Amante fiel, de Louis Garrel (2018)

Acá están los verdaderos amantes irregulares. Louis Garrel es un grande. Su rostro y su cuerpo en pantalla ya han enaltecido gran parte de la historia del cine. Ahora, como director de su segunda película, Amante fiel, comienza a ratificar una salud creativa y un aire de renovación capaz de beber de las aguas de su padre Phillipe y escupirlas con buen tino para el lado de Rohmer y Truffaut. El comienzo/prólogo de esta historia prepara el terreno con desenfado y establece el tono: los temas vinculados con el amor son importantes, pero más aún la forma en que se los convoca, desprejuiciada, libre, sin ataduras propias de una tradición (Nouvelle Vague) que siempre se erigió como una terrible sombra. «Estoy embarazada, pero no es tuyo» le dice Marianne (Laetitia Casta) a Abe (Louis Garrel), una sentencia que podría haber derivado en un caos existencial. Sin embargo, todo conduce al dominio de la comedia contenida, donde la lógica del plano/contraplano incluye cada corte como si fuera un disparo. Las palabras que pronuncian los personajes nunca poseen un único sentido y la sospecha reina a medida que avanza una trama que fluye sin grandilocuencia.

El cine manipula el tiempo como ningún otro arte. Nueve años después, Paul (amigo de ambos y tercero en discordia) muere. El clásico trío de amor francés deviene en un reacomodamiento de las relaciones y nuevas revelaciones se añaden a las voces que arman el relato con sus intervenciones/recuerdos. El amor como juego, el amor como evanescencia, un tópico de la Nouvelle Vague que Garrel hijo elige enmarcar en un cuentito donde nada sobra y todo parece en su justa dimensión. Que los constantes giros argumentales no se presten a confusión y estén bañados por una pátina de esa clase de humor que invita a la sonrisa, se debe seguramente a la colaboración inestimable del gran Jean Claude Carrière.

Pero, además de lo anterior, existe un componente fotogénico en los personajes que pone a la película en esa órbita de belleza que tanto les agradecemos a los buenos cineastas. La luz en Amante fiel es un contrapeso perfecto para el carácter sombrío de los permeables vínculos entre seres que caminan, sueñan, se encuentran, se desean y luego se desencuentran cuando la ilusión ha sido vencida por la realidad. Que Paul no aparezca más que sugerido es sintomático de ello, apenas una presencia que hace mover el tablero y quedará sumido en un orden espectral. Lo mismo ocurre con su hermana Eve, enamorada secretamente de Abe. Cuando logra concretar, la expectativa ha sido gigante y tomar conciencia es un acto fatal.

Lejos de la solemnidad, sin caer tampoco en la banalización, Louis Garrel sostiene durante apenas setenta y cinco minutos belleza y solidez narrativa sin pedirle prestada la herencia a nadie y llevándola en todo caso a aguas más cristalinas, joviales y sumamente disfrutables.

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