Bacurau, de Kleber Mendonça Filho, Juliano Dornelles, 2019

Lo primero es el espacio. Oeste de Pernambuco, en pleno sertâo brasileño. Lo segundo, una disputa, una pelea que, si bien aparece planteada en un marco despojado de una iconografía cientificista, remite a un futuro donde la exacerbación de problemas corrientes (la desigualdad, el vampirismo capitalista, el oportunismo político y la violencia) encontrará a dos bandos enfrentados: una comunidad que resiste con principios socialistas ante los embates de unos gringos sueltos por ahí dispuestos a quedarse con todo. Las elecciones estéticas que gobiernan la paleta expresiva de Bacurau aluden a un patrón digerible y que gusta en general a los circuitos de festivales europeos, cada vez más voraces por consumir un tipo de cine complaciente con moldes cercanos al realismo mágico o al exotismo misterioso. Lejos estamos de las propuestas radicales que en otras décadas sacudían los debates a nivel mundial.

Sin embargo, un punto a favor de la película es permitirse jugar con los géneros, implosionarlos y dejar que el contenido alegórico apenas bordee la cuestión, sin interferir en esa libertad que destilan algunos desbordes saludables. Uno entiende que la historia invita a leer el presente, sin embargo, mejor se percibe una lógica cuyo imaginario rastrea en el western de modo descontracturado y sacude chispas visuales propias de un Walking Dead. A diferencia de Aquarius (2016), con mejor puntería, Kleber Mendonca Filho (uno de los dos realizadores) cambia la gruesa metáfora de las termitas por un colectivo de personajes que resisten (con drogas psicotrópicas incluidas) ante unos fanáticos americanos, excitados con matar, ocupar y apropiarse de las tierras. Cada facción tendrá sus líderes. Lunga (Silvero Pereira) es convocado por la comunidad y materializa la tradición de los cangaceiros;  Michael (Udo Kier) es el líder de una facción despersonalizada. Si en un lugar los rituales otorgan sentido a una existencia, en el otro, el acto de vigilar con drones y de matar como si se tratara de un juego confirma el goce de los que tienen el poder.

Más allá del esquema binario, hay elementos que enriquecen y enrarecen la elementalidad dramática de la propuesta. Un signo (pongamos por caso un ataúd) es un objeto que establece una conexión con los spaghetti western y no faltarán cadáveres para llenarlos, pero también es una imagen que acompaña una situación actual donde la muerte es la moneda corriente. Quedarse con la primera asociación siempre es más enriquecedor y los directores refuerzan, en todo caso, esa materialidad, más ligada al cine que a la interpretación sociológica. De allí que existan dentro de esta estructura arrítmica secuencias imperdibles como la de la pareja desnuda reventando a balazos a los intrusos, con toda la rabia y la fuerza que pide la situación, sin enmascaramientos de la escuela de la buena conducta. Otros disloques se producen cuando el plano sonoro establece una relación diferente con el visual: unos sintetizadores acompañan un momento de capoeira rompiendo cualquier pretensión costumbrista. En otras palabras, se trata del triunfo de la ficción, de la exageración y la desmesura por sobre la corrección política. Se puede hablar sobre la derecha del mundo sin resignar un ápice de placer maldito.

Por último, si bien el western o la guerra parece ser cosa de hombres, Bacurau tiene a sus mujeres fuertes en ambos lados. De hecho, hay un punto de vista que desde el comienzo se clava desde la mirada de Teresa (Bárbara Colen), quien regresa a la comunidad. Allí también se encuentra Domingas (Sônia Braga) una médica determinante para el grupo. O Carmelita, la abuela emblema a quien dedican un funeral al principio y que se sentirá como espectro. Del otro lado, más lateral y deshumanizadamente, una mujer será capaz de matar y excitarse al punto de pedirle al compañero que cojan. Son parte activa de la cuestión y se plantan sin inhibiciones.

¿Es una excusa el sertâo para explotar el género o es el disparador para captar su inconmensurable paisaje de dolor y de pobreza? Lo bueno de la película es que parece haber respuesta posible para ambas opciones. Allí conviven los duelos con el reposo de imágenes procedentes de un espacio que parece ser soñado y que incluye hasta una lluvia (¡!). Allí se encuentra también una lectura política del presente pero cuya principal ofensa es el cine mismo.

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