Las Furias, de Tamae Garateguy (2019)

Incursionar con furia en formatos populares no es un gesto al que se deba permanecer indiferente. Tampoco lo es la fusión de imaginarios cinematográficos (western, melodrama) con leyendas autóctonas. En este sentido, la película de Tamae Garateguy (Hasta que me desates, Mujer lobo) no le teme al ridículo y eso es para festejar. El riesgo siempre es saludable en una industria que suele huirle a los géneros, más preocupada por una agenda sobre qué se debe filmar y qué no. La gran confusión es pensar que todo es bueno por hacer visible una temática determinada. Me aventuro a conjeturar que en este caso, si bien está lo que dicta la actualidad, hay una preocupación más acentuada en la ficción como un mecanismo capaz de explotar por sí mismo, aún con los desbordes y las dispersiones deliberadas, en varias piruetas audiovisuales. El trabajo de estilización en las formas es desparejo, pero tiene garra.

La historia involucra a dos jóvenes provenientes de esferas distintas. Uno pertenece al mundo indígena, Leónidas, y la otra, al orden más retrógrado del universo rural, Lourdes, una chica abusada por su padre. Este es Patrón, golpeador, tan robótico y desagradable como pueda pensarse, a quien la performance televisiva y estereotipada de Daniel Aráoz entorpece con cada gesto. La prohibición para la consumación del amor, ese tópico universal por excelencia, será el punto de partida para un cúmulo de desgracias que nunca encuentra el techo en la alternancia narrativa entre pasado y presente. Si el desborde es una cualidad en la película, con escenas jugadas (aunque no necesariamente bien filmadas), y el artificio inunda la pantalla de modo permanente, tal vez una cierta lógica fundada en el exceso y un apilamiento de referencias atenten contra su originalidad. Cualquier reseña crítica que se lea abundará en nombres e influencias (acertadas en general), pero el problema es que son tan obvias que el resultado probablemente derive en una despersonalización progresiva. Y cuando la exacerbación gana definitivamente el terreno, parece concluir en una idea muy recurrente en el presente, a saber, todos los temas se incluyen en la misma bolsa: violencia de género, poder terrateniente, corrupción política y policial, amor, pueblos originarios, choque de creencias y tantas cosas más, sin que haya un desarrollo efectivo. Esto último parece curioso, sobre todo porque hubo un cortometraje precedente con el mismo título.

Más allá de esta especie de desrealización fundada en el cúmulo de citas y de las imágenes/exceso que se añaden progresivamente (en obvia ligazón con las furias del mundo antiguo y la venganza como leimotiv), es preferible el pecado del derroche a la pose del despojo.

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