dantesco, hay reminiscencias al Coppola de El padrino, al Herzog de los espacios neblinosos y al Kusturica de Tiempo de gitanos. También, en el peor de los casos, se cuela un tufillo a Ciudad de Dios de Meirelles y Lund, prototipo para quienes gustan de la miseria en envase genérico. Todo esto parece confluir en esta película donde la violencia del capitalismo no solo está representada en una ridícula estampita que reza “No al comunismo”, sino en la fatalidad que irrumpe cuando el dinero gobierna el destino de las personas y el poder se filtra de modos casi imperceptibles y hasta por azar. Como consecuencia, la destrucción es un destino inevitable que alcanza aún a comunidades cuyos ancestros parecen ajenos hasta que el dinero aparece para contaminar. Entonces, cuando la violencia antecede a la palabra, ya no hay retorno, ni siquiera para los alijunas y los wayyu. Esta terrible verdad (el punto más fuerte) es plasmada con una estética tranquilizante de colores y texturas ajustadas a las circunstancias, de paisajes abiertos mostrados en pantalla ancha y con un cuidado que provoca la inmediata fascinación, un horizonte difundido e institucionalizado. La cuestión estética y el para qué, mientras tanto, seguirán discutiéndose en el cine latinoamericano y su proyección en el mundo.

Por Guillermo Colantonio

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