FESTIVAL DE CINE DE LIMA (2020) COMPETENCIA FICCIÓN. SEGUNDA PARTE

Las mil y una (Argentina / Alemania – 2020), de Clarisa Navas

¿Cómo pensar la sexualidad y el deseo en un complejo habitacional en un barrio popular de Corrientes? Afortunadamente hay una directora con un poder de observación que intenta responder a ello y escapa a los formulismos de las típicas historias de amor adolescente o angustias urbanas. Las mil y una (tal el nombre de los Monoblocks) es un espacio laberíntico por el que transitan jóvenes por sus pasillos, por sus recovecos. Entre ellos Iris, una chica amante del básquet, que vive con sus dos hermanos y su madre. Hay un padre, pero solo se escucha. No se lo ve. El interior de la casa bien podría ser extraído de algún texto de Manuel Puig. Los tres hermanos son unidos, se protegen frecuentemente en abrazos de contención, una barrera que arman para cuidarse y para compartir sus aventuras y sus búsquedas sexuales. Alejandro y Darío, de personalidades diferentes, transitan sus experiencias homoeróticas en el barrio. Iris está en eso, en la etapa de descubrirlas, sobre todo cuando aparece Renata, una chica que se mueve como pez en el agua y con la que iniciará un vínculo.

Casi con un registro netamente documental y con varios planos secuencia, Navas da forma a una estructura coral donde lo importante no es un conflicto central sino las historias que atraviesan a los personajes, los rituales, los encuentros y el sabor del sexo clandestino que, cuando no es festivo, se ve envuelto en la violencia inevitable (ya sea por parte de la policía como de los vecinos). La cámara sigue a Iris y Renata en sus caminatas, escucha sus conversaciones y se detiene fundamentalmente en los gestos. Hay que decir que la actuación de Sofía Cabrera (jugadora en la vida real) es extraordinaria, un verdadero hallazgo. La manera en que sus manos hablan, la forma en que su rostro dice, le otorga a cada intervención un rasgo diferencial, una fotogenia absoluta.

Y en esa captación de un ámbito desde el mismo riñón, la mirada se nota involucrada y lejos de observar con la curiosidad de quienes no parecen entender qué significa vivir en esos espacios. Al mismo tiempo, cada segmento del todo cobra autonomía. Allí están los bailes de Darío, las intervenciones de la madre, los encuentros entre amigas travestis, los cuadernos de Rodrigo, las fiestas sexuales en medio de la noche (sea en la Traumática o en los rincones cuyo telón de fondo es una pared que reza “Jesús te salva”) o el modo en que Iris y Renata se (re)encuentran en un colectivo y que fluye como si de una canción se tratara. Iris “el ángel del barrio” y Renata “la chica de la que todos dicen tiene HIV” serán el pilar en este mundo de vuelos nocturnos, de tensiones sexuales, pero también sociales, donde se juega al básquet en una canchita al mismo tiempo que se escuchan tiros por ahí. Lejos de mostrar esto con el tremendismo televisivo, Navas se concentra en las chicas, en cómo Iris encuentra en Renata un misterio y una especie de Virgilio para que la guíe por el Infierno y el Purgatorio. El Paraíso no se encuentra en los Monoblocks. Y también en cómo Renata busca ese rincón para tener sexo con Iris.

Mientras esto sucede, la calle alberga ruidos, colores, la inquietud de la noche, la incertidumbre de las miradas y la desprotección. Frente a ello la mejor alternativa para una cineasta comprometida es ofrecer refugio con imágenes justas y necesarias para abrir nuevas puertas en la representación de la pobreza y de la sexualidad.

La restauración (Perú – 2020), de Alonso Llosa

La carta de presentación de La restauración de Alonso Llosa es la sorna. Una voz en off nos habla de las supuestas bondades económicas de Perú en un momento cuando se desató el furor de la construcción y de las inversiones. Había dinero dulce y aparecieron los “nuevos ricos”, habitantes de esos edificios levantados en Lima en lugar de los viejos caserones coloniales. Quien nos habla es Tato Basile, “un nuevo pobre”, una especie de mamone que pasa su tiempo consumiendo cocaína en su cuarto, arquitecto no recibido, que vive de la herencia de la familia. Con él habitan su madre, postrada en la cama y reviviendo una época que ya no es tal, en un cuarto que recrea el paraíso perdido, Eladio y Gloria, dos seres entrañables que se encargan de las labores domésticas.

El tono sarcástico de su discurso es acompañado con toques de una música ligada a la telenovela, pero no entendida desde un lugar popular, sino a partir de la mirada elitista de este cuarentón, divorciado, incorregible y perdedor. Son formas de introducir un terreno, el de la comedia, con toda la legitimidad necesaria para que viajemos en una historia contada con perfecto timing, con una paleta de colores saturados, adecuada a los excesos y a la velocidad de un relato consagrado a la voracidad predominante en una nueva geografía donde el dinero reemplaza a aquellos lugares desde los cuales se podía ver el mar.

