34 Festival De Cine De Friburgo: Los Laberintos Del Presente

El Festival Internacional de Cine de Friburgo se lleva a cabo anualmente en Friburgo, Suiza. Se centra principalmente en películas seleccionadas de Asia, África y América Latina. Algunos filmes de la última edición se liberaron a través de Internet. A continuación, una reseña de lo visto.

Air Conditioner del cineasta africano Fradique es una película extraña, despareja, con algunos pasajes encantadores y otros que no temen al ridículo. En Luanda, la capital de Angola, un insólito fenómeno se ha desatado: en diversos edificios comenzaron a desprenderse los aires acondicionados de las paredes. Varios de ellos caen desde alturas considerables, suficientes como para dañar a cualquiera. Sin embargo, en esta sociedad desigual, el posible daño ajeno es menos importante que soportar el calor. Así lo hacen saber los privilegiados de siempre, maltratando a los trabajadores y presionándolos para que solucionen mágicamente el problema. Más allá de los ribetes fantásticos, el malestar que trasunta en la película es cultural: qué es lo que ha quedado en una comunidad luego del azote y los estragos de la guerra civil. En todo caso, nada ha cambiado. Los obreros tienen su mundo subterráneo sumido en la pobreza y los ricos son los que gritan y ejercen su derecho al mando. Nada se descarta sobre el origen de este fenómeno. La radio incluso habla de conspiraciones de los mercados, pero nada detiene a los patroncitos alterados por el calor. En medio de todo esto está Matacedo, el empleado de mantenimiento, un hombre alto, curtido por la existencia, que deambula por los pasillos de los edificios maltratados como si fuera un personaje espectral de Pedro Costa (de Costa, Fredique extrae ese sonambulismo característico del realizador portugués, y una paleta de colores que también nutre a Wong Kar Wai). La cámara está con él siempre y con una vecina joven que le da instrucciones pero que es del mismo palo. El tránsito de Matacedo es clave y se constituye como una condición esencial del cine contemporáneo, el caminar lento como respuesta a una existencia opresiva donde la centralidad del cuerpo es el signo dominante. Sin embargo, el problema de Matacedo parece mínimo aunque su dimensión sea gigante porque pone en riesgo su trabajo. Es similar a Ladrones de bicicletas (1948) de Vittorio De Sica: la falta de un instrumento de trabajo hace peligrar la supervivencia en un mundo en ruinas. Matacedo depende de poder arreglar el aire acondicionado del jefe de su amiga vecina. El malestar también se manifiesta en un zumbido que surge recurrentemente en uno de sus oídos.

La nota particular a nivel formal pasa por una utilización interesante de la banda sonora a base ritmos electrónicos fusionados con percusión. Se trata de un registro que cuadra perfectamente con las zonas fantásticas de la película en las que está la posibilidad de la comunicación telepática (como si fuera una jerga particular de un grupo social) y con un estimulante cruce entre el documental y la ficción. Y en ese combo de excentricidades (que nunca desbordan, hay que decirlo) aparece un simpático personaje llamado Mr Mino, un reparador de electrodoméstico sumido en otro ambiente fantasmagórico, de pasadizos secretos como el de los vecindarios marginales. Mr Mino tiene una teoría: nuestras memorias se cayeron con los árboles. Sin embargo, es parte del sincretismo cultural que recorre el otro aire, el de los rituales, el de los ancestros y el de creencias que han sobrevivido a lo largo del tiempo.

Lina de Lima, de María Paz González, fue otro de los filmes que se vieron. El punto a favor de la película es circunscribirse a una mirada alejada de los estereotipos sobre los migrantes, huyendo en todo caso de esa agenda vampírica en la que el cine está obligado a no filtrar la miseria reinante o por lo menos a todos aquellos discursos que postulan un imperativo en torno a qué se debe mostrar y cómo. En este caso, Lina es una mujer entre dos mundos. Su familia está en Perú, pero ella trabaja en Chile. En su país de origen los problemas debe manejarlos a la distancia, mientras que en el otro, ocupa circunstancialmente un lugar que le permite cierta libertad para explorarse como mujer que desea. Paradójicamente serán los objetos y los lugares extraños los que le permitirán encontrarse con los placeres. La nota distintiva es de qué modo irrumpe la fantasía con números musicales, una especie de proyección quijotesca para aliviar la rutina, la soledad, en la que Lina canta y baila como si fuera una estrella. Tal vez, si bien el musical siempre ha sido el género para salvar a la humanidad en medio del desastre, el principal problema es el esquematismo que impera en general, no solo en la puesta en escena de los momentos de una trama que no parece avanzar, sino en la construcción misma de los números musicales. Por otro lado, la paleta de colores ligada al melodrama no logra disimular una carencia de emociones más sanguíneas. No obstante, es sumamente positiva la estrategia de enriquecer la representación de lo femenino al margen de la presión mediática.

