In Memoriam. Marlen Khutsiev (1925-2019)

En la 30º edición del Festival de Cine Mar del Plata tuvimos la novedad y el placer de compartir una retrospectiva de este gran director, muy poco conocido por estas tierras. Nacido en Georgia, perdió a su padre siendo un adolescente, quien fue fusilado por Stalin por considerarlo detractor del régimen. Este hecho sería decisivo en su filmografía. 
Marlen dio sus primeros pasos como asistente de dirección y estudió formalmente en Moscú. En 1956 realizó su primera película, Primavera en la calle Zarechnay que se convertiría en un popular melodrama. De este modo, Khutsiev sería partícipe de una nueva generación de directores soviéticos que renovaron el panorama cinematográfico en pleno deshielo.
A partir del tercer film, Zastava Il’icha, alcanzó repercusión internacional. Sin embargo, el éxito y los premios en el exterior, no lograron opacar la censura y la necesidad de realizar varios cortes por presiones del gobierno soviético.
En el año 2001 fue condecorado por Putin con una medalla de servicio a la patria y quedó como uno de los grandes referentes de la cultura del país.
Entre las películas que me tocaron ver en la retrospectiva anteriormente mencionada, destaco Era el mes de mayo (Byl mesyats may,1970). La cuestión de representar los momentos inmediatos a la finalización de la guerra (la segunda en este caso) puede rastrearse en la historia con diferentes resultados. Khutsiev se concentra en un grupo de soldados comandados por un joven teniente en territorio alemán. El comienzo es potente, ruidoso, apabullante. Una sucesión de imágenes documentales de bombardeos y destrucción despabilan por el horror que generan y la fuerza que adquieren en pantalla. El contraste es inmediato cuando cesan los ruidos y el teniente despierta en casa de los alemanes que lo hospedan. A partir de este momento, se recrea la sensación de incertidumbre y de encierro en ese apacible lugar. El interrogante sobre qué hacer después del combate es puesto en escena por Khutsiev a partir de una rutina cuyo horizonte de expectativas está abierto a diversas posibilidades. Su mirada no es académica ni necesariamente épica. Están las canciones que los soldados escuchan pero son los cuerpos en tránsito, recluidos a la espera de una orden, los que transmiten el agobiante transcurrir del tiempo. El quiebre se produce con un cambio de espacio dramático cuando en una salida descubren los lugares de exterminio nazi y lo que ha quedado de ellos. El recorrido es fantasmal. Es impresionante la forma en que se trabaja ese lapso donde son los restos y los silencios de los hombres horrorizados los que hablan por sí solos. Los planos generales con paisajes neblinosos funcionan como adecuados para transmitir el marco espectral. Esta idea aparece reforzada en el tercer tramo de la película cuando comienzan a aparecer los judíos sobrevivientes y el lugar adquiere un nuevo matiz de significado. Lamentablemente (y aparenta ser una constante) hay una coda que resiente todo lo anterior cuando vemos imágenes de los campos de concentración en la actualidad, funcionando como centros turísticos, un recurso innecesario.
Se ha ido un notable director.

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