Náufrago en la luna (Castaway on the Moon, Lee Hey-Jun, 2009)

Carteles donde el dinero garantiza la felicidad, mejor dicho, los préstamos a tasas usureras. Luces de neón, paraísos artificiales, el triunfo de los mercados tecnológicos, el poder de los gurúes del capital, el abuso de la naturaleza, el pisoteo a la humanidad, a la dignidad. No se trata de las causas de la pandemia que está azotando al mundo, sino de una película coreana de 2009 llamada Náufrago en la luna (Castaway on the Moon, Lee Hey-Jun). Su protagonista, un yuppie sufrido y agobiado por las deudas, decide suicidarse. Le sale mal y queda varado frente a la civilización babilónica de finanzas, ruidos y acciones robóticas, en una especie de isla, paraje natural desde el cual tendrá que aprender a detenerse y mirar el mundo. Este correrse de la civilización, a diferencia de Wakefield, el legendario cuento de Nathaniel Hawthorne, no es voluntario. Sin embargo, sabemos que detrás de cada accidente hay un destino que nos estaba esperando con los brazos abiertos. De modo tal que esta versión de náufrago posmoderno, absurdo e inmóvil, ya no cuenta con el celular, el traje es un disfraz inútil y deberá reencontrarse con la naturaleza. Lo que parece una regresión termina por desnudar su identidad, una vuelta a los orígenes para descubrir que hay otra realidad más allá del capitalismo. Desde el primer contacto con las flores de salvia hasta utilizar el excremento de las aves con fines utilitarios, nuestro (anti)héroe empezará a adorar ese tiempo valioso alejado de las urgencias y de los imperativos sociales. Claro está, superada la etapa de contacto con la tierra, aparecen los otros afectos. Primero, una mascota inanimada, un pato de esos que sirven para navegar, y que será su residencia.

Los desplazamientos del personaje y los gestos están acompañados por la música, un elemento atmosférico indispensable para sostener las dosis de humor en la película. Y después del pato, retornará la humanidad a través de una joven que padece otra clase de encierro, lo que en Japón se conoce como hikikomori, un aislamiento social agudo donde las personas se encierran por propia voluntad. En medio de la civilización, dos personajes terminan al margen de aquello que concebimos como realidad, como normalidad. Se puede ser un náufrago en una isla como en la propia casa. La vida de la joven está mediatizada por pequeños rituales donde el exterior apenas asoma, solo para consumir lo indispensable, hasta que la puerta se cierra hacia un ámbito sellado a las luces. A esta altura la evidencia es palpable: hay mundos seductores y adictivos, pero en definitiva nos dejan más solos que antes. Solo resta el suicidio o renacer creativamente. Como a Lee Hey-jun no le interesan la sordidez por la sordidez misma o el regodeo en la distopía, abre una puerta, tal vez torpemente, pero más digna que la criptomoneda que parece dominar a gran parte del cine contemporáneo. Redimir a las criaturas, sin garantizar la tierra prometida, no es un gesto para desdeñar en el presente. Como tampoco lo es volver a escribir mensajes en la arena o mandarlos en una botella para que otro los reciba mientras imaginamos su cuerpo, su rostro, su existencia. Es decir, recuperar lo humano habiendo estado en el subsuelo. De este modo, el contacto progresivo entre los dos personajes, mientras el mundo se ocupa de simulacros ante posibles catástrofes, deriva en llanto, en emoción, en el resurgimiento de la sensibilidad (sí, de esa en la que la baba cae cuando se llora a mares), en una buena comida casera y en la valoración del ocio como tiempo sagrado. ¿Es un recurso sensiblero? Bueno, la gente llora cuando se reconoce en pequeños grandes actos, aún separados por un río de distancia.

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