Entonces aparecerá Raymond, un viejo conocido de Tato y un nuevo rico, quien le inyectará la idea de demoler la vieja casa para construir un complejo. La propuesta vampírica alimenta el deseo de Tato por hacer guita fácil y a partir de allí asistimos a una comedia negra en la que la simpática larva protagonista armará una puesta en escena para llevar a cabo el plan.

Es interesante el modo en que el director conjuga el humor con una lectura que evidencia dos momentos históricos en conflicto, una era republicana prácticamente extinta y otra que asoma en su ferocidad neoliberal. Lo curioso es que en ambas los intereses son dudosos porque las opciones son la tradición de un cierto conservadurismo o un capitalismo feroz. Por supuesto, el gran ausente en la película es el pueblo, a menos que exista para servir. Y si hay algún atisbo de discurso progresista solo se escucha dentro de un marco irónico, como por ejemplo cuando Tato abraza a su dealer (otro personaje entrañable) en el auto.

La restauración es una película sobre engaños y actuaciones. La mejor ficción que propone es la del dormitorio improvisado en medio del desierto cuando Tato debe vender la casa sí o sí sin que su madre se dé cuenta, con el cinismo llevado al paroxismo. Porque de eso se trata, de un personaje que nos habla sin ser políticamente correcto. Es acertada la apuesta al registro de la comedia para defenderla en su propio campo de acción (con gags muy efectivos y diálogos imperdibles) y también la apuesta a una modalidad menospreciada en términos generales en las consideraciones de las competencias oficiales de los festivales de cine. Más allá del humor, se habilitan otras miradas sin que ello se centre solo en el patetismo de clase o la explotación de la miseria con fines estéticos. También se puede leer políticamente y hasta arquitectónicamente si prescindimos de algunos subrayados.

Los personajes secundarios están maravillosos y parecen sacados del Quijote, sobre todo porque parecen subyugados por la locura narcisista de Tato, un tipo despreciable pero que atrae como un imán. Y hay espacio para todo en la película, hasta para recrear La última cena en clave falopa, u homenajear al western, otro género que tanto nos ha dado. Y cuando las circunstancias parecen conducir a una moralina inaceptable, la voz en off recupera el cinismo. Los colores ahora son más bien fríos. Tato es como el gángster Henry Hill de Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese, está condenado al ostracismo de la normalidad. No obstante, queda un acto redimible, una carrera que ya no es contra el apremio de lo material, sino contra la muerte. Y en esa última puesta en escena aparece la restauración más importante y dos o tres ideas geniales. Una conviene no revelarla; la otra se suma como una ironía más: los directores de cine son un desastre en sus vidas, pero verdaderos artistas.

Manco Capac (Perú – 2020), de Henry Vallejo Torres

En el comienzo de Manco Capac de Henry Vallejo Torres, la realidad se trasluce a través del vidrio de la ventana de un micro. Es un reflejo que se desprende de un medio de transporte que lleva a la gente como ganado, es decir, un signo más de la degradación humana en nuestra Latinoamérica asolada por continuos gobiernos pendulares que perpetúan la miseria. Así, con pequeños trazos, la película nos hablará de la hostilidad como signo comunicacional, una hostilidad que ya no se atribuye solo a un odio de clase, sino a la indiferencia de pobres ante pobres, trabajadores mal pagos contra otros trabajadores, y ni hablar de los indígenas que buscan alguna posibilidad laboral en la ciudad. Esto no es ni más ni menos que la naturalización del desprecio.

Elisban llega a la ciudad de Puno en busca de un amigo con quien debería trabajar. No lo encuentra y entonces comienza un viaje por ese espacio que transitará como un extranjero en su propia tierra, sin dinero y con lo que lleva puesto. Es demasiado educado, noble y bueno para un mundo que lo empuja y ni se presta a mirarlo. Solo una mujer puestera se compadece y le da de comer, mientras él hace algunas changas, deambula y asiste asombrado a los rituales religiosos y étnicos del lugar. Perdido entre procesiones, busca dignidad. Y en ese camino, el director no lo suelta jamás, capta al personaje en toda su dimensión, física, emocional y verbal. Los colores fríos son parte de una paleta nada condescendiente con la explotación estética de la marginalidad y la pobreza. Si bien duele la condición existencial de Elisban, conmueve su persistencia aguantando las consecuencias de la precariedad laboral, la indiferencia y el vacío estatal, el universo donde los pobres se tienen que rebajar ante los pobres por unas míseras monedas. Un acierto del director es no dotar de tintes manipuladores al recorrido. No hay música ni picaresca posible que atempere o falsifique esto a la manera de una tarjeta postal. Ni tampoco una salida fácil que haga caer al protagonista en el robo o el asesinato para confirmar una tesis complaciente. Elisban aprende a los golpazos en su propia indefensión, pero ello no implica que devuelva con la misma moneda, un lugar común en el cine contemporáneo destinado a conciencias tranquilas. Acá, solo le queda la contención de una mujer, y tampoco es llevada a un plano romántico ni utópico. Es la única que lo escucha frente a todos los demás, que directamente lo anulan con un gesto o una palabra, cuando no un empujón. Y aunque no se grite, sabemos que es parte del colapso sistemático de sociedades que aguantan embates neoliberales feroces alternados con otros gobiernos que profundizan los problemas estructurales. Los efectos visibles son las conductas que ponen en evidencia lo peor. Ya no se mira al otro, se lo esquiva.

