PREMIOS OSCAR 2020. NOMINADAS A MEJOR PELÍCULA (SEGUNDA PARTE)

Parásitos, de Bong Joon-ho

En Argentina nos han hecho creer que está bien dormir en los cajeros; en Parasite un personaje agradece vivir confinado en un sótano. Aún con ciertos subrayados, el diagnóstico demoledor sobre el mundo capitalista de Bong Joon-Ho posee una fuerza visual arrolladora. Su cine mantiene vigente la idea de que se pueden establecer conceptos sin resignar el tren de la narración ni el pulso popular.

Y la lógica inicial para llevar a cabo tal proyecto es la del contraste espacial agresivo. El comienzo de la película bien podría verse como el espejo reverso de La ventana indiscreta, ese tratado cinematográfico sobre la mirada que Hitchcock nos legó en 1954. Una ventana, unas medias colgando y una familia que en condiciones de hacinamiento ve pasar la vida desde un subsuelo. Mientras el orden de los objetos se corresponde con una pila indiferenciada y caótica de ropa, utensillos y cajas desparramadas, lo más importante es obtener señal de WIFI y sacar provecho de todo lo que pueda obtenerse gratis. En determinado momento, y por sugerencia de alguien, el joven de la familia consigue hacerse pasar por profesor de inglés en una millonaria mansión. Y aquí se introduce ese otro espacio, el de la riqueza exacerbada y el de la obscenidad económica. Este punto de partida binario sostenido desde la oposición espacial (sótano/casa) y humana (clan de los pobres/individualismo de los ricos) deviene en una zona de confluencia que habilita los matices con los que trabajará Bong. La idea de irrupción, de intrusión, cuando la familia empieza a travestirse laboralmente para ocupar el lugar de los otros, le sirve al director coreano para explorar las apariencias, desenmascararlas y concluir en la mismísima condición humana, en las miserias existenciales para pelar la cáscara de un mundo sin rumbo. Sobre todo, cuando se descubre que siempre hay alguien que está peor. Un punto de quiebre en medio de la trama (un descubrimiento) pondrá en jaque toda la situación y replanteará el juego de roles. La disputa por el espacio será una clave reforzada y la preservación de la cofradía familiar, un objetivo de tintes bélicos.

Mujercitas, de Greta Gerwig

A priori, por la naturaleza de estos proyectos, uno podría esperar una especie de Mujer (Citas), es decir, esa clase de películas donde cada plano parece una viñeta ilustrada de la novela original. Y si bien hay algo de ello y algunas pinceladas propias del llamado cine de calidad, las desviaciones son más interesantes que las zonas lindantes a la ideología de una fiel adaptación. Frente a los miedos de un feminismo de trazo grueso y berreta o de un puritanismo reflejado como signo epocal, la virtud de Mujercitas es jugarse por la solidez narrativa y por una historia sobre la fraternidad, la lucha por ese cuarto propio del que hablaba Virginia Woolf y la escritura como un trabajo. Acá los hombres no son necesariamente idiotas y las mujeres, sobre todo la protagonista escritora, consagran la vida a una pasión, aún con las concesiones que deban hacerse para poder concretar los sueños. Sin anacronismos banales, uno de los méritos principales consiste en eludir el clásico Biopic sobre Alcott para impregnar en pantalla la atmósfera de una obra literaria que, en su condición de clásico, continúa atrapando a las nuevas generaciones.

Contra lo imposible, de James Mangold

En algún momento, el personaje que encarna (el cada vez más insoportable) Christian Bale dice «que no son los autos sino cómo se conducen». Contra lo imposible es la clásica película deportiva que depende de quién la dirija. Más allá del fanatismo o la indiferencia (como en mi caso) por las tuercas, lo más disfrutable pasa por aquellos segmentos donde la furia y la velocidad proporcionan el vértigo suficiente como para gozar de verdaderas dosis de cine, sobre todo aquel que proliferó durante los años setenta, tanto en la órbita de lo industrial como en aquellos terrenos de los circuitos más subterráneos.
Carroll Shelby y su conductor británico Ken Miles construyen un nuevo automóvil con el fin de voltear el dominio de Ferrari en el Campeonato del Mundo de Le Mans de 1966. Por supuesto, como buena mirada norteamericana, los italianos son estereotipos burdos y grotescos. En cambio, pese a una primera lectura donde la corporación Ford aparece bajo la lente de una crítica a sus modos de producción, el desarrollo termina de confirmar la (in)sana costumbre de enaltecer los valores más retrógrados de una sociedad donde el individualismo y la competencia se imponen sobre cualquier cosa. Conclusión: tomarla por el lado del divertimento de sus escenas de acción. En eso, se las banca bien.

Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach

Sería injusto valorar la película de Baumbach en función de la tradición. Uno podría tirarle encima varios títulos de Bergman, Cassavetes, Allen, Varda, y otros directores o directoras que han abordado las cuestiones de parejas y sus conflictos en pantalla. Por otra parte, podríamos pensar qué aporta de nuevo esta historia sobre un director de teatro y su mujer actriz que luchan por superar un divorcio que les lleva al extremo tanto en lo personal como en lo creativo. En todo caso, suma la pareja protagónica de Scarlett Johansson y Adam Driver y restan bastante los esquemáticos personajes secundarios, al borde de lo insoportable. Tal vez, el principal mérito (a pesar de la falta de originalidad) es el tratamiento intimista, personal, que el realizador le imprime a ese río dialéctico y corporal que sostienen estos dos personajes, bichos contradictorios de una ciudad/jungla, cuyos conflictos trasladarán a ese espacio familiar. Nada del otro mundo, más allá de la naturalidad de ciertos planos.

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