La conquista de las ruinas, de Eduardo Gómez (2020)

Una primera lectura, más bien desprevenida y poco justa, podría relegar la película de Eduardo Gómez, La conquista de las ruinas, a un conjunto bastante frecuente y bien definido de títulos que pertenecen más a un trabajo de semiosis estética que al mundo del cine. Se sabe: hay una tendencia a sobreactuar en pantalla con estudios culturales que gana adeptos en ámbitos académicos. Pero, afortunadamente, este no es el caso. Detrás del gesto discursivo se abre una dimensión poética que le debe más al corazón que a la razón.

Un epígrafe de T.S. Eliot no debe asustar ni temer a la solemnidad, porque el plano general que abre la película ya nos sumerge en una imagen al mejor estilo Herzog cuando nos susurra que somos hormigas perdidas en la naturaleza. Más allá de la ligazón referencial de lo que vemos (o creemos ver), lo que prima es la hipnosis hasta que enganchamos que se trata de un hombre perdido entre las piedras calizas en Orcoma, Cochabamba. La fuerza de esa imagen ya es un motivo para quedarse. Una nube de polvo inundará la pantalla a medida que el sonido nos envuelva por completo. Ver y oír crean entonces una sana perplejidad. Se trata de trabajadores y uno de ellos dice que la muerte está a un paso. El lo dice y lo sentimos. Y de este juego de voces que refieren una problemática acompañada de un registro exploratorio/poético se nutre la propuesta de Gómez, con dos aciertos destacables. El primero es la elección del blanco y negro, una forma de igualar los diferentes planteos argumentativos más allá del ida y vuelta por Bolivia y Argentina. El otro, no irrumpir desde una posición enunciativa omnipresente, un vicio que, en los tiempos del regodeo del Yo, es recurrente en los documentales.

De modo tal que el dilema de los obreros en Bolivia puede dar paso a la forma en que las corporaciones se apropiaron de las tierras indígenas para construir barrios privados o montar negocios, con las consecuencias morales y ambientales que han provocado, o al testimonio de un paleontólogo que advierte el peligro de los avances indiscriminados ante la naturaleza, sobre todo porque afecta a la memoria de los pueblos. Es decir, hay una tesis en la película, pero nunca una única voluntad. Son las palabras, pero también las cosas. Y las cosas forman parte del mundo del cine. Para ello existe un director que logra trascender el plano verbal y trabaja su mirada con cautela, con un diletantismo que ejerce fascinación y le devuelve a la naturaleza lo que los medios y los abusos humanos le sacan.

Y en esa labor estilizada los espacios pueden ser disímiles (las mencionadas canteras, edificios del centro porteño, una villa, cementerios indígenas en el Delta del Tigre, la localidad fosilífera de La Buitrera en la Provincia de Río Negro), pero la desigualdad y la injusticia son lo mismo. No obstante, no es otra película de denuncia; tampoco de esteticismo vacuo. Es una película justa, con el equilibrio necesario para abordar cuestiones sociales concretas y problemas existenciales sin caer en la solemnidad, que merece verse en una sala.Share this…

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