Un cuento de cine

Prólogo

Para el caso, no importa quién soy. Ya no tendrá más relevancia el que hable sino el que mire y sea sensible al fin. Baste decir solamente que fui testigo privilegiado de mi negligencia y que perdí gran parte de un futuro material asegurado. Lo único que conservé de ese glorioso pasado fue mi afición por el cine y desde este lugar quiero narrar desordenadamente y como pueda, destruida mi existencia corporal y postrados mis sueños burgueses, la ruina de mi entorno. Convertido en un poderoso observador-si es que cabe jactarse de algo-mi vida continuó por el derrotero de las pocas salas de cine que por aquel entonces quedaban. Mis ojos se transformaron en cámaras. Supongo, y ahora lo puedo ver con cierta nitidez, que desplazaban el propio deterioro a otros ámbitos, a otros rostros.

Fueron años en los que el cine comenzó a desangrarse paralelamente al derrumbe de los pocos afectos que conservaba. Acaso, las siguientes palabras sean una crónica de aquellos días; una cercana crónica apenas visible de un mal invisible que fue carcomiendo poco a poco las células madre de una sociedad enferma.

Un domingo cualquiera

La sensación del fin siempre estuvo presente pero debo confesar que se materializaba en escasos signos que formaban parte de la experiencia de ir al cine. Por entonces, algunas salas se conservaban fantasmagóricamente en la ciudad de Mar del Plata y milagrosamente se podían encontrar uno o dos títulos interesantes, más allá del reinado del pochocho y del vértigo. ¿Qué es lo que hace que una persona camine sola en pleno invierno un domingo a la tarde por la peatonal marplatense? La soledad sin duda. Quien haya tenido el gusto de pasear por allí en tales circunstancias sabrán de lo que hablo. El panorama es tan apocalíptico como los paisajes desolados de una película de John Carpenter (Sobreviven se me viene a la cabeza) a tal punto que el lema de “la ciudad feliz” es el chiste más gracioso jamás escuchado. Algunas hojas secas deambulando y las luces de los pocos autos que se atreven a circular. Pues bien, también los que están solos pueden andar por ahí. Las calles de Mar del Plata no son precisamente «mi entraña» como decía el consagrado poeta si se me permite una desfachatada paráfrasis, y por aquel entonces y tal como estaban las cosas, uno corría el riesgo de perder la entraña.

Lo cierto es que caprichosamente-o no-di con uno de estos escasos cines abiertos para cinco o seis locos que acudieran más allá de la confortable comodidad hogareña plagada de infinitos equipamientos como para que uno no saliera nunca, ni siquiera para vomitar su tristeza. Allí se anunciaba en los afiches, una película belga de los hermanos Dardenne, El niño. En la época en que los fotogramas pegados en los vidrios representaban una especie en extinción porque el exceso de información ya nos hacía ver la película antes de lo previsto, las cosas funcionaban con una mecánica voracidad. Uno se metía, no lo pensaba. Por lo menos era mi caso a pesar de que en mi infancia había visto cantidad de filmes inducido por los fotogramas, capaces de construir en la mente “la otra película”.

Recuerdo que la película me gustó por su despojamiento, su desdramatización y por el tratamiento de la pareja protagónica. También recuerdo que pensé lo afortunados que eran los europeos por mostrar una pobreza capaz de sentir, de mostrar algún rastro de afecto y de mantener al menos un lenguaje a diferencia de nuestro cine que, salvo honrosas excepciones, se regodea en los pobres como decorado. Todo esto lo pensaba luego de ver la película, pero en particular lo confirmaba a la salida donde se produjo el corolario de un particular episodio que había comenzado dentro de la sala.

Los domingos, además de ser el triste escenario de gente que está mal, puede ser para otros un gran día. Puede ser el día en que los topos asomen sus cabezas y decidan salir de la cueva. Me refiero fundamentalmente a quienes sacan a relucir sus tapados de piel artificial-para quedar bien con las grandes corporaciones de medio ambiente, una moda ineludible de entonces-y sonoras joyas colgantes de oídos sordos. Ver en el diario un anuncio que diga El niño remueve inmediatamente los cimientos de su corazón y despierta la sensiblería más mojigata. “Una película para padres”-piensan-“qué mejor oportunidad que llorar un rato en la oscuridad” para acordarnos de nuestros propios hijos triunfando en la gloriosa Europa”. Así es como dejan la cueva y se instalan un buen rato en la comodidad de las butacas para degustar unos spaghetti con champagne y asomarse al maravilloso mundo del cine.

Pero, a veces, las apariencias engañan. Dos personas mayores se sentaron en las condiciones que describí cerca de mi asiento por lo que activé mis controles al mismo tiempo que miraba la película (y sí, la influencia del chateo con sus realidades simultáneas también hicieron eco profundo en mí). Recuerdo los rostros de desilusión cuando vieron de qué iba. Al rato se sentían estafados, sobre todo cuando se percataron de que el protagonista vendía al hijo. Sin embargo, no se fueron. Hubo algo que enterneció a la señora y se quedaron. Una actitud del personaje masculino que ellos interpretaron como bondadosa los mantuvo quietos e inexplicablemente callados hasta el fin. Cuando encendieron las luces, dos o tres comentarios por lo bajo confirmaron que la película les había caído en gracia. Siempre fue un misterio para mí ello, testigo de su desazón, hasta hoy inclusive, que he barajado infinidad de hipótesis que agonizan ante el mismo y recurrente interrogante: ¿qué es lo que habrán visto?

No obstante, no todo concluye ahí. Sumamente intrigado por conocer alguna respuesta, intenté bajar a la par de ellos por las escalinatas para cazar un indicio siquiera que calmara mi curiosidad. Pues bien, solo logré oír una frase: “Pobre gente, no tiene oportunidades.” La había dicho la señora de las joyas relucientes y muy sonoras al mismo tiempo que su marido asentía con la cabeza, más por compromiso que por complacer a su querida esposa. A la salida del cine, los seguí disimuladamente unos metros más para ver si lograba atrapar otra frase memorable. El paisaje urbano se mostraba más desolador y el frío polar no tenía piedad. A un costado se veía uno de los tantos indigentes que el centro de la ciudad alberga con orgullo, tapado con un viejo poncho que apenas camuflaba el frío. Al advertir la presencia de los ancianos les pidió una moneda, hecho que motivó al marido a sacar dos monedas y entregárselas como parte de su tarea caritativa diaria. En ese instante, y por arte de magia, otro chico se acercó para pedir otra moneda y dio una justificación que apenas pude oír. Pero entonces el marido no resignó de su sagrado bolsillo dos monedas más, y dio también su justificación, “que ya había colaborado”. Luego acotó, “no se puede estar dando todo el día, que vayan a trabajar”. Cuando di vuelta a la esquina, el chico comía un pan apoyado sobre un paredón descacarado. Entonces, al pasar al lado, el pibe me dice:-qué pasa jefe, por qué esa cara. Y tenía razón. Andar pensando demasiado obliga a poner cara de culo todo el tiempo. Le dije que nada, que iba pensando cosas, y él se rió, me guiñó un ojo y siguió con su pan. Recuerdo que en ese momento pensaba en la película y en los “afortunados europeos” que arrojaban “otra clase de indigentes”, aunque aún resonaban en mis oídos las palabras de la anciana: “Pobre gente, no tiene oportunidades.” Pero las oportunidades las seguimos perdiendo nosotros con ellos, en la vida y en el cine.

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