Cuando despierta la bestia (Jonas Alexander Arnby, 2014)

“They tried to make me go to rehabbut I said ‘no, no, no’” (Rehab, Amy Winehouse)

“Baby, there’s something wrong with me
That I can’t see” (Aimee Mann)

Cuando uno va al médico la pregunta es inevitable: “¿Sus padres tuvieron alguna enfermedad?”. Que el colesterol, que la hipertensión, que la diabetes…Y en el peor de los casos, la inminente medicación. De todos modos, a juzgar por el comienzo de Cuando despierta la bestia, la herencia genética puede presentarse más pesada que una simple rutina de prevención. Marie, la joven protagonista, acude al consultorio a raíz de unas ronchas velludas en su cuerpo. Poco después, nos enteraremos de que ese malestar proviene de su madre, una mujer en silla de ruedas, apartada y resguardada por su marido ante el posible ataque de la comunidad. El motivo: licantropía, nada menos.

Lejos de constituirse como una película de terror donde lo sobrenatural irrumpe descaradamente, Arnby se toma su tiempo para introducirnos en el desolado paisaje, con esa mezcla de melancolía e incertidumbre que tienen algunos países nórdicos. Las oníricas imágenes que abren la película arman una secuencia informativa con indicios visuales propios de una puesta en escena cuidada y un ritmo moderado. Como se sabe, en la tranquilidad de ciertas geografías desoladas, la procesión va por dentro y ese parece ser el principal rasgo de los personajes, más adeptos a expresarse con las miradas que con las palabras. Marie trabaja en una planta de fileteados, es mujer y carga con ese malestar físico que despertará la autodefensa misógina y bárbara de la comunidad. Se lo hacen saber sus compañeros con bromas pesadas y ataques discriminatorios. Sin embargo, cuando la sádica y misógina escuela danesa de un Lars Von Trier asoma (Arnby fue asistente de departamento de arte del susodicho director), la historia se corre hacia el mundo interior de la protagonista y a la manera en que enfrenta valientemente su inevitable condición ante ese universo masculino asfixiante como anodino. No es un dato menor. A medida que lo fantástico cobre vida en lo cotidiano y los clisés genéricos sean convocados, las decisiones de Marie pondrán al film en un agregado cuya subversión pasa por negarse a lo socialmente constituido. De este modo, cuando la racionalidad del médico y del padre dictamine que hay que medicarse para combatir al “mal” interior (y de esta forma neutralizar la amenaza hacia el tejido comunitario), la joven se niega, y no solo eso, acepta vivir en esa condición. Hay un momento maravilloso en el que decide ir a bailar y le dice al único hombre que le devuelve una mirada natural en el trabajo: “Me estoy convirtiendo en un monstruo. Quiero tener mucho sexo antes de que esto suceda.”. La frase elude la solemnidad e instala un saber femenino activo que irá sumando indicios a los largo del film.

Además de su impronta activista, Cuando despierta la bestia  es una buena película de terror, más allá de un abusivo uso del ralentí musicalizado,  que se suma a una vertiente capaz de cruzar los hechos de carácter sobrenatural con un tono nostálgico y enfatizando la mirada sobre los procesos interiores de los protagonistas ante el inevitable destino que les toca vivir. “No hay salida”, le dirá la hija a su padre. Al igual que en Déjame entrar (2008), Te sigue (2014) y The Babadook (2014), siguiendo un poco la tradición de El bebé de Rosemary (1968), la resignación es el paso necesario para aprender a convivir con el miedo o los cambios anatómicos. La nueva naturaleza corporal se afianza como un hecho irreversible y lo que queda es aguantar y conservar el instinto de preservación (algo de esto también hay en la genial Trouble Every Day (2001) de Claire Denis). El terrorífico grito de Mia Farrow y la posterior nana de su bebé en el clásico de Polanski es la piedra fundacional de las decisiones de las protagonistas de estos filmes, a quienes no les queda otra que aceptar lo que les toca hasta naturalizarlo. Así Marie jamás adoptará una actitud pasiva, sacará a relucir su “patología” para escandalizar a una comunidad enfrascada en sus falsos valores parroquiales de conservación (el lugar donde el ojo de Arnby advierte la verdadera enfermedad). Paseará con sus uñas sangrientas por un velorio, comerá vidrio frente a su padre para que la acepte tal como es y actuará en consecuencia contra los sistemáticos ataques a su ser.

Hay un aspecto interesante en la mirada que se construye  en relación a la concepción clásica del género. Carlos Losilla en su didáctico estudio Cine de terror habla de las películas de la Universal en la década del 30 cuyo foco estaba puesto en la idea del “monstruo” como la imagen de la diferencia con respecto a las normas establecidas. “Así, del inconsciente individual de Freud al inconsciente colectivo de Jung, el terror hacia lo desconocido alcanza su máxima expresión cuando las pulsiones individuales del espectador y sus miedos como ser social, perteneciente a un grupo biológico e históricamente determinado, encuentran una codificación estética común que permite a la vez experimentarlo y exorcizarlo”. En otras palabras, hay que exterminar al mal para preservar a la comunidad. Y el espectador está del lado del colectivo destinado para ello (léase Van Helsing y los suyos en el caso de Drácula). Ahora bien, en Cuando despierta la bestia  se invierte el patrón clásico ya que el mal, en todo caso, reside en un cuerpo social signado por el fanatismo de sus creencias, la intolerancia y el miedo a aquello que se presenta como distinto. Y entonces, bajo ese marco, queremos que “la bestia” triunfe, porque además, y pese a todo, necesita amor (y habrá solo una persona capaz de entenderla, una especie de príncipe azul en medio de la tormentosa situación).

De manera tal que lo mejor de la película es lo que no se dice, la representación, en todo caso, del síntoma y su consecuente puesta en escena cuidada, psicológica, atmosférica, donde la palidez del día siempre es una amenaza de chaparrones y no se necesitan la oscuridad ni los gritos del terror de cotillón donde la cámara oficia de teléfono celular y hay que bajarse alguna pastilla para el mareo. La iluminación en Cuando despierta la bestia  es un velo que atraviesa los planos y tiñe de melancólica resignación el tono general para que tomemos conciencia de que hay que convivir con el miedo, aceptar nuestra condición y hasta apostar al amor en un mundo enfermo. La poderosa imagen final es una puesta hacia el abismo donde el fascinante espíritu de lo indeterminado triunfa. Siempre es preferible experimentarlo al lado de alguien, aunque sea en un barco a la deriva.

elcursodelcine

2 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *