El huésped (L’ospite), de Duccio Chiarini, 2018

“A mitad del camino de la vida, / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”. Así comienza La divina comedia de Dante Alighieri. La película de Duccio Chiarini también comienza en una selva oscura, pero es la vagina de Chiara y el que está extraviado es Guido, su novio, buscando un preservativo pinchado. El plano es prometedor y jugado, sin embargo, la película es la que finalmente se pincha. Y si hablamos de pinchaduras, estos jóvenes de clase media a la italiana también están pinchados a la mitad del camino de la vida y tan insatisfechos se muestran que a los 35 años se sienten viejos para ir a un recital de Pearl Jam, tal como se manifiesta en una cena entre parejas amigas.

Crisis conyugales en una envoltura inofensiva. Eso es El huésped, una historia bien contada que no se anima ni a la sordidez ni a evitar los lugares comunes y reparadores habituales (una música omnipresente, algunos personajes queribles y dos o tres frases ingeniosas). El resto se mueve por las aguas de un conformismo inocente, aunque con el vicio de querer explicar todo en los diálogos que pronuncian los personajes, empezando por la pareja protagónica. La crisis de la vida media abunda en dilemas tales como la inmadurez masculina, la inseguridad femenina y distinguir el valor de una relación que comienza en Tinder o en el supermercado. Tal es el nivel de planteos, y por supuesto, dentro del esquematismo imperante, las mujeres están para corregir a los hombres, incapaces de leer los sentimientos y las ideas más allá de su ombligo. Hubiera sido un eje interesante sino chocara con la medianía y la monotonía de caracteres: en el mundo de estas criaturas no parece haber una que se distinga del resto.

¿Cómo manejar los sentimientos en medio de vidas convencionales? ¿Cómo conciliar el amor con el deseo o los objetivos personales? Estas y otras preguntas sobrevuelan en esta comedia de enredos con toques dramáticos. A partir del momento en que Chiara le pide tiempo a Guido, este deambulará como viajero por diferentes casas donde los problemas parecen peores que los que él tiene. Apariencias y realidades. La excusa de la crisis de los 40 como un leimotiv un poco banal de un tema trillado y que no tiene demasiado cine para ofrecer más allá de su discurso. A veces, la liviandad es saludable frente a otros bodoques con aires de importancia. En este caso, es sinónimo de neutralidad, y acaso de indiferencia. Eso sí, la primera escena es genial, pero lamentablemente no todo lo que brilla es oro.

elcursodelcine

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *