In Memoriam. Agnes Varda (1928-2019)

Se ha ido una de las cineastas más importantes de la historia, no solo por haber formado parte de la Nouvelle Vague, sino por su enorme sensibilidad tanto en el campo del cine como de la fotografía. Más allá de los temas comunes a una generación, sus películas tuvieron matices distintivos y, en algunos casos, más osados que sus colegas masculinos. Uno de los postulados fundamentales de la Nouvelle Vague en términos del amor es que no hay dos sin tres. Y esto tiene que ver con una visión espontánea, entusiasta, libre, que sustenta una nueva forma de asumir la edad adulta desde la óptica de un espíritu joven. Si bien se plantean temas morales, no se hurga necesariamente en las causas del comportamiento de los personajes. Y cada director abordará el intercambio de parejas y de palabras desde su óptica. De este modo, la crisis de pareja y los cambios pueden ser enfocados desde el encanto de la transgresión o desde una visualización exaltada (amor fou). Agnes Varda (considerada “la primera Nouvelle Vague”) dirige en 1965 una polémica película cuyo título es La felicidad, con Jean-Claude Drouot, Marie-France Boyer, Claire Drouot, Olivier Drouot, Sandrine Drouot cuyo planteo central es de carácter moral: ¿Se puede ser feliz casado y ser infiel? François es un joven carpintero casado y con dos hijos. A pesar de que su vida marital con Thérese resulta placentera, el día en el que conoce a Emilie, no puede evitar sentirse atraído por ella y acaba teniendo una aventura. El verdadero problema es que no consigue aclararse con sus sentimientos: aún ama a su mujer y también a su amante, no sabe a quién más de las dos. Pues bien, no hay sobredimensión dramática del tema, y el personaje lo plantea en estos términos:»imagina que a nuestro árbol de manzanas se le agrega una más». Luego, le dice a su amante: “No soy otro hombre, soy más yo” Hay una idea felicidad que se basa en la suma. Todo depende del pacto que se establezca entre los amantes. Para el protagonista no hay contrarios sino complementos, lo que representa una postura pragmática sobre el amor y el amor consiste en ver al otro feliz y apasionado (aunque eso signifique compartirlo) El otro es legitimado como objeto de deseo y de placer. Esto, en 1965, filmado por una mujer, constituía un indudable gesto de ruptura (más allá del devenir argumental posterior que no es conveniente contar).Hay que decir que Agnes Vardá anticipó varias de las inquietudes de esta generación. Comenzó a dirigir sin haber visto más que seis u ocho películas. Se interesó más por la fotografía. La pointe courte (1954) Con Philippe Noiret, Silvia Monfort. La película se divide en dos segmentos: el primero se compone de secuencias de la vida cotidiana del pueblo pesquero de La Pointe Courte. En el segundo se dibuja la relación de una pareja. Él es del pueblo, mientras que ella es parisina, en un momento en el que el destino de ambos parece tomar un rumbo diferente. La necesidad de presentar un modelo creíble de personajes se opone al carácter novelesco de la tradición más inmediata: “Me parecía que el cine no se preocupaba más que de contar historias irreales, falsas, que olvidaban el mundo real de todos los días con sus problemas y sus dramas. Me parecía que había demasiada mecánica, demasiado aire viciado en las películas. Y me entraron ganas de hablar de cosas vivas, auténticas, reales, con la misma facilidad con que se escribe una novela.”
En relación a la fotografía y al documental, dos formas notables en su carrera, uno de los legados de Agnes es la maravillosa Visages Villages (2018), producto del encuentro entre dos artistas. No se trata de algo solemne sino festivo. La misma presentación de los créditos con dibujos animados y el prólogo confirman el aire de desenfado y la libertad que guía a la propuesta: el joven fotógrafo JR de 33 años y la maravillosa directora/fotógrafa Agnês Varda con sus 88 años a cuestas pero con increíble vitalidad, dispuestos a recorrer diversos lugares de Francia para compartir su arte. Una película en estado gerundial, un camino que se construye a medida que se anda. “Lo que me gusta de este proyecto es que se trata de una aventura espontánea” dice Varda. Y los dos personajes transitan un sendero abierto a la sorpresa y a las reacciones de quienes tienen la suerte de cruzarlos, más ligados a la comedia que a la supuesta trascendencia de las academias. Uno con sus gafas negras; el otro con el andar y la astucia chaplinescos. Si hay algo en claro que tienen sus mentores es que esto es para la gente, para los pueblos, para sus rostros. Dos artistas y un camión que dispara fotos en cinco segundos de las personas que ingresan. Con estos elementos, hay película, es suficiente para internarse y disfrutar de este noble documental.Cada escala plantea una puesta en escena. Lejos de la concepción romántica del artista enfrascado en la incubadora de su inspiración, JR y Agnès involucran a gente de todas las edades y el resultado son sus propios rostros en gigantografías pegadas en las paredes de los barrios. Lo interesante es que nunca caen en una fachada populista y jamás subestiman a los niños, jóvenes y adultos que se prenden en la propuesta, como tampoco necesitan empalagarlos con boludeces teóricas o llorisqueos acerca de concepciones tradicionales en torno a la fotografía. Por el contrario, la misma Agnes siempre está predispuesta a las selfies y a sacarle la lengua a toda pretensión de seriedad impostada. “Es como un juego” repite ella. Pero, más allá de la espontaneidad y del carácter lúdico, aparece la cuestión de la memoria. Del mismo modo que las fotos sirven para alimentar la memoria colectiva y los recuerdos personales, la experiencia del proyecto es un espejo que reactiva la propia carrera de Agnès en el cine, las impresiones guardadas sobre los lugares recorridos, más la evocación de los espectros del pasado y sobre todo uno, el más temible, el de Jean Luc Godard, esa presencia insomne que aparece en dos momentos claves. Al comienzo, las gafas negras de JR recuerdan a las del joven Jean Luc; al final, Varda le tiene una sorpresa a su compañero de ruta y nos tiene una sorpresa: visitar al polémico director. Sin embargo, lo que encuentran es un mensaje codificado, un golpe bajo. El resultado es decepcionante y ya que estamos con las listas, podría incluirse como el desplante del año. «Es impresentable» dice ella. Para mí, la frase de 2018 en el cine. Adiós Agnes. Queda tu obra, tu maravillosa obra.

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