Ensalada pop. Sobre La marca del hombre lobo, de Enrique López Eguiluz (1968)

«Soy el espíritu del mal. El diablo en persona» dice al comienzo el personaje de Paul Naschy mientras baila disfrazado en un salón del castillo con una joven rubia. Después se transformará en hombre lobo y más tarde aparecerán vampiros. Todo junto: lobo, vampiro y el diablo, es la combinación explosiva de un cine que hace estallar la tradición de la Universal en la España franquista en un combo tan irresistible como bizarro. Y el año no es casual, testigo mundial de cantidad de películas psicotrónicas, híbridas, contestatarias y desbordadas. Las reglas de juego para López Eguiluz son otras, las establece el contexto. Por ello, el erotismo apaciguado e insinuado apenas en los escotes femeninos son solo un signo de la represión reinante.

Esta tímida versión contagiada de la Hammer y deudora de la Universal, tiene su punto más álgido en esa extraña combinatoria pop en la que un relato de licantropía incorpora en la mitad de la historia el mito vampírico, en un formato, además, de 70 mm con un sistema de rodaje en relieve que ennoblece el resultado. Violencia cruda pero infantil, un héroe poco creíble con su aspecto de luchador, un amante relegado que tratará de ayudar a su verdugo y una gélida rubia tan despojada como la película misma. Todo eso es La marca del hombre lobo, el punto de partida de una cadena de films de fantaterror que daría inicio a la edad de oro del género en España.

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