Es interesante el modo en que otros discursos están puestos en la película. Por ejemplo, el de la religión. Pese a todo, pese a la miseria y la falta de respuesta eclesiástica, la religión continúa operando en ciertas culturas. Aquí aparece como banda sonora, se escucha en las calles, pero está mezclada con los puestos, las ventas y la informalidad. Este carácter lateral dice mucho sin mostrarlo.

Es cierto que, por momentos, uno se pregunta si no será mucho, pero también se entiende que el desarrollo de la película abre una expectativa: esperamos un milagro. Y lo esperamos sobre todo cuando el protagonista es desplazado a vivir como un náufrago en un basural. Sin embargo, el milagro llega en dos pequeñas dosis que nada tienen que ver con lo económico y sí con una dimensión humana que cierra el periplo de Elisban. El primer milagro es una especie de vuelta de tuerca, un guiño que da cuenta del amor por el cine y de lo que el cine nos da. El segundo abrirá una puerta que no borra lo anterior, pero nos insufla de aliento.

Salir de Lima como epicentro, construir con la cámara un personaje único y sumamente expresivo a pesar de su introversión, y otorgarle una importancia decisiva a los gestos y a las miradas (qué lindo es ver una película donde no se grite para expresar un dolor de modo oportunista), son otros indicadores que se suman a lo anterior y que hacen de Manco Capac una película muy atendible.


Lavaperros (Colombia / Argentina – 2020), de Carlos Moreno

Alguna vez escuché decir que todos aquellos que quisieron imitar a Borges se encontraron en la frustración del ridículo. Me pasa con algunas bandas musicales que hacen covers, pero se meten con tipos imposibles. Por ejemplo, intentar emular la voz de Mick Jagger, buscar el sonido compacto de AC/DC. A veces, esas imposibilidades son la principal evidencia: lo que parece simple es complejo. Mientras veía Lavaperros de Carlos Moreno, pensaba, “Tarantino hay uno solo”.

La desmesura y la artificialidad se anuncian en una secuencia de créditos iniciales atravesada por la estética del cómic, como si se estableciera el terreno de la hipérbole caricaturesca de una realidad, la de los narcos, que se aborda desde un lugar diferente a lo que se acostumbra a ver en gran parte del cine colombiano. Este joven realizador caleño apuesta por una galería de personajes patéticos más cerca de un ejercicio paródico que de las acostumbradas aristas de un realismo crudo y comprometido emocionalmente. Y en esta propuesta más bien lúdica y exacerbada, narra básicamente la caída de un Baby Cartel, don Oscar, cuyos problemas van en aumento cuando deja de pagar al líder de otra banda. Ese tópico recurrente del cine negro, que consiste en el ascenso y el descenso estrepitosos, se sostiene aquí con una voluntad desbordante que pone el artificio por sobre cualquier otra decisión artística. Las lealtades y las traiciones recorren la estructura coral de la película sin pudor alguno, en un presente de capos residuales, donde abundan los toques de comedia negra.

Las elecciones anteriores asumen sus riesgos, y también permiten ver sus puntos débiles. Si el humor parece ser el contrapeso de una violencia social enquistada, en varios pasajes la necesidad de imitar incurre en un gesto cool importado que le debe más a la televisión que al cine, o a la angustia de la influencia mal disimulada. De modo tal que el padecimiento de los personajes y sus imposibilidades, producto del extravío dentro de la estructura mafiosa que ya no los alberga, está contada con un tono festivo que bordea el ridículo. Así aparecen, Oscar, que sufre de infertilidad, el guardaespaldas enamorado, la mujer que se enfrenta al dilema de abortar, otro empleado que no soporta más abusos, el tonto que descubre que su lealtad ha sido inútil, la prostituta entrada en años que no consigue clientes y el jardinero que ve la oportunidad de hacerse rico. Y lejos que el carácter paródico fluya, hay una especie de autoconciencia que entorpece el desarrollo.

Más deudora de las series que suelen verse en plataformas, hay momentos intensos y bien logrados aunque el resultado se resiente infantilmente.

(Cobertura realizada conjuntamente con CineramaPlus)

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