La protagonista, de Clara Picasso, 2019

LOS AVATARES DE LA AGENDA

Por Guillermo Colantonio

El comienzo de la película es una falsa promesa de comedia absurda. Tiene una frescura inusual para un contexto donde todo parece obedecer a la lógica estético/ideológica de lo mismo y anticipa una gran actuación de Rosario Varela. En un café, Paula le enseña conversación a un alemán en medio de interrupciones varias. Son los signos culturales del presente: el celular, el mozo que trae el café, las dispersiones propias de la actualidad que interfieren en cualquier tipo de comunicación. El corolario será un asalto, pero banalizado de manera tal que sirva como excusa, a través de una elipsis, para que Paula se haga famosa por haberlo frustrado azarosamente. Una tragedia que no fue da lugar a la comedia. La gente le grita por la calle “mujer maravilla” y ella da notas, cumpliendo su sueño de ser reconocida, una forma de enfrentar su fracaso personal como actriz. Ella es maestra, pero pretende ser otra cosa. Cuando se apaga el impacto mediático de la noticia, la desconexión de Paula entre lo que es y lo que parece ser le otorga a la película una atmósfera de enrarecimiento progresiva. Nada dura demasiado en medio de una rutina que la directora amasa con situaciones que transcurren como flashes: un casting, una salida, una sesión de terapia, lo que sea. Mujer de ningún lugar. Esta es la plataforma movediza por la que camina constantemente la protagonista.

La ligereza de esta primera parte despierta grandes expectativas, sin embargo, no faltará nada para que la historia desemboque en un itinerario existencial que se conecta con gran parte del cine abúlico porteño que suele llegar a las salas. El descentramiento que se encontraba enmarcado bajo el ala de un humor soterrado le cede el paso a una puesta en escena esquemática a base de fundidos en negro que funcionan como enlaces; diálogos forzados y lagunas narrativas con aires de importancia sacan a la película de la comedia y la devuelven a un estado embrionario trágico inentendible.Una pena. Algunos se jactan de llamar a este proceder «el abandono de la narrativa», una de los eufemismos más ingeniosos que he escuchado.

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