34 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. John Stahl (Primera Parte)

Back Street, de John Stahl (1932)

Las películas de Stahl (y ésta en especial) son un excelente contrapeso en el Festival, sobre todo para algunos títulos anunciados con bombos y platillos donde el proselitismo previo es más importante que el contenido reaccionario de los mismos. En 1932, un clásico es capaz de enfrentar las limitaciones de la época y en menos de una hora y media trabaja las relaciones entre mujeres y patriarcado de manera más eficaz y placentera. Ray Smith es una joven extrovertida y liberal que rechaza continuamente el matrimonio. Un día conoce a un tipo pintón llamado Walter, del que se enamora a pesar de que está comprometido con otra mujer. Con esa trama de ribetes melodramáticos Stahl cuenta magistralmente una historia donde las elipsis son centrales para que fluya la narración y se encuentra entre los melodramas pre-Código Hays más atractivos y expresionistas. Con el trabajo de cámara de Karl Freund y con Charles D. Hall como director de arte, cierra la brecha entre las películas de terror y melodramas de Universal de principios de la década de 1930, con una puesta en escena notable  y un uso evocador del espacio fuera de la pantalla. Entre las escenas inolvidables, la imagen fija de un teléfono mientras las voces doloridas informan el drama fuera de la pantalla. Stahl y Freund ocasionalmente se complacen con los movimientos de la cámara que no están motivados por la acción, una toma memorable que presenta un jardín de cerveza de Cincinnati de fin de siglo, y, en una de las escenas más fuertes, Stahl toma la triste elección de filmar una reunión muy cargada con los amantes de espaldas a la cámara. Pura melancolía.

Pero más allá de la imagen de mujer liberal y del dispositivo que la película pone en funcionamiento, está el centro del género, la pasión de un amor que la razón jamás podrá explicar. Se sufre porque se ama, hasta las últimas consecuencias. El espanto de la imposibilidad es el motor que mueve cada uno de los actos de la pareja.Ni hablar de las ironías y de las sutilezas en torno al papel que desempeña el dinero en una sociedad como la americana. No obstante, Stahl no necesita mostrar un mundo donde todos los hombres son repugnantes para destacar la importancia y el sufrimiento de una mujer.

Débil es la carne, de John Stahl (1947)

Algo así como el lado B de Lo que el viento se llevó, o un resabio de lo que se podía hacer a partir de fórmulas de éxito. No obstante, pese a las exigencias, este melodrama de época se sostiene a la perfección. Los primeros minutos demuestran la capacidad de Stahl para dirigir y sintetizar con pocos indicios una cantidad de información importante. Un hijo es arrebatado de su madre por considerarse ilegítimo. Tal descrédito será determinante para Stephen, jugador compulsivo que se gana una plantación en una partida de cartas. Una vez instalado en la comodidad de los ricos, se casará con Odalie, una bella mujer, a la cual pretenderá como madre y compañera dentro de una estructura patriarcal que busca solo un heredero. Por supuesto, los matices son propios de la inteligencia de un director que invertirá progresivamente los roles y que, además, enmarcará el drama en el período de esclavitud, no como telón de fondo. Estamos frente a esa sociedad que se encuentra aparentemente inmersa en un periodo de prosperidad, pero que no tarda en destruirse a sí misma, con esos nuevos burgueses americanos e hipócritas. La secuencia final entre cañaverales es antológica y pocas veces vi tormentas tan bien filmadas. Otro momento sublime se desarrolla en la escena en que se declaran su amor bajo las ramas de un árbol. El perfecto equilibrio entre la emoción y la carencia de excesos dramáticos es otra marca autoral que confirma la maestría de Stahl, además de un extraordinario montaje capaz de incluir varias subtramas en una misma historia.

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