Historias de cine, la única enfermedad permitida (o cómo me enteré de que el viejo Gran Mar es un estacionamiento)

En mi vida siempre hubo ventanas, de todo tipo. De todas ellas, hay una en colores. Es una ventana deseada, buscada, siempre presente. Nació en Mar del Plata con el asombro y se mantuvo con la curiosidad de un niño que aguardaba a que el colectivo diera vuelta a una esquina y pasara justo por la puerta del cine Gran Mar para poder acomodarse a como diera lugar y espiar apenas unos segundos cuál era la película que habían estrenado. Las fotos pegadas en el vidrio abrían la expectativa como se abre una herida, y esa herida del cine nunca se cerró. Las imágenes anticipaban todo y uno adivinaba la película antes de verla, hecho que activaba el deseo de entrar a la sala oscura y perderse para reír, llorar, tocarse, soñar, para salir y enfrentar nuevamente la realidad.
El ritual cobraba especial relevancia los jueves, el día en que cambiaban la cartelera. Minutos antes de que el colectivo me devolviera de las clases de inglés. El resto de la semana intentaba completar el sentido de lo que había visto, descubrir los detalles y buscar recortes para pegarlos en un cuaderno. Pero lo más impactante era cómo una escena se clavaba como estaca en el cerebro. Así fue como grabé a Stallone torturado en Rambo, a Luppi cagado a trompadas por Arturo Mali en No habrá más penas ni olvido, al pibe de The Wall mirando los trenes llenos de muñecos, entre otros.

Hablé de fijaciones. Una noche soñé que podía comprar afiches de películas y juntaba la plata para hacerlo, de manera tal que mi habitación estaba plagada de imágenes. Años más adelante, lo hice con grupos de música, pero esa es otra historia. El cine se instaló como veneno en mi vida y muchas veces me confundí. Una vez me enamoré perdida y enfermizamente de una piba rubia que era una bestia para la edad que tenía. Había una banda atrás, pero por esas cosas del destino nos encontramos en una fiesta (a la que no iba a ir; en realidad, salí del cine después de ver La hora del espanto con unos amigos y me crucé a los del colegio quienes me convencieron de que fuera con ellos). La chica me avanzó como yo era incapaz, nos dimos unos besos y me obsesioné de tal manera que ya no distinguí si el mundo era mundo o qué. Quedamos en salir con una pareja de amigos y yo iba acelerado, escuchando la canción de Survivor de Rocky IV, porque me sentía Rocky. La cagada fue que la chica me puso una excusa y al final el plan se frustró. De Rocky pasé a ser la cucaracha de La metamorfosis y estuve una semana encerrado mientras sonaban Atom Heart Mother y The Final Cut de Pink Floyd. Tendría 13. Veinte años después no saldría de la posición fetal y lo que sonaba podía ser Ok Computer de Radiohead, Automatic For The People de R.E.M o This Is Hardcore de Pulp. Eran años donde la melancolía se amasaba como plastilina. Después solo se trató de juntar los pedazos.

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