Parasite, un brutal diagnóstico del Capitalismo en clave de comedia negra

Aún con ciertos subrayados, el diagnóstico demoledor sobre el mundo capitalista que Bong Joon-Ho despliega en Parasite posee una fuerza visual arrolladora. De los tres referentes coreanos en la actualidad (los otros son Lee Chang- dong y Hong Hang-soo) es el que mejor conserva vigente la idea de que se pueden establecer conceptos sin resignar el tren de la narración ni el pulso popular. Sus trabajos mantienen una ligazón genérica que le permite transitar aspectos de la sociedad desde un marco más general y si se quiere con mayor ambición. Sin embargo, su poder de intuición le permite trascender una geografía determinada, ya sea para dejar en evidencia las consecuencias de un sistema económico atroz o para poner en escena las aristas más oscuras de la condición humana. En el contexto de un mundo global donde el capitalismo impera, los vínculos humanos están dirigidos de manera tal que la descompensación desmesurada entre quienes más y menos tienen derive progresivamente en una locura capaz de justificar cualquier cosa. En Argentina nos han hecho creer que está bien dormir en los cajeros; en Parasite un personaje agradece vivir confinado en un sótano. Organizar todo lo anterior en un relato y explotar los matices es parte de la genialidad del director.

Y la lógica inicial para llevar a cabo tal proyecto es la del contraste espacial agresivo. El comienzo de la película bien podría verse como el espejo reverso de La ventana indiscreta, ese tratado cinematográfico sobre la mirada que Hitchcock nos legó en 1954. Una ventana, unas medias colgando y una familia que en condiciones de hacinamiento ve pasar la vida desde un subsuelo. Mientras el orden de los objetos se corresponde con una pila indiferenciada y caótica de ropa, utensillos y cajas desparramadas, lo más importante es obtener señal de WIFI y sacar provecho de todo lo que se pueda conseguir gratuitamente. En determinado momento, y por sugerencia de alguien, el joven de la familia consigue hacerse pasar por profesor de inglés en una millonaria mansión. Y aquí se introduce ese otro espacio, el de la riqueza exacerbada y el de la obscenidad económica. Este punto de partida binario sostenido desde la oposición espacial (sótano/casa) y humana (clan de los pobres/individualismo de los ricos) deviene en una zona de confluencia que habilita los matices con los que trabajará Bong. La idea de irrupción, de intrusión, cuando la familia empieza a travestirse laboralmente para ocupar el lugar de los otros, le sirve al director coreano para explorar las apariencias, desenmascararlas y concluir en la mismísima condición humana, en las miserias existenciales para pelar la cáscara de un mundo sin rumbo. Sobre todo, cuando se descubre que siempre hay alguien que está peor. Un punto de quiebre en medio de la trama (un descubrimiento) pondrá en jaque toda la situación y replanteará el juego de roles. La disputa por el espacio será una clave reforzada y la preservación de la cofradía familiar, un objetivo de tintes bélicos.

Más allá de ciertos deslices que algunos cuestionarán seguramente como un trazo grueso, lo importante es que Bong construye discurso con la puesta en escena y con detalles relevantes. No es de los directores que proclama, y lo que a priori parece claro y diferente, termina confundiéndose de modo ambiguo. En esa casa, en la lucha por el dominio territorial se cuela la Historia, se filtra por sus paredes lujosas el estado actual de un mundo donde los ricos huelen a los pobres, que serán pobres pero no boludos, donde el desprecio es moneda corriente y todo parece conducir a la locura desatada. La gran ventaja es que Bong no se pone serio, se vale de la ironía, del humor negro y de la confianza en las posibilidades de un lenguaje que atesora sus orígenes populares. Y si bien hay planos y secuencias que se enlazan con una tradición pictórica de la cual varios se sentirán reconfortados, nunca pierde de vista Bong el gusto por los géneros, ese puente que cobija a todos los amantes de relatos sin pose.

(Para CineramaPlus)

Por Guillermo Colantonio

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