Existir sin vos, una noche con Charly García (argentina/1994-2015) / Guión, fotografía y dirección: Alejandro Chomski

Las palabras del flaco Spinetta sobre Charly puestas al comienzo del documental pueden leerse como una cita de autoridad y sin embargo, su fuerza poética y su justeza exceden el mero recurso. A primera vista parecen un mecanismo de defensa frente a un material desprolijo, crudo y sin aparentes motivaciones estéticas, como si hubiera que justificar que se trata del registro de un acontecimiento único más allá de todo. El lugar de Chomski es privilegiado. Cualquiera que pueda compartir una noche de composición con un músico al que ama o admira se puede jactar de ello. Y es allí donde hay que pelar la cámara y mirar/escuchar. El tema es estar ahí y toparse con el acontecimiento; es el momento con el que todo documentalista sueña.

Existir sin vos es la canción que Charly busca con su banda toda una noche en 1994 en el estudio de Fitz Roy y Córdoba. La sesión parece interminable, pasa por diversos estados de evolución y el trabajo de edición concentra todo eso en una hora. Sería ambicioso sostener que la película da cuenta del proceso creativo de García, en todo caso, da una idea de cómo era componer para él en 1994, año de La hija de la lágrima. Que el material filmado se vea veintidós años después es todo un síntoma ya que no debe lidiar con el apestoso y morboso aparato mediático de entonces (y no es que haya cambiado la lógica pero el músico está resguardado públicamente), lo que deja en evidencia que el tiempo está del lado del director ya que hoy el registro de ese acontecimiento se transforma en un acontecimiento en sí mismo. Y por dos motivos fundamentalmente. El primero es de valor afectivo y su repercusión tiene más que ver con los sentimientos que con la razón. Hoy Charly está en otra etapa de su vida y no tenemos el gusto de escucharlo o verlo seguido pese a que contamos con sus canciones afortunadamente. Por ende, cualquier sonido o imagen que nos remita a su condición de artista, y más si es inédita, se constituye en un rescate emotivo. El otro se vincula más con la naturaleza del género documental y su valor intrínseco en cuanto posibilita captar con la cámara aspectos de la realidad que pasan a ser hallazgos. La mirada de Chomski sigue el continuo proceso de ensayos alternados con situaciones que algunos juzgarán patéticas y otros divertidas, pero de ese pantano audiovisual emergen momentos que atraviesan el arco temporal y son únicos. Son pequeños pero están para que los descubramos. Varios de ellos involucran a María Gabriela Epumer. En medio de una conversación entre los hombres en torno a las cintas grabadas, la cámara desplaza el foco de atención y la toma acostada en un sofá leyendo un libro de Shirley McLaine que Fernando Samalea le ha prestado; más adelante, escucha la letra que Charly compuso y le recita. Su desplazamiento por los bordes de la escena la convierte en una estrella fugaz pero intensa.

Luego está Charly, el centro de todo, el faro que irradia luz pero al mismo tiempo enceguece a los demás. Queda claro que seguirle el ritmo es una hermosa pesadilla que mantiene en vilo no solo a los músicos sino al mismo director, el último invitado que se retira de la fiesta y asiste a una especie de unipersonal del músico, de esos cuya improvisación nada le deben a los grandes de la comedia. Captar  destellos de espontaneidad e improvisación es un desafío que la cámara digital de Chomski, en una permanente interacción, logró materializar. Meterse en los recovecos de la intimidad para sacar algunas palabras geniales perdidas entre los desbordes, asistir a la creación de la letra de la canción en un rincón a oscuras, representan varios de los privilegios que nos regala el documental.

Y además, tres Bonus. La admiración por Miles Davis y un cuadro que aparece recurrentemente. La idolatría por Lennon, citado más de una vez. La música de los Beatles y la versión de There’s a Place. Una excusa perfecta para dejar de escribir y volver a los discos de Charly ya.

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