La fiera y la fiesta (Israel Cárdenas, Laura Amelia Guzmán, 2019)

Nada como el cine para evocar fantasmas. Y no necesariamente desde mansiones góticas o tenebrosos ambientes adornados de telarañas u objetos aristocráticos. La fiera y la bestia comienza con un azulado mar caribeño y una voz en off, la de Vera (Geraldine Chaplin), una actriz y amiga del fallecido director Jean-Louis Jorge. Ella pertenece a la ficción; él, a la realidad. Jorge fue un referente del cine dominicano, venerado por sus películas dentro del circuito under. Lo que veremos es una historia atravesada por los signos más característicos de su filmografía, donde el surrealismo, el queer y las filiaciones vampíricas pasearán por un lujoso hotel perdido en espacio y tiempo, reducto de viejos jóvenes intentando darle forma a un proyecto inconcluso que dejó el realizador y ahora está en manos de su compañera. La figura diminuta y el rostro apergaminado de Vera la colocan en esa dimensión espectral que sobrevuela con frecuencia. Con aspecto de condesa, habla con su amigo y le dice “todos han muerto. Quedamos tú y yo”. Jean Louis será su interlocutor a medida que intente rodar una película que no parece encontrar nunca la forma. El miedo por no estar a las expectativas y la desazón por una época que ya fue marcan la extraña y oscura nostalgia predominante en la vida de estos seres que apenas logran revivir esos años con fiestas y proyecciones, pero que son sólo diminutas luces que se apagan progresivamente. El equipo se completa con dos viejos amigos (tanto en la ficción como en la realidad). Uno es Martín (Luis Ospina, colombiano, compañero de estudios de Jorge en EE.UU., referente del cine latinoamericano y creador de joyas como Agarrando pueblo y Pura sangre, dos grandes historias, cada una a su modo, de cómo chupar la sangre de los otros), quien oficiará de director de fotografía; el otro, quien evoca el costado más sanguíneo, literalmente hablando, es Henry (Udo Kier, el legendario actor de Blood of Dracula, entre tantos referentes del cine europeo de los setenta principalmente). El es un coreógrafo. En los ojos de Vera y de Henry está una de las claves de la película. La mirada melancólica de ella expresa la añoranza por un pasado imposible de recuperar más allá de arrebatos espectrales; en los ojos de él (una especie de homenaje al Ray Milland de El hombre con rayos X) está la sed vampírica. Son los dos intentos por inmortalizar el pasado, una gloriosa época de excesos, de vitalidad sin caretas y de fiestas interminables. Lo peor que puede pasar, acaso, sea ser sobreviviente de ello y llegar a viejo. Los directores no escatiman en mostrar los cuerpos en la pileta de sus protagonistas y los contrastan con jóvenes bailarines. Porque de eso se habla, de la desaparición de hacer y festejar el cine de una manera que ya no parece posible. El proyecto de Jean-Louis Jorge está desfasado en el tiempo. Por eso, otra de las claves aparece en la presentación a base de créditos que intercalan fotos del pasado con el presente de los actores. Sólo el vampirismo puede salvarlos de la catástrofe del paso del tiempo.

El insistente fracaso por rodar una película que parece eterna e infinita genera una sensación de angustia propia del absurdo existencial. Nunca se siente seguridad sobre lo que vemos y hacia dónde vamos. Una pátina de melancolía fusionada con el terror despojado recorre como un velo las imágenes. Destellos de alegría pueden conducir a silencios cómplices. En medio del rodaje los accidentes derivan en zonas delirantes, cercanas a la sensación de ahogarse en un sueño del que nadie puede despertar. En este juego aparecen involucradas las viejas estrellas como los nuevos artistas. Las diferencias generacionales no son sólo de edad, sino de espíritu. En el presente, los jóvenes no tienen qué celebrar, parecen olvidarse de las cosas y los viejos tienen zonas vedadas en la memoria, sobre todo las referidas a los lazos familiares. De allí la sensación de incomodidad que transmite la película, con secuencias que crean una atmósfera de pesadez, pero que nunca resignan la belleza de lo onírico. Con respecto a esta idea, el filósofo Jacques Derrida en una entrevista llamada El cine y sus fantasmas habla de la fascinación hipnótica del cine y del encuentro con los fantasmas en la sala oscura refiere: “La experiencia cinematográfica pertenece de cabo a cabo a la espectralidad, que yo relaciono con todo lo que se puede decir del espectro en el psicoanálisis. El cine puede poner en escena esa fantasmalidad. Todo espectador, durante una función, se pone en contacto con el trabajo del inconsciente. La percepción cinematográfica es la única que puede hacer comprender por experiencia lo que es una práctica psicoanalítica: hipnosis, fascinación, identificación. El cine permite así cultivar lo que podríamos llamar “injertos” de espectralidad, inscribe rostros de fantasmas sobre una trama general, la película proyectada, que es ella misma un fantasma”. De este tipo de espectralidad está hecha La fiera y la fiesta, de monstruos sagrados que se niegan a desaparecer con y en el cine.

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