Dentro del panorama de los cortometrajes, Monstruo Dios de Agustina San Martín representó un punto alto a nivel formal. Lo mejor que se puede hacer en este corto es entregarse a sus imágenes. Cualquier explicación racional le quitaría fuerza. Solo algunos signos confirman que la electricidad proveniente de una planta urbana podría homologarse con alguna deidad posible. El resto (con atmósferas lyncheanas) transcurre entre niebla, vacas y una niña protagonista que es un enigma.

Hapi Berdey Yusimi In Yur Dey, de Ana A. Alpizar ostenta un título que parece decir más que lo que muestra el corto en sí. El comienzo es un video muy feo, de esos que suelen prepararse para los festejos quinceañeros. Pronto sabremos que se trata de una ironía. El formato de Reality a través del cual los personajes miran y explican a cámara lo mismo que acabamos de ver es la cáscara para la historia de una joven cubana que va a Miami huyendo de los abusos de la pareja de su madre, trabaja en un McDonalds y luego se acomoda socialmente con un tipo de plata. Sin embargo, los sueños son breves. Cuando ella cumple los treinta años, Gerardo ya no está a su lado y solo sus amigas sirven de consuelo. El problema del corto es cierta banalización adornada con una estética kitsch que impide profundizar en tan poco tiempo sobre lo verdaderamente importante, la historia del abuso y sus consecuencias.

Asho, de Jafar Najafi se centra en un simpático y extrovertido niño pastor con ansias de ser actor. Gracias a la influencia de su primo se ha convertido en un amante de las películas de Hollywood, capaz de citar escenas al pie de la letra, acumular diálogos y datos e interpretar a sus actores favoritos. Esos vuelos poéticos y cinéfilos chocan contra un ambiente rutinario y una tradición atada a los casamientos por conveniencia. Asho sabe que su futuro está atado a contraer matrimonio con una vecinita con la cual se llevan muy mal. Asho significa águila, y es un buen punto para pensar de qué modo el niño desea trascender lo cotidiano. El director alterna este espacio cotidiano del trabajo como pastor con sus comentarios cinéfilos y se banca, incluso, las interpelaciones que le hace este “niño grande” cuando le reprocha no conocer a Tim Burton. La gracia del cortometraje es su fundamento y no parece haber más interés que el descubrimiento de un personaje fotogénico y agradable.

The Van, de Zain Duraie, en solo quince minutos nos pone en sintonía con esa frontera difusa que caracteriza a la mayor parte de las películas que circulan en festivales, entre la sordidez (no exenta de regodeo en el morbo) y la crítica social. La necesidad de un joven de huir de Albania con su padre a Inglaterra lo lleva a pelear clandestinamente en una camioneta. Desde el comienzo, el registro nervioso de una cámara en mano da cuenta de la violencia que atraviesa a una generación signada por la marginalidad y los sueños rotos. La brecha temporal con el padre es insalvable. Mientras éste se conforma con ganar un sueldo como obrero de la construcción y se siente, a pesar de todo, “en casa” en su país, el otro no quiere ver su futuro empantanado en la repetición. El horizonte de la supuesta civilización europea es muy tentador. El costo es ganar plata rápidamente con un ejercicio cruel y clandestino que, en principio, el director mantiene fuera de campo. Poner el cuerpo al servicio de una causa es similar a un videojuego donde hay que sortear obstáculos cada vez mayores, y las cicatrices son cada vez peores, al punto que le costará el trabajo. Nadie puede soportar ver un cuerpo flagelado por los golpes. En esta especie de Vía Crucis (que tendrá sus aristas cristianas en términos visuales), habrá una última pelea que provocará la pregunta: ¿era necesario? Un corte abrupto parece al menos el alivio necesario.

(Para CineramaPlus)

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